Lo que me traen las fiestas de Quito

 

Odio la coyuntura, ya he recibido críticas al respecto. Sólo por hoy me voy a detener un segundo en ella. Algo escrito por un querido amigo me hizo recordar la ciudad en la ya no vivo desde hace cuatro años: Quito, que ahora celebra sus fiestas.

Y me detengo para dejar una constancia, un pequeño rastro (ahora recuerdo a un querido profesor) de lo que me pasa por la cabeza cada vez que mi ciudad celebra sus fiestas. No ignoro que este testimonio es de absoluta inutilidad, innecesario como él solo, pero de todos modos, no sólo por su carga indicial ha de ser apreciada la huella.

Desde que vivo fuera del país en el que nací aprendí mucho sobre el nacionalismo. Uno de los grandes historiadores latinoamericanos contemporáneos, Tulio Halperín Donghi dijo, según una fuente confiable, que “el nacionalismo es el último reducto de un canalla”. La frase me resulta iluminadora.

Todos los años, durante una semana, Quito, mi ciudad (por hablar sólo de lo que conozco bien), se vuelve una especie de infierno. La gente se pone más violenta (generalmente gracias a las cantidades de alcohol que ingiere), la discriminación se deja sentir más que nunca, los complejos del país se manifiestan bajo la forma del disfraz (camisita blanca, botas, sombreros…) y hasta el acento de las personas cambia. Todo esto se puede ver en la calle, claro, porque a los festejantes poco les preocupa interrumpir la vida de quienes no celebran la supuesta fundación; pero hay un lugar, un lugarcito de Quito donde todas estos comportamientos faunísticos se concentran.

Habrá que agregar: al complejo, la discriminación, la alienación y el enajenamiento, en la Plaza de toros se suma la crueldad. A algunos este último factor les parece irrelevante; otros, democráticos, defienden el derecho de las personas a hacer lo que les venga en gana, entonces acuden al peligrosísimo (ya lo dijo Zizek) concepto de tolerancia; otros admiten la crueldad del asunto, pero admiten también que es demasiado divertido como para dejar de asistir; a otros no les importa. Y otros, finalmente, se manifiestan en contra de lo que creen un acto propio de salvajes incautos y descarados.

El asunto es que, como creía R. W. Emerson, Todo está en lo Uno, e ir a una plaza de toros en la ciudad de Quito a estas alturas de la Historia, a celebrar la tortura y la muerte de varios animales por los que lucran las familias más poderosas del país; el celebrar una fiesta que supimos hacer nuestra gracias al peso de siglos de sumisión y colonización intelectual; el enriquecer a los monopolios más poderosos del país, dueños de la plaza, de los animales, de los medios de comunicación; el gritar un grito jubiloso ante las torpezas de un animal ya muy cansado, maltratado, confundido y a punto de morirse entre los aplausos de una turba de borrachos que se quisieran españoles: todo esto es más de lo que parece. 

El equívoco de la tolerancia termina en cinismo, una de las maldiciones de la posmodernidad. Yo recordaría a los intelectuales franceses (Deleuze entre ellos) que se manifestaron abiertamente en contra de la guerra, y no sólo de la guerra, sino de aquellos que no se oponían a ella (intolerancia de intolerancias: ¿por qué no pueden esos señores franceses dejar a cada uno que haga lo que quiera?). Alguien dirá que ese tipo de posiciones sólo caben cuando se trata de seres humanos… pero, ¡¿es que no leyeron a Nietzsche?! El creer que la pertinencia o no pertinencia de un espectáculo consistente en torturar y matar a un animal como festejo, en el año 2008, es cuestión a discutir entre señores, sería risible si no pesara su vigencia. Qué epifanía la de Nietzsche, cuando dijo: “En algún punto perdido del universo, cuyo resplandor se extiende a innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que unos animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue aquel el instante más mentiroso y arrogante de la historia universal.”

