Un cine que no piensa: “Qué tan lejos” y el recurso de la ecuatorianidad

Aunque en este punto pueda resultar anacrónico hablar de la película “Qué tan lejos” de Tania Hermida, llama la atención su continuado éxito (ya existe una reedición del DVD) y la aceptación de la que goza en el público ecuatoriano. Esta película, además de “Cuando me toque a mí”, constituye uno de  los fenómenos más importantes de lo que se puede identificar como nuevo cine ecuatoriano.

Y aunque dos es un número demasiado pequeño para teorizar, la tendencia es clara: algún extraño impulso hace que ciertos cineastas de nuestro país procuren avisarnos qué es eso de ser ecuatorianos.

En “Qué tan lejos” los resultados no son mejores que en la película de Arregui: una vez más los espectadores son sometidos a una sucesión de lugares comunes que agota -uno creería- todas las posibilidades de los malentendidos alrededor del tema de la identidad. Hermida ha decidido contarnos qué es esto de ser ecuatorianos, y sus recursos no traspasan la frontera de la respuesta fácil. Ser ecuatorianos significa, según corresponda: ser hincha de la liga (si es es quiteño); ser curuchupa (si se es cuencano); ser ladrón solapado (si se es taxista); poseer una conciencia ultra-ligera e irreflexiva con respecto a las sublevaciones indígenas y demás asuntos políticos (si se es una muchacha universitaria de clase media de impostado aire meditativo); ser inmigrante (si se pertenece a las clases bajas); ser un borracho (aunque si el borracho es a la vez la muchacha universitaria de clase media, se tendrá el cuidado de demostrar culpa por estar tomando mientras el país está en crisis)… la lista, aunque extensa, no es interminable, porque los lugares comunes tienen su fin.

Lo que asombra de esta película (de este cine), es que asuma y exprese con tanta prepotencia la misión de postular la ecuatorianidad, y lo haga de manera tan estrepitosamente irresponsable y vaga. Los personajes de “Qué tan lejos” son apenas monigotes, su único valor reside en la alegoría: Tristeza y Esperanza (que por cierto es una turista tonta, como un mensaje contradictorio que quisiera enviarnos la directora), realizan un trayecto que se quisiera autorreflexivo y que no es más que una acumulación impensante de paisajes bonitos y reconocibles y de encuentros con otras alegorías no menos pobres que las dos primeras: el liguista fanatizado, que por supuesto es un quiteño machista de clase media-alta, los periodistas vulgares e hipócritas, el viejo sabio, que, de paso, se llama Jesús.

Lo que habría que preguntarse es, ante todo, qué hace que estos cineastas crean que tienen el deber de definir la ecuatorianidad, y qué hace que crean que su concepción de identidad tiene algo de interesante. Puede sonar duro, pero mucho peor parece que una persona entregue un producto banalizante y estereotipado con la pretensión de estar diciendo la verdad sobre un país y su gente.

No descarto el tema de la identidad colectiva (aunque no creo que sea el tema obligatorio de cada filme que se haga), el problema es la mediocre concepción y la falta de profundidad con que el tema es abordado. ¿En qué puede diferenciarse esta película de una nota periodística cualquiera de CNN? Los personajes carecen de profundidad, la historia parece una mala copia de cualquier comedia romántica estadounidense (la chica engañada que va a impedir que su novio se case y en el camino encuentra una serie de dificultades, etc.), la puesta en escena es casi inexistente: todo parece una excusa para hablar sobre el Ecuador y su gente: la viveza criolla, la facilidad absoluta para derrocar presidentes, los hermosos paisajes (que incluyen, claro, niños indígenas con ovejas, hijos de inmigrantes, etc.) y, cómo olvidarlo, el programa Diez sobre diez.

