Lo que llamamos nuevo

Hay algo en la palabra “actual” que me resulta siempre sospechoso, y no sin razón. La actualidad como categoría tiende a autorizar una serie de malentendidos y consagrarlos como innovación o como estado natural de las cosas. Ahí están las “Literaturas postautónomas” para probarlo. Entre muchísimas, esa es una primera objeción que podría formular contra la antología “Narrativa actual de Ecuador”, puesta en circulación por la revista “Cultura de Veracruz”: ¿Cómo está concebido el conjunto de autores que forman parte de la muestra? ¿Qué es lo que los agrupa? ¿Qué es, sobre todo, lo que les otorga la característica de narradores actuales?

El criterio parece claro: se trata de escritores jóvenes nacidos en Ecuador. Pero tras la lectura de la recopilación hay una cosa que me quedó clara: si alguien, como yo, ingenuamente, cree que en la noción de actualidad podrían ponerse en juego otras nociones tales como la innovación y la búsqueda estética, está tremendamente equivocado.

A medida que avanzaba en la lectura de esta antología, en busca de una sola línea de literatura, me convencía de que estaba buscando en el lugar equivocado. Los cuentos ahí recopilados oscilan entre la ingenuidad formal, la pretensión infundada y la simple y llana fealdad. Son varios y diversos los modos en que estos cuentos ponen en evidencia una ofensiva ausencia de trabajo sobre las formas y, ni qué decir, de pensamiento alrededor de la literatura y de la escritura.

Los autores de estos cuentos parecen verdaderos turistas del mundo, recién llegados de universos por completo ajenos a la literatura, en los que los libros serían algo que se come o que se quema para entrar en calor; una primera impresión, entonces, es esta: estas personas escriben sin haber leído nunca nada que valga la pena leer. Me pregunto si se trata del viejo prejuicio que hace que algunos crean que es mejor escribir sin leer para ser más “originales”, si se trata de lecturas inadecuadas o si se trata de simple y común arrogancia.

Aunque es difícil, por la cantidad y la variedad de los cuentos, agruparlos para intentar esbozar una crítica global del libro, creo que lo justo, ya que me he puesto a la tarea de leer y criticar el libro, es hacer el intento. Ensayo entonces algún modo -espero que práctico- de reseñarlos.

La arrogancia como sustituto de la escritura: “Taxidermia”, “Freak Show”, “Juego doble”, “Screwdriver”.

Si hay algo que falta en estos cuentos -como en todos los demás- es escritura. La diferencia con los otros es, sin embargo, que intentan ocultarlo, y creen que lo logran. En el caso de “Taxidermia”, la trampa se quiere hacer por medio de la yuxtaposición torpe de fragmentos narrativos, poéticos (por la versificación lo digo), citas, cartas, paráfrasis de cuentos populares, etc. El hilo conductor: bueno, está claro, la taxidermia. En este pastiche hasta Eva Perón y Michael Jackson entran en escena para acompañar una serie aburrida, pretenciosa, horriblemente posmoderna de situaciones de corte y relleno, en la que se quiere poner en evidencia con demasiado ímpetu que se está trabajando una prosa dura, cruda, en mímesis con el terrible objeto que la ocupa. El problema es, tal vez, que la autora ha confiado demasiado en el contenido de su texto (pues se trata de un cuento terriblemente contenidista) y, tranquila y satisfecha con su hallazgo, ha dado rienda suelta a su exuberante creatividad. El resultado es un relato inconexo, carente de ritmo y ajeno a cualquier forma: un relato amorfo.