En fin, de lo que quería hablar es de nacionalismo, y decía, al comienzo, que desde que vivo fuera del Ecuador he aprendido mucho al respecto. Por eso, ahora, lejos, tarde, cada vez con más años y más distancia, con menos perspectivas de retorno, con nostalgia creciente, me doy cuenta, admito, con algo de pena y otro poco de admiración, noto, digo, cómo, lentamente, casi de manera imperceptible, sutilmente, mi lugar en el mundo deja de tener forma; veo cómo, en silencio, mi país y mi ciudad cultivan la forma de los recuerdos que me unen a ellos y pierden su territorialidad; siento que las fronteras se expanden o se contraen, a la orden de una relación mental arbitraria o de un recuerdo preciso que exige espacialidad. Y sé entonces, ahora, desde Buenos Aires (pero podría ser desde cualquier otro lugar del planeta), sé, más que nunca, aunque ya se sepa, que lo imaginario define a las identidades nacionales, y encuentro, al final, que mi quiteñidad nace de lo absolutamente particular, de algo que no comparto con casi ningún otro quiteño: un paseo lento por una plaza del centro, una noche tibia y etílica en la casa de Santiago, un cruce de calles de la Mariscal donde encontré a alguien a quien buscaba. 

 

Es un conjunto de fugacidades lo que me une a Quito, lo que me hace sentir quiteña. Las fiestas de Quito, y toda la miseria que acarrean, me imponen una extranjería militante y repugnada.

 

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10 Responses to “Lo que me traen las fiestas de Quito”


  1. 1 quarkschiz junio 12, 2009 en 8:21 am

    Siempre me ha parecido errado y estúpido eso de caricaturizar a quienes asisten a esos espectáculos como unos salvajes descarados que van a la Plaza de Toros a regordearse entre la sangre y la violencia o a mofarse del torito muerto. Yo no comparto la afición por esos espectáculos, pero de las personas con las que me he topado que gustan de la tauromaquía, yo al menos no los veo como crueles psicópatas. Son personas que me admiten que lo del sufrimiento del animal es un mala onda y todo lo demás, pero la cosa es que aquello no representa el centro de su disfrute. No es la falta de tolerancia de los detractores lo que me jode, es el hecho de que lo pinten de esa forma tan grotesca. Ese patetismo, que me apesta a demagogia, no le hace un favor a su causa.

    • 2 Daniela Alcívar Bellolio junio 12, 2009 en 4:26 pm

      Creo reconocer tu manera de escribir (sobre todo en los insultos a los detractores de las corridas de toros). Me parece que me llamaste pseudointelectual en un blog sobre toros en el que yo había comentado y, claro, recuerdo que decías “torito”, en tono de burla. Si es así, te cuento que yo, muy a destiempo, te contesté también, así que si quieres puedes pasar por ahí y fijarte en lo que te decía. De todos modos, la cuestión no es la caricaturización que se haga o no se haga de la gente que asiste a las corridas. No sé dónde encontraste que yo haya dicho que ellos son “unos salvajes descarados” que “se regodean en la sangre en la violencia”, etc. No me interesa que las personas que van a la plaza en el resto del año sean personas de bien, no las ataco en tanto seres humanos, ni quisiera que se mueran o desaparezcan del planeta. Me parece que te equivocas en tu razonamiento. Yo también conozco mucha gente que va a la plaza, algunos de ellos son mis amigos, pero lo que me parece incontestable es que esas personas asisten a y disfrutan de un acto que es, en esencia, cruel. El hecho de que menciones siquiera los casos de los que “admiten que lo del sufrimiento del animal es mala onda” (¡MALA ONDA! Por favor…), etc., no hace más que resaltar lo denigrante que es que esta porquería de costumbre siga existiendo en nuestro país.
      No me importa, repito, que sea una “escapadita” de una vez al año, no me importa que en realidad el dolor del animal no sea “el centro del disfrute”, lo que sí me importa es que en mi ciudad, con dinero que es de todos, con una violencia simbólica que a ninguna persona inteligente se le puede escapar, se lleve a cabo una semana en que el evento principal es torturar a un animal clavándole objetos afilados en la carne hasta que esté listo para terminarlo con una espada que, en el mejor de los casos, atraviesa el corazón, y en el peor, lastima pulmones y otros órganos, alargando todavía más la agonía. ¿Esto te parece grotesco? Bueno, te cuento algo: lo grotesco no está en la descripción, no es un efecto de escritura: lo grotesco es el acto y los aplausos alrededor de él. Lo grotesco, además, es que alguien (en este caso tú) piense en verdad que “el patetismo” está en dejar un espacio de sensibilidad (por mínimo que sea) a otros seres vivos y no en reunirse alrededor de una plaza a tratar de ser españoles y alentar a un tipo que está torturando a un animal.
      P.D.: Dices que la gente que va a la plaza no hace del sufrimiento del animal el centro de su disfrute… ¿fuiste alguna vez a la plaza? ¿estuviste siquiera en sus alrededores mientras la corrida tenía lugar? Se escuchan gritos todo el tiempo, pero cuando realmente la gente grita y aplaude sin parar, es el momento exacto en que el toro cae muerto. Desde afuera se sabe exactamente el momento en el que el “duelo” terminó. Tú nos pides no ser patéticos, yo te pediría no ser tan ingenuo.