El viaje en esta película está asumido del modo más burdo: lo interno y lo externo son dos categorías irremediablemente separadas, los personajes no estorban a las postales que la directora quiere mostrar, y los espacios nada tienen que ver con la interioridad (por otra parte inexistente) de los personajes. El viaje no es más que una acumulación de montañas, playas, pueblos; nada en ellos funciona como espacio cinematográfico: son puro escenario, y daría lo mismo que todo ocurriera frente a un telón negro (con la excepción de que en este caso Hermida no mostraría lo lindo que es nuestro Ecuador).

Una vez más, el cine ecuatoriano le da la espalda al cine moderno; “Qué tan lejos” se revuelca en un barro hecho de conformismo, irreflexión y mal gusto. La directora ha puesto excesiva confianza en que el Ecuador es un país muy bello, y ese es uno de los factores del fracaso estético del filme. Cuando Rohmer filmó “Le beau mariage”, en un pequeño y hermoso pueblo a las afueras de París, su preocupación principal fue la de cuidarse del paisaje; lejos de hacer todo más fácil, el tener hermosos escenarios puede complicar las cosas para una película que se quiera autónoma: muy fácilmente se puede caer en el error de hacer postales turísticas con lo que debería ser algo más. Del mismo modo, en “Husbands”, Cassavetes, en un ejercicio radical de autonomía por todos los frentes, traslada al equipo entero a Londres, hace que sus personajes viajen hasta Inglaterra y, asombrosamente, no muestra de este nuevo espacio más que una habitación de hotel. Sin recomendar jamás la reutilización de fórmulas, es el gesto lo que busco rescatar: quien está pensando en cine llega a extremos, experimenta con las formas, da cuenta de procesos narrativos que impliquen más que colecciones de planos agradables a la vista, dice algo que nadie ha dicho.

“Qué tan lejos” descarta cualquier manipulación innovadora del lenguaje cinematográfico. La película apabulla con tanto juicio ridículo; de nuevo, el personaje principal es sentencioso y mediocre, se define por quejarse vanamente de todo y por querer impedir una boda en Cuenca. Una frase hecha se repite, con pequeñas variantes, a cada momento: “Esto es el Ecuador”. ¡Y se supone que debemos sentirnos representados! ¡Y se supone que es un producto orgullosamente ecuatoriano!

Lo increíble de todo esto es que en verdad se espera de los espectadores que se sientan identificados con esas alegorías insulsas, idiotizantes. Las palabras son duras, pero al menos no pecan de hipocresía. En cambio, “Qué tan lejos” ridiculiza a ese grupo que quiere ser homogeneizado y banalizado y que son los ecuatorianos. La pregunta sobre lo que es en última instancia la identidad está dolorosamente ausente. Estos cineastas, que han tomado la posta de la constitución de la identidad nacional, que han abrazado la sagrada misión de decirnos quiénes somos, han olvidado un detalle: preguntar antes de contestar. Quieren decir lo que es el Ecuador, y lo que significa  ser ecuatorianos, pero un inaudito proceso de inmediatez casi sobrenatural les impide preguntárselo primero, para luego contestar. La categoría de identidad está pasada por alto, está ausente: es una respuesta sin pregunta.

A estas alturas deberíamos ser capaces de problematizar la noción de identidad. Por lo menos, los artistas que están tan evidentemente comprometidos con la arenga identitaria deberían serlo. Para estas personas la identidad sigue estando unívocamente referida a la territorialidad más burda y a la coyuntura más inmediata; para ellos somos todos un grupo homogéneo de lugares comunes. Su afán pedagógico no conoce el pudor, y esta impudicia llega a la prepotencia. La reflexión es nula, y duele pensar que tantas personas se conformen con retrato tan poco complejo.

A la película “Qué tan lejos” no se la puede juzgar en términos cinematográficos: cualquier consideración en este sentido está ausente. No es lo mismo una sucesión de imágenes que una película. Más bien, “Qué tan lejos” se ofrece a sí misma como un folletín que media entre lo turístico y lo alegórico. Como es evidente que antes que hacer una película la directora ha querido decir qué es el Ecuador y qué somos los ecuatorianos, abandono cualquier lenguaje cinematográfico y me defiendo en términos de identidad, a modo de protesta: yo no soy eso que engañosamente “Qué tan lejos” quiere postular como lo ecuatoriano.