“Freak Show”, en cambio, opta por la grandilocuencia. Hay dos personajes principales: el pintor y su modelo. Entre los dos existe una disputa apasionada por la profundidad filosófica-onírica-artística que podría terminar en la muerte (suicidio, otro leitmotiv de esta antología). La modelo vive dos realidades: la prosaica y terrenal realidad que comparte con el pintor (que sin embargo algo capta y registra de la alocada vida alucinatoria de su modelo) y otra, muchísimo más interesante, que tiene lugar en un circo imaginario: ahí no hay límite para el placer ni para las visiones exóticas que, tal como vienen descritas en el cuento, crean la desagradable impresión de haberse inspirado en un disco de Fito Páez. El pintor, por su lado, es un verdadero artista: busca la verdad de la verdad y no la verdad de la mentira que es la mentira en su peor falsedad… o algo así. Como todo artista debería ser, pues, este pintor busca las zarigüeyas (¿o eran salamandras? ¿iguanas?) internas de su modelo, con el fin de terminar su gran obra. No faltan en este relato patéticas narraciones de arrebatos histéricos de la modelo suicida (que ha informado a todos de sus tendencias autodestructivas, que se ha desnudado con cuchillo en mano, que ha gritado como una verdadera desquiciada en su departamento, que ha amenazado con poner fin a la obra del pintor con su muerte, que ha hecho de todo menos suicidarse), ni faltan conversaciones de la modelo con alguna amiga alrededor de sus experiencias sexuales con Zet, uno de los personajes circenses, no faltan las disquisiciones intelectuales del pintor alrededor de lo que significa para él pintar. Y sin embargo, la escritura es pobre, anticuada, carente de cualquier búsqueda; el cuento es conformista, ni siquiera llega a tener una organicidad clásica, es una suma de alegorías pretendidamente interesantes y una serie de lugares comunes que busca algo que no sé precisar pero que, finalmente, termina en ridiculez.

“Juego doble” es el relato lento de un suicidio. La terminología médica del texto no lo salva de la mediocridad literaria, ni tampoco lo hace la anécdota contada en tono grave y solemne. Es un cuento un poco adolescente, y resalta la típica adjetivación excesiva de la literatura que tiene algo que demostrar. Al menos la brevedad le da al texto una forma compacta y lo salva de la deformidad de casi todo el resto de textos.

“Screwdriver” es un texto francamente molesto: acá la ausencia de toda literatura quiere compensarse con la ostentación de una cultura ultra-light de cine norteamericano que goza de impostada admiración entre jóvenes cinéfilos y se elige una película que sirve de base al relato y que no podría ser más previsible: “Fargo”, de los hermanos Coen. En “Screwdriver”, como en “Taxidermia”, hay de todo un poco: mafia rusa, secuestros, un romance de mall (me reservo, a este respecto, todo comentario), un cuerpo de policía extrañamente eficiente, en fin. Pero, una vez más, sorprende que se elabore un cuento con tal inconsciencia literaria: no hay nada, en verdad, escritura. Es evidente que el texto confía plenamente en su supuestamente interesante y entretenida anécdota, pero, ¿por qué elige el cuento? ¿Por qué no un registro del que se espere menos elaboración? ¿Por qué no una crónica apócrifa, por ejemplo, o un guión televisivo? La proliferación esperpéntica de situaciones ridículas y de diálogos costumbristas e impensantes irían mucho mejor en un registro distinto. La idea del “screwdriver” resulta ofensiva por su obviedad; un verdadero recurso de taller literario: efectividad, gancho, efectismo, a cerrar el cuento con una ideíta. Ni hablar de la relación con “Fargo”: esa es la conexión que encuentra el narrador para ponerse en el centro de una situación tan poco interesante como todas las películas que nombra oportunamente para ilustrar su estado de ánimo. Acá más que en ningún otro lado es abominable la concepción programática y autocomplaciente de la literatura.

Lo feo cool: “El peso interior”, “Polvo de estrella”, “Infomercial”.

La fealdad en estos tres cuentos se presenta de modos distintos entre sí. Ninguna, como es de esperar, tiene algo que ver con célebres fealdades de la historia de la literatura: ninguna comparte la sofisticación de la literatura de Sade, de Thomas de Quincy o de algunos relatos de Arlt. “El peso interior” es un relato chato, que a veces cae redondo en la tontería, que utiliza sin pudor palabras como “excelso” y “estrictez” y que se regodea en la descripción de unos granos que hacen que todo sea más feo de lo que ya es. Una mirada maravillada y un poco provinciana de un país “del primer mundo”, una serie de detalles aburridos (profesiones como comunicación social, mercadeo o relaciones internacionales, el proceso de edición del libro del profesor y “poeta del amor”, etc.) y la narración de cuestiones que no parecen interesarle ni al narrador, a juzgar por el modo en que las cuenta (la relación con su esposa, por ejemplo) hacen que este cuento  exhiba una fealdad ajena a cualquier extremo, una chatura que, harta de sí misma, muta en lo feo, sin pena ni gloria.