  2. 3 Titus Crow junio 14, 2009 en 8:18 am

    (Ejercicio en buen comportamiento)

    Hola Daniela.

    Leer esto es casi como haber escuchado al hijo de Diego Oquendo haciendo gala de sus conocimientos eruditos sobre la “quiteñidad”. Por supuesto, desde la perspectiva que asume un Quito idílico, en el cual vive una “quiteñada” acomplejada, viciosa y servil, bajo el encanto de algún virrey moderno de intereses pecuniarios (el de turno, claro). Una prisión psicológica en la cual unos pocos seres escogidos, una suerte de bonaerenses de closet (o lo que más se parezca a un europeo, para tal efecto), rondan sus mágicas calles, siendo ellos los representantes del progresismo y una identidad aparentemente más quiteña y más legítima que la de la “quiteñada”.

    Yo no soy tan optimista. Para mí, la “quiteñada” es Quito tanto como lo son sus calles y estampas; la corrida de toros dice tanto de lo que verdaderamente es la ciudad, como las leyendas urbanas del siglo XIX y, me atrevo a decir, más valederas que las experiencias idealistas de un grupo de jóvenes de clase media-alta, con paredes (reales y mentales) forradas de parafernalia pop/kitsh/posmo/artsy-fartsy. A mi juicio, y más allá de criterios hippies o de moralinas impolutas, tienen más criterio para elogiar o despreciar su ciudad quienes formen más parte de ella, que quienes tengan alguna pretención idealista sobre comunidades globales, mundos igualitarios, y aldeas pitufescas. El resto tienen el mismo peso que el mismo quiteño mandando al carajo a una ciudad en Turquía, por comer semejantes animales (o algo por el estilo 😉 )

    Ahora bien, comparto la alienación con la quiteñidad, es innegable que aquí se hacen estupideces particularmente vergonzosas (por ser nuestras como quiteños, vamos), algunas parecidas a las de afuera y otras, remedos risibles de comportamientos igualmente deleznables (¿quién tiene la energía como para ponerse a detallar lo absurdos que podemos ser los humanos?). Creo que lo que nos diferencia, empero, es que yo no espero mucho de la gente, y mucho menos reinvindicarme frente al espejo (o blog) al haber encontrado alguna postal estética en una “tierra de bárbaros”, y que sirva como adorno a mi ser progresista y cosmopolita.

    Debe ser error de lectura mía, por supuesto, pero yo considero que la ingenua en todo el embrollo eres tú Daniela (ingenuidad que apuesto confundes con alguna consigna moral-estética que termina sobrando cuando no se trata de un análisis cinematográfico).

    Oh dear, no sé comportarme… ¡Toreros malos, quiteños acomplejados! ¡Viva la amistad y el respeto a los animalitos! Ya está :-).

