Hay algo en la palabra “actual” que me resulta siempre sospechoso, y no sin razón. La actualidad como categoría tiende a autorizar una serie de malentendidos y consagrarlos como innovación o como estado natural de las cosas. Ahí están las “Literaturas postautónomas” para probarlo. Entre muchísimas, esa es una primera objeción que podría formular contra la antología “Narrativa actual de Ecuador”, puesta en circulación por la revista “Cultura de Veracruz”: ¿Cómo está concebido el conjunto de autores que forman parte de la muestra? ¿Qué es lo que los agrupa? ¿Qué es, sobre todo, lo que les otorga la característica de narradores actuales?
El criterio parece claro: se trata de escritores jóvenes nacidos en Ecuador. Pero tras la lectura de la recopilación hay una cosa que me quedó clara: si alguien, como yo, ingenuamente, cree que en la noción de actualidad podrían ponerse en juego otras nociones tales como la innovación y la búsqueda estética, está tremendamente equivocado.
A medida que avanzaba en la lectura de esta antología, en busca de una sola línea de literatura, me convencía de que estaba buscando en el lugar equivocado. Los cuentos ahí recopilados oscilan entre la ingenuidad formal, la pretensión infundada y la simple y llana fealdad. Son varios y diversos los modos en que estos cuentos ponen en evidencia una ofensiva ausencia de trabajo sobre las formas y, ni qué decir, de pensamiento alrededor de la literatura y de la escritura.
Los autores de estos cuentos parecen verdaderos turistas del mundo, recién llegados de universos por completo ajenos a la literatura, en los que los libros serían algo que se come o que se quema para entrar en calor; una primera impresión, entonces, es esta: estas personas escriben sin haber leído nunca nada que valga la pena leer. Me pregunto si se trata del viejo prejuicio que hace que algunos crean que es mejor escribir sin leer para ser más “originales”, si se trata de lecturas inadecuadas o si se trata de simple y común arrogancia.
Aunque es difícil, por la cantidad y la variedad de los cuentos, agruparlos para intentar esbozar una crítica global del libro, creo que lo justo, ya que me he puesto a la tarea de leer y criticar el libro, es hacer el intento. Ensayo entonces algún modo -espero que práctico- de reseñarlos.
La arrogancia como sustituto de la escritura: “Taxidermia”, “Freak Show”, “Juego doble”, “Screwdriver”.
Si hay algo que falta en estos cuentos -como en todos los demás- es escritura. La diferencia con los otros es, sin embargo, que intentan ocultarlo, y creen que lo logran. En el caso de “Taxidermia”, la trampa se quiere hacer por medio de la yuxtaposición torpe de fragmentos narrativos, poéticos (por la versificación lo digo), citas, cartas, paráfrasis de cuentos populares, etc. El hilo conductor: bueno, está claro, la taxidermia. En este pastiche hasta Eva Perón y Michael Jackson entran en escena para acompañar una serie aburrida, pretenciosa, horriblemente posmoderna de situaciones de corte y relleno, en la que se quiere poner en evidencia con demasiado ímpetu que se está trabajando una prosa dura, cruda, en mímesis con el terrible objeto que la ocupa. El problema es, tal vez, que la autora ha confiado demasiado en el contenido de su texto (pues se trata de un cuento terriblemente contenidista) y, tranquila y satisfecha con su hallazgo, ha dado rienda suelta a su exuberante creatividad. El resultado es un relato inconexo, carente de ritmo y ajeno a cualquier forma: un relato amorfo.
“Freak Show”, en cambio, opta por la grandilocuencia. Hay dos personajes principales: el pintor y su modelo. Entre los dos existe una disputa apasionada por la profundidad filosófica-onírica-artística que podría terminar en la muerte (suicidio, otro leitmotiv de esta antología). La modelo vive dos realidades: la prosaica y terrenal realidad que comparte con el pintor (que sin embargo algo capta y registra de la alocada vida alucinatoria de su modelo) y otra, muchísimo más interesante, que tiene lugar en un circo imaginario: ahí no hay límite para el placer ni para las visiones exóticas que, tal como vienen descritas en el cuento, crean la desagradable impresión de haberse inspirado en un disco de Fito Páez. El pintor, por su lado, es un verdadero artista: busca la verdad de la verdad y no la verdad de la mentira que es la mentira en su peor falsedad… o algo así. Como todo artista debería ser, pues, este pintor busca las zarigüeyas (¿o eran salamandras? ¿iguanas?) internas de su modelo, con el fin de terminar su gran obra. No faltan en este relato patéticas narraciones de arrebatos histéricos de la modelo suicida (que ha informado a todos de sus tendencias autodestructivas, que se ha desnudado con cuchillo en mano, que ha gritado como una verdadera desquiciada en su departamento, que ha amenazado con poner fin a la obra del pintor con su muerte, que ha hecho de todo menos suicidarse), ni faltan conversaciones de la modelo con alguna amiga alrededor de sus experiencias sexuales con Zet, uno de los personajes circenses, no faltan las disquisiciones intelectuales del pintor alrededor de lo que significa para él pintar. Y sin embargo, la escritura es pobre, anticuada, carente de cualquier búsqueda; el cuento es conformista, ni siquiera llega a tener una organicidad clásica, es una suma de alegorías pretendidamente interesantes y una serie de lugares comunes que busca algo que no sé precisar pero que, finalmente, termina en ridiculez.