Con “Polvo de estrella” ocurre algo muy distinto. Es evidente que el autor de este texto ha buscado ser un provocador, un chico malo, como dirían los españoles cuya jerga él mismo trata de imitar. El relato gira alrededor de una erudición más bien corriente y, en este punto, poco provocadora: la de la pornografía. Los personajes son grandes conocedores del mundo de la pornografía y el relato se agota alrededor de un imaginario inmigrante indígena que se abre paso en Barcelona como estrella porno. Es poco lo que puede decirse de un relato como este, salvo que evidencia lo encantado que está con sus propias ocurrencias, que ostenta un prejuicio racial que quiere disfrazar de ironía sin mucho éxito, ubicándose desde la enunciación en el interior del discurso racista que predomina en el sentido común ecuatoriano (y del que el autor, por más provocador que se sienta, no escapa) y que es un cuento contrahecho y poco interesante. Cualquier potencia subversiva está desterrada de esta pornografía, y queda lo básico: un deseo incontenible por provocar del modo más fácil posible. Por supuesto, de literatura, nada.

“Infomercial” está un poco entre los dos anteriores. No busca ser feo, pero es feo, su característica principal no es la chatura, pero es muy chato, entre otras cosas. Soportar los relatos sexuales de este cuento es una misión para valientes: de nuevo, acá no aparecen Sade, Bataille o Afanasiev ni de casualidad. La simpleza general del cuento no se atenúa en las escenas sexuales sino que se incrementa y quiere erigirse en valor: algún mal asumido realismo rige la suerte de este texto, que no tiene nada de realista ni, está casi de más decirlo, de literario. Si me detuve en lo sexual es porque es ese el hilo conductor del relato, lo que finalmente lo concluye: cuando Sergio, “el indio resentido post extreme makeover” (¡joya de la nueva literatura ecuatoriana! ¡a esto aspiramos!) logra tener relaciones sexuales con la ex mujer del protagonista y, en palabras del narrador, “se le viene en la cara” (eso significa eyacular, por lo visto), ahí se termina el cuento, en una metáfora sexual que difícilmente tenga competencia en lo manida y vulgar. El acerbo cultural que se esfuerza en poner de manifiesto el narrador del cuento es otro de los puntos que llama la atención: el mundo de estos personajes está hecho de American Idol, revista Cosas, Luis Miguel, E! True Hollywood Story, The film zone, etc. ¿Crítica solapada? No hay nada que lo indique. Este cuento tiene el mismo interés estético que un auténtico infomercial (de algún modo tiene que funcionar el título) y preocupa que sean estos los textos que se estén proponiendo como lo nuevo en la literatura ecuatoriana.

La absoluta ingenuidad: “Sinfonía agridulce”

Este cuento parece ser ajeno a toda literatura. Hay frases que simplemente parecen puestas en broma: “Don Soto miraba, por la ventana de su habitación, el amanecer glorioso de un nuevo día, un nuevo día que clamaba a gritos por ser descubierto y acariciado por los colores de las almas de la ciudad.” Si no fuera por lo de “Don Soto” casi creería que el autor plagió algún himno nacional para componer esta oración. Lo que más me sorprende, creo, es que líneas así, cuentos así, puedan ser escritos a estas alturas: las editoriales son multinacionales y, por más que un país periférico como el nuestro tenga un acceso restringido a la cultura, mucho de lo más importante en literatura llega y está disponible en las librerías. El problema de la frase citada está presente en la estructura total del cuento: historias paralelas que se cruzan y recuerdan, desafortunadamente, a la estructura de la película ecuatoriana “Cuando me toque a mí”, reseñada también aquí. Este cuento da la impresión de haber sido escrito en el comienzo, en la prehistoria de la literatura, como un regreso inútil (ajeno al regreso primitivista de cierta vanguardia) a los comienzos de los comienzos, en abierto desconocimiento de todo lo que se ha escrito hasta hoy. No hay nada, en estas circunstancias, que resulte atractivo en el cuento: ni el asesinato de la niña, cargado de patético dramatismo, ni el conflicto banal del oficinista, ni la demencia del malvado Don Soto. Son conflictos demasiado importantes para una narración ajena al mundo en el que se quiere instalar.

Nada: “Ausencias”, “Verde por fuera, roja por dentro”, “Cuento”.