    • 4 Daniela Alcívar Bellolio junio 14, 2009 en 4:48 pm

      Hola Titus,

      tengo que reconocer la eficacia de tu pensamiento, su ausencia de fisuras, su solidez incontestable: las cosas son como son, porque así resultaron ser, y está bien que así sean… ¡porque son!
      Primero: que empieces tu respuesta nombrando a un hijo de Diego Oquendo me da la pauta de tu horizonte… ¡genial!
      Pero bueno, a riesgo de caer en un pensamiento un poco menos complaciente (pero, por lo mismo, menos conservador), te voy a responder.
      Ni me considero ni traté de pasar, en el post, por una portadora de “erudición” sobre la “quiteñidad”. Todo lo contrario. Digo, por más que sea un blog, no estaría mal que leyeras con menos apuro por responder cualquier cosa. De hecho, mi única idea sobre la quiteñidad es que no existe, es que es una construcción imaginaria que sólo en algunos puntos (también imaginarios) se reparte entre diferentes miembros de una comunidad. Justamente trataba de apuntar a esa ausencia para impugnar prácticas que se basan y se legitiman en su supuesta existencia y, por si fuera poco, en la supuesta lealtad que debemos rendirle.
      No creo que algo como una quiteñidad exista, porque eso sería creer en una esencia quiteña y, bueno, diría que tal cosa, a riesgo de sonar cateogórica, no existe y nunca existió.
      Por eso citaba a Halperín Donghi al comienzo, porque tiene razón: el nacionalismo es el último reducto de un canalla. Lo muestras tú, en todas tus argumentaciones; en tu defensa (ineficazmente velada) de la quiteñidad y su derecho de hecho, acudes a la idea de que todas esas prácticas (las detestables y las no tan detestables) muestran lo que “verdaderamente” es la ciudad, más que cualquier protesta, reflexión o escrito de “un grupo de jóvenes de clase media-alta…”, etc. Todo el argumento es ridículo: intentar siquiera esbozar una crítica (también velada, y vamos descubriendo rápidamente tu limitado arsenal de recursos retóricos) a ese sector que vendría a estar conformado por jóvenes de clase media-alta, al que evidentemente perteneces también tú, ya que puedes sentarte a contestar los argumentos de un blog; hablar de “idealismo” con tal imprecisión semántica (a la manera, digamos, de algún setentón amargado que recuerda con nostalgia las épocas lejanas en que no era tan viejo ni tan amargado y tenía ganas de poner un pie delante de otro para hacer algo por algo o por alguien); pensar, finalmente, en aquellos jóvenes idealistas como seres encerrados entre paredes tapizadas de… ¿qué era? ah, sí, “parafernalia pop/kitsh/posmo/artsy-fartsy”, como si con esa enumeración torpe y pretenciosa fueras a sorprender a alguien, como si quien escribió el post no estuviera informado de qué cosas son el pop, el Kitsch, etc., como para darse perfecta cuenta de que en ningún punto su argumentación roza esas categorías tan mal usadas en tu respuesta con el fin de (y aparece otro de los escasos recursos constantes de tu respuesta) elaborar un tono irónico. Por cierto, es gracioso que alguien que defiende tan abiertamente el relativismo posmodernista, que maneja tan bien la pobreza y la ironía fácil del lenguaje bloggero, que intercala caritas expresivas en su argumentación y que dice “posmo” trate de acusarme de “posmo”. También es gracioso el tono que adoptas, la autoridad que te arrogas para más de repetir argumentos tan viejos y manidos y para exponerte en todos tus complejos. Todo lo que gira alrededor de la autorización mayor o menor de ciertos sectores para pensar la dichosa quiteñidad es tan prepotente y básica (y común) que molesta tanto como aburre. Pensar que por estar afuera y diferir y no comulgar con prácticas que me repugnan tengo menos criterio para opinar sobre mi ciudad que las personas que están ahí dentro es simplemente tonto. Es un argumento que escuché mil veces y que cada vez me resulta más incoherente. Es un clásico argumento nacionalista. Te cuento que la distancia no censura ni prohíbe nada, te referiría a la extensa bibliografía que existe de escritores e historiadores que escribieron en el exilio o en sus viajes sobre sus lugares de origen, sin que a ningún incauto se le ocurriera reclamarle la vuelta o censurar su derecho a la escritura por el hecho de estar fuera. Yo, aunque no me creo ni lejanamente igual a esos escritores, sí me siento, en cambio, capaz de articular ideas sobre mi ciudad, a pesar de estar fuera, mejor que tú, por ejemplo. Claro, porque para ti las cosas son como son y si así las vives, pues que se queden como están, porque eso es “la quiteñidad”(¿quién es el erudito, a fin de cuentas?), y defiendes a capa y espada (a pesar de disfrazarte de una indiferencia desengañada) el estado de las cosas. Precisamente contra esa plaga nacionalista escribí yo: contra la que esgrime una esencia obturando su carácter netamente imaginario para legitimar prácticas denigrantes y nocivas, además de abiertamente beneficiosas para algunos de los más poderosos monopolios del país.
      Todo eso de la aldea pitufesca, la tierra de bárbaros, el progresismo, el cosmopolitismo, los escogidos, Europa, etc., no es más que paja: las palabras estereotipadas de un tipo altamente acomplejado. Si defiendo mi derecho a impugnar el nacionalismo y busco elaborar mi (personal, individual, ficcional) quiteñidad, no intervienen ahí ninguno de esos criterios, salvo en tu imaginación. No soy optimista ni hablé jamás de “quiteñada” (de hecho, en el caso de las corridas de toros, sé que es una práctica elitista, discriminadora y minoritaria), no me referí a los quiteños como una masa “acomplejada, viciosa y servil”, lo hiciste tú y, lo que es peor, para defenderla.
      Yo me limité a poner de manifiesto mi inconformidad con el estado de las cosas (parece que eso enfurece a algunos buenos quiteños) en un momento específico del año. Si a ti te molesta que lo haga desde el exterior, que lo haga desde la argumentación o que lo haga en contra del conformismo nacionalista y vago que tú pareces defender, importa, a fin de cuentas, poco.
      Finalmente, ¿quién te dijo que las consignas morales y estéticas sobran cuando no se trata de crítica cinematográfica? ¿Lo leíste en algún sitio o es una innovadora teoría tuya? Si la respuesta tiene que ver con la última opción (y sospecho que es así), te recomendaría que reveas un poco tus límites, porque son muy pero muy estrechos, y ridículos, y tontos, y están fuera de lugar.
      No soy optimista, casi nunca, pero tu discursito me recuerda la importancia y la necesidad de escribir en contra del sentido común.
      Saludos.