“Juego doble” es el relato lento de un suicidio. La terminología médica del texto no lo salva de la mediocridad literaria, ni tampoco lo hace la anécdota contada en tono grave y solemne. Es un cuento un poco adolescente, y resalta la típica adjetivación excesiva de la literatura que tiene algo que demostrar. Al menos la brevedad le da al texto una forma compacta y lo salva de la deformidad de casi todo el resto de textos.
“Screwdriver” es un texto francamente molesto: acá la ausencia de toda literatura quiere compensarse con la ostentación de una cultura ultra-light de cine norteamericano que goza de impostada admiración entre jóvenes cinéfilos y se elige una película que sirve de base al relato y que no podría ser más previsible: “Fargo”, de los hermanos Coen. En “Screwdriver”, como en “Taxidermia”, hay de todo un poco: mafia rusa, secuestros, un romance de mall (me reservo, a este respecto, todo comentario), un cuerpo de policía extrañamente eficiente, en fin. Pero, una vez más, sorprende que se elabore un cuento con tal inconsciencia literaria: no hay nada, en verdad, escritura. Es evidente que el texto confía plenamente en su supuestamente interesante y entretenida anécdota, pero, ¿por qué elige el cuento? ¿Por qué no un registro del que se espere menos elaboración? ¿Por qué no una crónica apócrifa, por ejemplo, o un guión televisivo? La proliferación esperpéntica de situaciones ridículas y de diálogos costumbristas e impensantes irían mucho mejor en un registro distinto. La idea del “screwdriver” resulta ofensiva por su obviedad; un verdadero recurso de taller literario: efectividad, gancho, efectismo, a cerrar el cuento con una ideíta. Ni hablar de la relación con “Fargo”: esa es la conexión que encuentra el narrador para ponerse en el centro de una situación tan poco interesante como todas las películas que nombra oportunamente para ilustrar su estado de ánimo. Acá más que en ningún otro lado es abominable la concepción programática y autocomplaciente de la literatura.
Lo feo cool: “El peso interior”, “Polvo de estrella”, “Infomercial”.
La fealdad en estos tres cuentos se presenta de modos distintos entre sí. Ninguna, como es de esperar, tiene algo que ver con célebres fealdades de la historia de la literatura: ninguna comparte la sofisticación de la literatura de Sade, de Thomas de Quincy o de algunos relatos de Arlt. “El peso interior” es un relato chato, que a veces cae redondo en la tontería, que utiliza sin pudor palabras como “excelso” y “estrictez” y que se regodea en la descripción de unos granos que hacen que todo sea más feo de lo que ya es. Una mirada maravillada y un poco provinciana de un país “del primer mundo”, una serie de detalles aburridos (profesiones como comunicación social, mercadeo o relaciones internacionales, el proceso de edición del libro del profesor y “poeta del amor”, etc.) y la narración de cuestiones que no parecen interesarle ni al narrador, a juzgar por el modo en que las cuenta (la relación con su esposa, por ejemplo) hacen que este cuento exhiba una fealdad ajena a cualquier extremo, una chatura que, harta de sí misma, muta en lo feo, sin pena ni gloria.