Literalmente: nada que agregar.

Estoy convencida de que la crítica es fundamental en el desarrollo cultural del país, y creo que la acriticidad reinante es una de las causas del estado actual de la literatura ecuatoriana. Creo que es necesario y urgente romper con viejos cánones y con nuevas mentiras. En Ecuador nacieron y escribieron Pablo Palacio, José de la Cuadra, Escudero, Gangotena, Dávila Andrade: no hay razón para la autocompasión ni mucho menos para el conformismo estético. La dureza que las palabras de este post puedan encerrar tiene su origen en esa convicción.

Veranos demasiado cortos

Adieu, vive clarté de nos étés trop courts!
Charles Baudelaire

Vague

Buscar, a pesar de toda apariencia de imposibilidad, a pesar de toda angustia formal, la construcción de un objeto a partir de su pérdida, o a partir, mejor, de la pérdida de todo objeto, de la ostensible ausencia de cualquier mundo aprehensible o amable. Quizás por ese desierto, en el que lo único real es la inexistencia de cualquier asidero, habría que empezar a pensar una novela:

Alguien vuelve. No se sabe de dónde, pero se sabe que vuelve a Quito. Como una criatura ingenua, espera encontrar las cosas más o menos como las dejó al partir, previendo variaciones coherentes con el tiempo que ha pasado en su ausencia. No la sorprende un desorden generalizado ni un abatimiento demasiado evidente de la realidad a la que había querido volver; se trata de un ligero deslizamiento, un desencuadre o una fisura que la asustan, más que nada, por su invisibilidad.

¿Qué destino puede tener esta retornante?

Muy pronto, me parece, han terminado para ella los mediodías soleados que dejó atrás cuando decidió partir. Y sin embargo sólo de ellos se alimenta. Parecían miles o millones los modos de irse, pero volver es una tarea inútil, estúpida, imposible; irrenunciable, también.

****

El día anterior había vuelto a buscar el mapa largamente olvidado. Luego lo había extendido sobre la mesa del comedor y lo había aplanado con la palma de una de las manos hasta que los bordes prominentes en los lugares en los que el mapa había sido doblado quedaron casi lisos. Cerraba los ojos mientras lo hacía, de pie en el centro justo de uno de los bordes –el más largo- de la mesa; movía la mano lentamente, intentando no hacer de su recorrido algo pulcro o dirigido, ensayando una forma de la involuntad. Quería, parece, poner a prueba la dimensión táctil del recuerdo: donde se detuviera la mano sería un lugar especial. El papel se resistía por momentos a ser recorrido por la mano: un pliegue inesperado, una miga, impedían a los dedos continuar el paso. Pensaba –aunque procuraba no pensar– en el orden en el que recorrería ya no el mapa con la mano, sino la ciudad de nuevo con los pies y con los ojos. Pensaba en la posibilidad de respetar cualquier orden anterior a la llegada. La mano seguía su recorrido que, para cualquiera que hubiera podido verlo, hubiera sido torpe, más o menos circular, menos amplio de lo que creía la mano.
No era posible, había pensado, recordar táctilmente. Al menos no con los ojos cerrados. Abrió los ojos. Su mano se había detenido –no podía precisar si unos segundos antes o unos segundos después de haber abierto los ojos– en uno de los márgenes del mapa, un lugar impreciso, neutro, en todo caso exterior. Era un sitio vacío.
Sintió como una necesidad: la de mirar alrededor. La célebre planicie estaba reservada para el afuera; adentro, en el departamento, parecía no haber más que pequeñez y abarrotamiento. Miró otra vez el mapa. La mano permanecía en el margen. No sin esfuerzo empezó a recorrer los lugares más poblados del mapa y poco a poco la mano supo acompañar –imitar– el recorrido de los ojos, y la punta de uno de los dedos, como confirmando el trayecto entre los ojos y el papel, rozaba con un suave temblor las líneas indiferentes y vacías de esa vaga mentira que era el mapa.
Nada había de común entre ese dibujo formado por una maraña absurda de líneas de colores y el recuerdo del lugar al que pronto iría.
Volvió a poner la mano donde la había encontrado cuando abrió los ojos: ahí, en ese espacio un poco rosa, un poco gris, vacío de referencias geográficas y de líneas, su mano encontró algo que se parecía a la hospitalidad.