  3. 5 Titus Crow junio 15, 2009 en 1:02 am

    Trataré de tomar la respuesta con pinzas, no vaya a convertirse en un torbellino de psicoanálisis, o una competencia de quién descubre que el otro es acomplejado, o algo así. (Por cierto, tu foto es genial, ¿estás pensando en Quito? ¿reflexionando profundamente? No, debe ser que te están haciendo una escultura, eso.)

    Saltando el sarcasmo inicial de rigor (es una lástima que no tenga en la punta de la lengua a un autor altisonante o una cita que dé evidencia de horizontes, ten piedad), la mención a Oquendo Jr. era porque da la impresión de que esa es tu intención al describir a (en efecto) la “quiteñada” de la plaza de toros en diciembre. Pero asumamos que no existe tal concepto, como dices en tu respuesta: ¿quiénes son entonces los violentos, alcoholizados, discriminadores, acomplejados, imitadores, intrusos, faunísticos y crueles?. Supongo que, con la excusa de que son una minoría, piensas que sus comportamientos no representan a una población general, pero me voy a permitir disentir. Considero que detrás de aquellas formas, se esconde una idiosincracia que sí identifica al quiteño, y que se puede diferenciar cláramente del cuencano, el lojano o el guayaquileño, aunque no a tal punto de alienarlo de lo que los ecuatorianos hacemos y proyectamos, vistos como población. Esa misma construcción imaginaria a la que te refieres, pero tomada mucho más en serio, afectando las motivaciones y el sentido de ser de los habitantes, y que sienta el ambiente de nuestras elecciones y actitudes ante los eventos sociales (sea el partido de fútbol, el año viejo o las fiestas), y va más allá de lo que tú y yo (regordetes privilegiados de la clase media-alta -digo, necesariamente porque opinamos en un blog, no? 😉 ), podamos opinar y controlar desde una perspectiva individual (sin que se convierta en un rant para ponerlo en el diario personal).

    Ahora bien, quisiera pedir disculpas por haber tratado de exagerar el lugar de tus opiniones nostálgicas sobre Quito. En realidad no son tan importantes, y tienes todo el derecho a escoger tales o cuales actitudes (emborracharte con Santiago, ir a la Mariscal a encontrarte con gente, no recuerdo bien) y hechos que definan el lugar que creas que tienes frente a una población (en mi opinión, creo que es absurdo e inútil, pero eso es porque soy un anacoreta acomplejado, como bien has descubierto con tan poco esfuerzo de psicóloga transpersonal). Te comentaré también que el criterio es tan parecido al de tantos latinos, tanto en Bs. As., como en París y algunos que sueñan con viajar para allá con los que he conversado, que no pude resistir colocarte en el cesto de los que opinan desde afuera espetando su madura visión de avanzada y cosmopolita (por ejemplo, casi nunca critican al argentino, pero están con bayoneta en mano para repudiar al longuito vil ecuatoriano). Pues eso, siento tener prejuicios, es que me gustan las corridas y me sentí mal cuando me tachaste de retrógrada, cruel, tonto y algo más.

    [Uhm, creo que debo hacer notar en este punto que no me gustan las corridas y estoy exagerando]

    Una correción: no pienso que tengas menos criterio por estar afuera para decir lo que escribes; pienso que en general, ese tipo de comentarios “desde el extranjero” son bastante intrascendentes y dicen mucho menos de la ciudad a la que refieren que de un intento de postal guardada en su memoria, aunque con el añadido de valerse de algunos canallas que se han quedado atrás -hasta terminar en el reducto de “tú no me conoces, y esta es mi forma de pensar, que es total y a todo el mundo gusta”. Además, tú misma anuncias que cada vez te sientes menos apegada al asunto (al menos físicamente, porque si bien no quieres regresar, no dejarás de hablar de esto aún si te mudas a Neptuno), así que a mi lectura, eso te desacredita para tomar en serio lo que “recuerdes” de Quito, fuera del plano artístico.