Con “Polvo de estrella” ocurre algo muy distinto. Es evidente que el autor de este texto ha buscado ser un provocador, un chico malo, como dirían los españoles cuya jerga él mismo trata de imitar. El relato gira alrededor de una erudición más bien corriente y, en este punto, poco provocadora: la de la pornografía. Los personajes son grandes conocedores del mundo de la pornografía y el relato se agota alrededor de un imaginario inmigrante indígena que se abre paso en Barcelona como estrella porno. Es poco lo que puede decirse de un relato como este, salvo que evidencia lo encantado que está con sus propias ocurrencias, que ostenta un prejuicio racial que quiere disfrazar de ironía sin mucho éxito, ubicándose desde la enunciación en el interior del discurso racista que predomina en el sentido común ecuatoriano (y del que el autor, por más provocador que se sienta, no escapa) y que es un cuento contrahecho y poco interesante. Cualquier potencia subversiva está desterrada de esta pornografía, y queda lo básico: un deseo incontenible por provocar del modo más fácil posible. Por supuesto, de literatura, nada.
“Infomercial” está un poco entre los dos anteriores. No busca ser feo, pero es feo, su característica principal no es la chatura, pero es muy chato, entre otras cosas. Soportar los relatos sexuales de este cuento es una misión para valientes: de nuevo, acá no aparecen Sade, Bataille o Afanasiev ni de casualidad. La simpleza general del cuento no se atenúa en las escenas sexuales sino que se incrementa y quiere erigirse en valor: algún mal asumido realismo rige la suerte de este texto, que no tiene nada de realista ni, está casi de más decirlo, de literario. Si me detuve en lo sexual es porque es ese el hilo conductor del relato, lo que finalmente lo concluye: cuando Sergio, “el indio resentido post extreme makeover” (¡joya de la nueva literatura ecuatoriana! ¡a esto aspiramos!) logra tener relaciones sexuales con la ex mujer del protagonista y, en palabras del narrador, “se le viene en la cara” (eso significa eyacular, por lo visto), ahí se termina el cuento, en una metáfora sexual que difícilmente tenga competencia en lo manida y vulgar. El acerbo cultural que se esfuerza en poner de manifiesto el narrador del cuento es otro de los puntos que llama la atención: el mundo de estos personajes está hecho de American Idol, revista Cosas, Luis Miguel, E! True Hollywood Story, The film zone, etc. ¿Crítica solapada? No hay nada que lo indique. Este cuento tiene el mismo interés estético que un auténtico infomercial (de algún modo tiene que funcionar el título) y preocupa que sean estos los textos que se estén proponiendo como lo nuevo en la literatura ecuatoriana.
La absoluta ingenuidad: “Sinfonía agridulce”
Este cuento parece ser ajeno a toda literatura. Hay frases que simplemente parecen puestas en broma: “Don Soto miraba, por la ventana de su habitación, el amanecer glorioso de un nuevo día, un nuevo día que clamaba a gritos por ser descubierto y acariciado por los colores de las almas de la ciudad.” Si no fuera por lo de “Don Soto” casi creería que el autor plagió algún himno nacional para componer esta oración. Lo que más me sorprende, creo, es que líneas así, cuentos así, puedan ser escritos a estas alturas: las editoriales son multinacionales y, por más que un país periférico como el nuestro tenga un acceso restringido a la cultura, mucho de lo más importante en literatura llega y está disponible en las librerías. El problema de la frase citada está presente en la estructura total del cuento: historias paralelas que se cruzan y recuerdan, desafortunadamente, a la estructura de la película ecuatoriana “Cuando me toque a mí”, reseñada también aquí. Este cuento da la impresión de haber sido escrito en el comienzo, en la prehistoria de la literatura, como un regreso inútil (ajeno al regreso primitivista de cierta vanguardia) a los comienzos de los comienzos, en abierto desconocimiento de todo lo que se ha escrito hasta hoy. No hay nada, en estas circunstancias, que resulte atractivo en el cuento: ni el asesinato de la niña, cargado de patético dramatismo, ni el conflicto banal del oficinista, ni la demencia del malvado Don Soto. Son conflictos demasiado importantes para una narración ajena al mundo en el que se quiere instalar.
Nada: “Ausencias”, “Verde por fuera, roja por dentro”, “Cuento”.
Literalmente: nada que agregar.
Estoy convencida de que la crítica es fundamental en el desarrollo cultural del país, y creo que la acriticidad reinante es una de las causas del estado actual de la literatura ecuatoriana. Creo que es necesario y urgente romper con viejos cánones y con nuevas mentiras. En Ecuador nacieron y escribieron Pablo Palacio, José de la Cuadra, Escudero, Gangotena, Dávila Andrade: no hay razón para la autocompasión ni mucho menos para el conformismo estético. La dureza que las palabras de este post puedan encerrar tiene su origen en esa convicción.


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