El primero de varios

(“Todos mienten”, de Matías Piñeiro, Buenos Aires, 2009)

Quizá la realidad sea un enigma insoluble y un devenir descentrado: algo que no se presenta entero, estático o transparente; algo que, a la vez, carece de núcleo. “Todos mienten” evidencia la particularidad que debería hacer de toda relación entre el cine y lo real una pregunta sin respuesta conclusiva. Para quienes el mundo se agota en la coyuntura o el arte en el mero documento, “Todos mienten” es sólo una frivolidad. Y sin embargo, en su belleza ajena a las definiciones, en su incansable búsqueda formal, está escenificada la entrada obstinada, soberana, de la vida en el arte.

“You shouldn’t keep souvenirs of a killing… you shouldn’t have been that sentimental”

Cuando toda relación entre amor y muerte parece agotada, Scottie entra en cuadro. Su amor por Madeleine es una necrofilia en albores y su obsesión por Judy casi un canto a la podredumbre. Secoyas, puentes, museos, cementerios: todos testigos de un amor celebrado por músicas mortuorias. Y sin embargo, contra toda buena norma, hay pocas historias de amor tan bellas. Como un relato orfeico, una segunda oportunidad existe pero es inútil. La torre final y las campanadas que acompañan el abrazo vacío de Scottie forman la imagen misma de la desgracia. ¿Puede un amor bello no ser desgraciado?

vertigo_bell_tower

Una pequeña concesión

¿Qué ocurrirá? ¿Qué traerá el futuro? No lo sé ni intuyo nada. Cuando, desde un punto fijo, una araña se precipita hacia sus consecuencias, ve siempre ante sí un espacio vacío en el que no encuentra lugar donde apoyarse, por más que patalee. A mí me ocurre lo mismo; ante mí hay siempre un espacio vacío; lo que me impulsa hacia delante es una consecuencia que está detrás de mí. Esta vida es absurda y atroz, intolerable.
Soren Kierkegaard

¡Oh Muerte, vieja capitana, ya es la hora! ¡Elevemos el ancla!
Nos hastía esta tierra, ¡Oh Muerte! ¡Aparejemos!
Si los cielos y la mar son negros cual la tinta,
nuestros corazones que tú conoces están llenos de rayos.
¡Viértenos tu veneno para que él nos reconforte!
Queremos, tanto el fuego los cerebros nos quema,
hundirnos en el fondo del abismo, Cielo o Infierno, ¿qué importa?
¡Al fondo de lo desconocido para encontrar algo nuevo!
Charles Baudelaire

Andrés dejó una carta. Yo, que vivo en el desfase, acabo de leerla hace unos minutos. Reitera su convicción y la felicidad que encierra su decisión. Pide que nos abstengamos del egoísmo de llorarlo. No deja la menor duda alrededor de lo que intuíamos desde el primer minuto: que el matarse no fue un acto de tristeza o desesperación, que fue la puesta en práctica -la convicción hecha vida- de una idea largamente acariciada. Andrés argumenta, brillantemente, como corresponde a su peculiar inteligencia y a sus enigmáticos hábitos de lectura, sobre el sentido del suicidio y lo absurdo de la vida. Deja más que claro su razonamiento y hacia el final quise sentirme feliz, igual que él en el momento de llevar a cabo su deseo más grande. Andrés toma cianuro y deja todo en negro. Pide no llorar.

Andrés y yo fuimos amigos por un largo período; tuve la suerte de escuchar de él sus ideas sobre la literatura y la muerte, sobre la magia, sobre la filosofía y sobre el sexo. Pasó una tarde entera tratando de hacerme entender cómo funciona la inyaculación, y nunca lo logró. Terminamos la tarde comiendo papas fritas en un bar de la calle Tamayo, riéndonos de mi incapacidad estúpida para comprender operación tan extraña. Pero para Andrés lo extraño no lo era tanto, y lo normal carecía enteramente de interés. Fue infinitamente bondadoso cada vez que criticó mis textos, que eran muy malos (yo tenía apenas diecinueve o veinte años), y esto, teniendo en cuenta la poca paciencia que tenía él para la mala literatura, quiere decir mucho ahora que lo recuerdo. Él decidió ser mi amigo una mañana en el jardín de la universidad católica, decidió bautizarme como su hija y ponerme un nombre gracioso, “Lamérrica”, decidió compartir conmigo una parte de su extraña sabiduría y cuando hubo agravios involuntarios, fue tan generoso de ofrecerme una disculpa.