    No he dicho que creo que las cosas deban quedarse como están, dije que no espero mucho de la gente para hacer cambios a ese nivel (ni que tengan tal visión para empezar), porque tales fenómenos son el producto de períodos de tiempo extendidos de gestación y requieren mucho más que la suma de unos hippies insolentes en la Plaza y unos abanderados intelectuales en línea (son a lo mucho parte de la fotografía, según cómo lo veo)

    Y sí, soy de la opinión que la moralidad y la estética son muy lindas “de artes para adentro”, pero que afuera impera algo un poco más mundano y pragmático, y que de no ser por mis 70 años y mi incapacidad de juntarme a la guerrilla o de ser un pintor de izquierda, catalogaría a esa necesidad de “educar espiritualmente” a la gente como una necesidad de sentir que cambian al mundo con yo qué sé qué fines de realización personal vanos.

    Finalmente, hacer notar (no puedo creer que tenga que hacerlo) que no soy un nacionalista, ni, ¿cómo era? defensor del relativismo posmodernista (WTF, nunca pensé que me iban a catalogar de eso un día), y que estoy seguro que manejas mejor que yo la jerga de rigor en cuanto a apreciación artística (pop/kitsch/blah); además de que no le veo el problema a usar emoticons, ni otros recursos lingüísticos “blogueros”, si igual entiendes lo que escribo -espero- a tal punto de mandarme al carajo por trivial y manido, o lo que sea (es a lo mucho darte ventajas ;-)).

    PD: Un punto de orden antes que me odies un poco más y me vuelvas a decir acomplejado irremediable: Preferiría hacer las pases.

    • 6 Daniela Alcívar Bellolio junio 15, 2009 en 3:28 am

      Titus,
      tengo que confesarte que lo de la foto fue gracioso. Claro que tu “foto” es algo de lo que es demasiado fácil burlarse, por lo tanto me abstengo. Y voy a intentar ser breve esta vez. Creo que aquello del comportamiento característico del quiteño es más que discutible, y creo que responde a un lugar común. No niego que existan actitudes comunes, reacciones similares, etc., pero eso no indica que esas similitudes formen una esencia permanente y homogénea; sobre todo, no indica que uno no pueda oponerse a ellas.
      Si me permites, uno de tus problemas (en cuanto a la escritura, ojo, no te estoy psicoanalizando) es que utilizas el sarcasmo en exceso, indistintamente. Si intentas racionarlo un poco, vas a ver cómo el recurso se torna mucho más efectivo (recomendaría aquí un texto de Borges -“El arte de injuriar”- pero veo venir un nuevo sarcasmo).
      En fin. El problema no es que hayas tratado de exagerar mis “opiniones nostálgicas” sobre nada. Estás equivocado si crees que yo misma les doy la pretensión de cambiar algo (de todos modos no puedo concordar contigo en que los criterios estéticos no tengan derecho a la vida fuera de sus límites textuales, pero en fin). Lo de emborracharse en la casa de Santiago, encontrarme con alguien, etc., no son “actitudes” frente a nada: son recuerdos que me hacen querer y extrañar mi ciudad. Eso es todo. Dale, no me digas que no estás en lo absoluto familiarizado con estrategias textuales tan sencillas. ¿A qué te dedicas? Por ahí si eres sociólogo o algo así podré entender esa furia contra un texto que intenta dar una opinión valiéndose de un par de recursos literarios. Coincido contigo en que es absurdo e inútil, de hecho, lo digo al principio del post, pero en qué pequé, me pregunto, si yo me dedico a la literatura y al cine, y a esos parámetros respondo.
      Lo que sigue en tu respuesta es, insisto, puro nacionalismo. Era evidente que lo que te molestaba era la unión fatal de crítica y residencia en el extranjero. Que no critique a los porteños no significa lo que tú crees. Voy a recurrir a la cultura popular. Seguro reconoces esta estrofita: “Ódiame por piedad, yo te lo pido/Ódiame sin medida ni clemencia/Odio quiero mas que indiferencia/ Que tan solo se odia lo querido”.
      Bueno, yo critico porque me siento aludida, porque me interesa, porque la crítica me parece sana, sanísima, necesaria, útil; demuestra más amor, apego o como quieras llamarlo, que desprecio o cualquier cosa por el estilo. A diferencia de ti, no veo al ecuatoriano ni al quiteño como un “longuito vil”: es ese tipo de mirada condescendiente lo que más detesto. Si critico es porque me interesa, y el hecho de vivir fuera no hace de mi opinión ni de mis modos de expresarla algo más intrascendente que cualquier otra. Porque de lo que no podrás acusarme es de pretender cualquier tipo de trascendencia. Creo en la intrascendencia, en el placer de lo momentáneo, creo que el apego por el sitio en el que uno nació debería estar dado por querencias particulares (aunque ellas sean tan intrascendentes y risibles como los recuerdos que evoco yo) y no por imposiciones simbólicas y estúpidos esencialismos que no hacen sino perpetuar el estado putrefacto de las cosas. Si piensas que mis evocaciones dicen menos de la ciudad que tres mil borrachos gritando en la maldita plaza, ¿cómo podría contradecirte? Claramente tienes razón, pero también es verdad que yo no intentaba hablar por nadie, y que por otra parte no creo en la transparencia del lenguaje. El hecho de que no vaya -por ahora- a volver también tiene que ver con aquello del amor y el odio, pero en algo tienes razón: no voy a dejar de hablar aunque me vaya a Neptuno. Puede que todo esto me “desacredite”, como dices, pero por suerte no necesito una acreditación para hablar sobre lo que me importa. Y aunque no te lo tomes en serio, pues como queda dicho: no sólo por su valor indicial ha de apreciarse la huella.

      Otra observación: no te haría mal matizar un poco la catalogación esa furiosa que tienes. Por ahí si dejas de ver a todos como “unos hippies insolentes” o “abanderados intelectuales en línea” o “jóvenes de clase media-alta”, etc., te encuentras con alguien cuya opinión respetes o te sirva para algo. También podría ser útil que dejaras de pensar las formas de lo estético como algo demasiado vano como para ser tomado en serio allá afuera, en el “mundo real”. Esas categorías me parecen demasiado reaccionarias.
      No te odio, y me parece bien hacer las paces (a menos que eso también haya sido un sarcasmo, en cuyo caso no dudo que me llamarás algo así como “joven pseudo-intelectual de clase media-alta mezclada con hippie pseudo-pacifista que no distingue un chiste de una ofrenda de paz”) y quizás entablar desacuerdos con respecto a otros temas. Saludos.

  4. 7 Titus Crow junio 15, 2009 en 4:53 am

    Hola Daniela,

    A mi foto la escogí porque el personaje éste me hace reír. Espero que no le sume párrafos a mi expediente psicológico.

    Voy a empezar por el final, reconociendo que lo de las paces va en serio. Para mi salud literaria (ahora mismo bajo bombardeo intenso por mis escasos dones, como parece ser el caso), he ambientado personalmente al batiburillo este como una serie de malinterpretaciones exageradas, principalmente porque parece que ambos disfrutamos criticando y el modo berserk se activa apenas uno toca la guitarra del otro.

    Con respecto a lo de la “quiteñidad”, considero que sí hay un proceso fluído en el que esta se define, pero eso no la hace menos real. Algo así como reflexionar sobre lo que uno es en el tiempo: lo que hacemos y pensamos nos redefine a cada momento, y no por ello alegamos que no existimos. Las modas, los centros de reunión masiva, la música, los gobiernos (todo el zeitgeist y el queique) crea un abanico sobre el cual casi no tenemos opción de escoger haber colocado o no, salvo quizá la opción de escoger no formar parte de él (toma en cuenta que ninguno de los dos parece que va a la plaza de toros -aunque a uno de los dos sí le gusta Mariscal al menos ;-)) Incluso, reafirmo esto cuando digo que las posiciones individuales sobre los asuntos sociales, éticos, morales, espirituales, etc., en especial cuando tienen el afán de reconfirmarle a uno mismo alguna suerte de ostracismo voluntario, no están apoyando alguna causa de manera tangible. Si me dijeras que estás en contra de todos los niños quiteños que tienen que trabajar en las noches, o la cantidad de bares que no alojan de manera responsable a los fiesteros de turno, entonces creo que no me hubiera resaltado tu opinión. Pero ha sido el hecho de hacer un muñeco de paja de cierta festividad ridícula en particular, con un criterio de vileza de quienes son parte de ella -este sí un lugar común-, pasando por alto que durante todo el resto de año hay eventos y manifestaciones sociales que deberían doler más (digo, si lo que enfada es la novelería y las crueldades de la vida y se trata de no ser parte de ella desde la palestra del antagonismo), lo que hizo que escribiera en primer lugar. No porque estés en Argentina (porque tal criterio lo adquiriste acá, seguramente), ni porque yo sea un nacionalista (lo considero raro, porque por lo general la tendencia es a decirme que desprecio a mi país), sino porque no he leído una verdadera convicción, sino sólo una vista de águila basada en adornar tu nostalgia extranjera. Repito, si fuera por mí, yo vendería el Ecuador a Suecia (o a Neptuno, para evitar el problema de tu nacionalidad en el futuro :-)), pero no creo que el quiteño sufra alguna transformación tan grotesca como has descrito porque vengan los toreros, sino que dentro de sí ya había esa idiosincracia y el peso de las tradiciones (así sea algún magnate malvado en su sillón de oro el que la auspicia)