Sé que para todos los que no lo conocieron bien Andrés era el excéntrico, el mago, a veces un loco a secas. Pero Andrés era un buen amigo, era un maestro muy generoso y ajeno a la vanidad, era un gran conversador, un excelente actor… era excéntrico y mago y loco, pero llamaba por teléfono cuando uno no aparecía mucho por la universidad para saber si había enfermedad que él pudiera ayudar a curar de por medio, me abrazó largamente cuando mi gata se murió y ese mismo día me hizo un masaje en la cabeza para quitarme la terrible jaqueca que me había causado el llanto, que funcionó a las mil maravillas para mí, pero no para él, que inmediatamente empezó a sufrir de los dolores que acababa de quitarme; disfrutaba de los helados, amaba a Beethoven con toda su alma y lo llamaba familiarmente “Ludwig van”; era detallista y ácido para burlarse de sus odiados burgueses, tenía una postura política y no era ajeno a las discusiones sobre el color y el precio del papel de nuestra amada revista que ahora al menos es huella de una época en la que fuimos furiosamente felices.

Andrés se explica, deja claro que no debemos llorar. Y tiene razón: vamos a la muerte y vivimos para ella. Nadie tiene que respetarlo ni compartir su postura, porque él no pidió respeto ni condescendencia y quiso que quede en evidencia la soberanía de su acto final. Pidió que no lo lloremos. Y, de manera para mí atroz por su sinceridad, en su última carta dice: “En un futuro, debería permitirse que los suicidas no impulsivos, es decir, aquellos que mueren por voluntad y no por depresión, problemas o tristezas, puedan armar el ritual y el teatro y que se pueda ir a ver cómo se suicida esa persona. Sería una forma de arte harto curiosa.” Lo dice al pasar, en medio de dos párrafos terribles y minuciosos en los que describe los elementos de su suicidio… casi al final, a punto de beber su copa, imagina un escenario mejor, que arranque el secreto del acto de muerte voluntaria, fantasea con esa posibilidad, arroja la idea a modo de propuesta. Y luego firma y luego bebe.

Andrés no quiere que lo lloremos. Pasaron años sin que lo viera. Apenas hubo un par de mails en los últimos tiempos. Él nunca dejó de llamarme su hija, Lamérrica. Y de pronto desapareció. Él tiene razón y no debemos llorarlo: no porque nos consuele la posibilidad de encontrarnos con él en el más allá, no porque fantaseemos con la idea de un Andrés flotante y omnipresente que venga a saludarnos eventualmente con algún gesto gracioso, no por ninguna de esas razones. Su razonamiento está exento de empalagamiento y esperanza. Andrés es muy claro.

Y sin embargo, en la vida corta que tengo y que me queda, en el pedazo de mundo que habito y que permito que me soporte, en la maraña estúpida de recuerdos que conforman esta absurda vida mía, Andrés es extrañado y hace falta. Lo lloro porque a pesar de vivir una vida ínfima y terca y ciega, el pequeño hogar que uno va haciéndose en una parte del mundo requiere de habitantes. Hacía mucho que no lo veía (es la violencia estúpida de las cosas), pero Andrés era un habitante de mi hogar: quizás su muerte me ayudó a entender esto. Y ahora tengo que intentar entender, de algún modo, qué significado tiene el desaparecer completamente.

Que viva el perder, mi querido amigo.

Otra vuelta

(“C”, poemario de Javier Cevallos publicado en 2005)


Parece que la literatura consiste en intentar hablar en el instante en que hablar es más difícil, orientándose hacia los momentos en que la confusión excluye todo lenguaje y por lo tanto hace necesario recurrir al lenguaje más preciso, al más alejado de lo vago y de la confusión, el lenguaje literario.