    Nuevamente, te cedo que tienes todo el derecho de estar en contra de lo que quieras (y ahora añado que tambien tienes la potestad de buscar ser intrascendente), pero no sé por qué no estás de acuerdo en que la posición intelectual de uno contra estas cosas sólo tiene un valor introspectivo, y con suerte más que una sublimación que le dote a uno la sensación de ser íntegro (y aquí rebotamos entre sociología y psicología), con el añadido de que reconocer ese esencialismo del que hablas pone en su lugar a los comportamientos de las masas, formadas principalmente por gente que no reflexiona sobre la moralidad o la estética de sus actos, sino porque responde siempre de la manera más “humana” posible (en el sentido peyorativo de ser “humano”) a las fluctuaciones de la sociedad que tanto ellos, como la historia va forjando (y es porque no creo que tengan otra opción si no sufren cambios profundos que requieran generaciones en gestarse, y quizá una hecatombe borra-y-va-de-nuevo). Es a ese “idealismo” al que yo trato de poner en su lugar: de artes e introspecciones para adentro, todos tenemos algo que decir. “Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa”, pero no mezclemos (a esto me refería con lo de “mundano y pragmático”).

    Gracias, en todo caso, por los pointers para escribir más bonito y más injuiriosamente. Si mi negocio fuera la literatura y el cine, entonces las anotaría en mi libreta y empezaría a practicar más a menudo, pero la verdad es que me pongo a escribir en línea mientras se descargan boberías del internet (mi triste excusa, :-(). Ah, y me dedico a las cuadradas y prejuiciosas matemáticas, nada muy de “mundo real”, al fin y al cabo (mi archivo psicológico debe estar completo a estas alturas. ¿Cuánto saqué?)

    PD: Si quieres puedes pasar por mi blog, a ver si te doy consejos para hacer demostraciones matemáticas. Es que no sé cómo compensar tanta ayuda que me has brindado. O Fuck it. Haya paz.

  5. 8 Daniela Alcívar Bellolio junio 21, 2009 en 4:07 am

    Hey, tardé pero volví. Haya paz, de acuerdo. No encuentro tu blog, hago clic en tu nombre pero me dice que la URL es incorrecta o algo así. Te busco en google pero por lo visto Titus crow es popular y no te encuentro. Avísame la dirección, que tal vez encare por primera vez en mi vida la posibilidad de entender a las matemáticas. D.

  6. 9 Titus Crow junio 25, 2009 en 7:45 pm

    El blog más bien es un intento de exponer temas de física a un público ligeramente entendido de matemáticas (de vez en cuando hay papayazos filósofo-lingüísticos, así que sería un honor presumir de tus respectivas correcciones de vez en cuando ;-))

    cuerdasbranas.wordpress.com

    (PD: Así leyéndote más, llegas alto en la “escala femenina Kardashev”. Buen trabajo, tengo muchas preguntas que hacerte, pero otro rato, cuando escribas algo nuevo.)

    Chao.

  7. 10 yyyyyy61 septiembre 3, 2009 en 5:04 am

    Voy a escribir un cuento sobre ustedes. Sin final feliz (son pesimistas) y donde habrá mucho vino (obviamente a los dos no les disgusta el vino), berenjena y un viaje a Loja.

    Cuando termine se los mando. Puede tardar mucho, pero lo tendrán y lo leerán, si quieren.

    Chao y que el conocimiento que estén buscando llegue de manera clara y que cada día parendan más.

    -yyyyyy61


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