Maurice Blanchot


Si fuera pertinente ahora arriesgar una generalización que intentara desafiar las vaguedades implícitas a toda generalización, o si se procurara al menos nombrar el estado predominante de la literatura en actual producción con el fin de apostar alguna resistencia, podría decirse que estamos en presencia del peor de los desprecios. No es gratuita la emergencia de textos teóricos como “Literaturas postautónomas” ni salen de la nada los intentos por volver al realismo en ciertos sectores de la crítica literaria. Algo de lo literario busca perderse. Cuando se habla de literatura, se cuidan bien los teóricos de poner entre comillas las palabras pertenecientes al campo semántico de la pureza y de la forma. Toda mención de formas o de pureza literaria es encerrada indefectiblemente entre comillas, por las dudas. Por el contrario, se multiplican las menciones a la verdad, a lo real y al referente a secas: así, directamente y sin comillas que estorben el sendero que une a la literatura con cualquier mundo exterior a ella.

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Un cine que no piensa: “Qué tan lejos” y el recurso de la ecuatorianidad

Aunque en este punto pueda resultar anacrónico hablar de la película “Qué tan lejos” de Tania Hermida, llama la atención su continuado éxito (ya existe una reedición del DVD) y la aceptación de la que goza en el público ecuatoriano. Esta película, además de “Cuando me toque a mí”, constituye uno de  los fenómenos más importantes de lo que se puede identificar como nuevo cine ecuatoriano.

Y aunque dos es un número demasiado pequeño para teorizar, la tendencia es clara: algún extraño impulso hace que ciertos cineastas de nuestro país procuren avisarnos qué es eso de ser ecuatorianos.

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El blog de Chejfec

“No somos más que un conjunto de sucesivas desavenencias con la realidad. Conquistamos -de una manera más o menos trabajosa- el ceniciento e informe resplandor de las fotografías marcadamente precisas en su falta de nitidez; absorbemos -calentando y enfriando con alternancia nuestros cuerpos- los haces que desde el exterior nos señalan, persistentes e ineludibles, la disolución que se nos avecina y que al mismo tiempo representamos. No hay -realmente- absolutamente lugar para poseer algún tipo de seguridades, excepto la certeza de nuestro propio azar y virtualidad que con la intención de perpetuar sólo conseguimos que varíen -indefinidamente- desaveniéndonos en todo momento con la realidad de un modo -aunque gradual- uniforme. No hay absolutamente lugar, y nos acercamos y nos alejamos; pero, no obstante, no hay absolutamente lugar.”

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Lo que me traen las fiestas de Quito

 

Odio la coyuntura, ya he recibido críticas al respecto. Sólo por hoy me voy a detener un segundo en ella. Algo escrito por un querido amigo me hizo recordar la ciudad en la ya no vivo desde hace cuatro años: Quito, que ahora celebra sus fiestas.

Y me detengo para dejar una constancia, un pequeño rastro (ahora recuerdo a un querido profesor) de lo que me pasa por la cabeza cada vez que mi ciudad celebra sus fiestas. No ignoro que este testimonio es de absoluta inutilidad, innecesario como él solo, pero de todos modos, no sólo por su carga indicial ha de ser apreciada la huella.

Desde que vivo fuera del país en el que nací aprendí mucho sobre el nacionalismo. Uno de los grandes historiadores latinoamericanos contemporáneos, Tulio Halperín Donghi dijo, según una fuente confiable, que “el nacionalismo es el último reducto de un canalla”. La frase me resulta iluminadora.

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Nueva versión de Ourovourus

Hace varios años, fui parte de un proyecto del que aún me siento orgullosa: la revista literaria Ourovourus. La publicación de cada uno de sus números fue el resultado de un trabajo artesanal y minucioso, hecho con bajísimos recursos y con la única intención de marcar una diferencia en el ámbito literario ecuatoriano.

También, lateralmente, Ourovourus fue motivo de reuniones, discusiones, debates, fiestas y peleas, y dejó, afortunadamente, lazos que se resisten a romperse, aún hoy. Sin vergüenza, puedo decir que los tiempos de Ourovourus fueron buenos tiempos, tiempos entrañables, que supieron dejar su marca, y que vuelven, a veces, resistentes, como un llamado, como un conjunto informe de imágenes y sonidos, a aparecer.

Nicolás Jara, uno de los miembros de la revista y un amigo muy querido, tuvo la iniciativa de subir la revista a la web, y ahora está de nuevo en circulación. Por el momento únicamente está disponible el número uno, pero, según ha prometido Nico (y yo le creo), pronto vendrán los otros. El enlace está al costado derecho de esta página.

Los invito a revisarla. La revista es toda una experiencia.


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