Dudo que esto se deba a mi falta de identidad (término que necesita releerse) tanto como al fracaso de la película en los términos en los que se propone y autoproclama.

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12 Responses to “Un cine que no piensa: “Qué tan lejos” y el recurso de la ecuatorianidad”


  1. 1 cesar0ratafilms marzo 24, 2009 en 4:25 am

    interesante opinión,,,, me gustaría saber si ya viste la nuevita Blak Mama…y si ya la viste que te parece…

    • 2 Daniela Alcívar Bellolio marzo 24, 2009 en 4:56 am

      Hola, no vi Blak mama porque vivo fuera del país y me toma un tiempo recibir las películas que se estrenan en Ecuador. Pero estoy pendiente de ella y apenas la vea con mucho gusto te comparto mi opinión. Saludos.

  2. 3 veroi junio 1, 2009 en 5:32 am

    estoy totalmente de acuerdo con tu critica, como antropologa visual me molesta ver como se utiliza una serie de recursos estereotipados e imagenes banales para intentar definir la identidad nacional. espero ver mas de tus critcas. saludos

    • 4 Daniela Alcívar Bellolio junio 14, 2009 en 5:04 pm

      Gracias por tu comentario… espero poder escribir más pronto, el no tener la posibilidad de ver las películas me dificulta todo, pero estoy pendiente de conseguirlas. Saludos y gracias de nuevo.

  3. 5 estebanlaso noviembre 19, 2009 en 4:25 am

    Hola!

    Me alegro de saber que mi opinión sobre “Qué tal lejos” no era insólita ni “antipatriótica”. A la pregunta que alguna gente me hizo en su momento (“¿por qué no apoyas el cine nacional?”) respondía: “Porque si es así, no lo merece”.

    Como se comprueba echando una mirada a la programación de TV, el costumbrismo es el recurso facilón de la comedia y el drama; cuando se las quiere dar de “artístico” se disfraza de “búsqueda de la identidad”. Pero la identidad nunca se encuentra cuando se la busca activamente; se tropieza con ella cuando menos se espera.

    Un abrazo,

  4. 6 Daniela Alcívar Bellolio noviembre 20, 2009 en 3:29 pm

    Un abrazo para ti Esteban, y qué bueno que estemos de acuerdo!
    Daniela.

  5. 7 carlosvallejo666 marzo 20, 2010 en 7:16 pm

    Si a la película solo le quitáramos el didactismo hecho para estudiantes de turismo la salvábamos…, osea, quitándole la película a la película!!!
    Para qué también, la disfruté, solo que me imaginaba viéndola en un canal de tv, en cama comiendo arroz con huevo, con esas perezas domingueras que aceptan producciones de humor parroquial, y claro, con el control remoto brincando de una a otra cosa como un dios. Alhaja ver la tele en el cine.

  6. 8 quarkschiz octubre 15, 2010 en 3:19 am

    “Prometeo Deportado” es otra película que apela al recurso de la ecuatorianidad. Yo la cabo de ver y constato que ha sido más o menos cómo esperaba.

    Bajo mi punto de vista, está bien dirigida. La visión estética del director es elegante y pulida. El manejo de cámara del cinematógrafo me gustó mucho. Hay escenas que me parecieron de portada, por lo atractivas y sugerentes; otras, que incluyeron tomas largas y complejas, con coreografías coordinadas con perfeccionismo, me dejaron impresionado. Es notable el manejo técnico en la cinematografía; es algo que se podía apreciar en los avances y que me llamó bastante la atención.

    La verdad no soy fan de esa onda que pretende usar eso de la “ecuatorianidad” para “reirse de nosotros mismos”. Sin embargo, admito que en “Prometeo Deportado” se maneja el asunto con más sutileza, sin caer en la esperpéntica ingenuidad y arrogancia del par de películas que has criticado aquí. La película también tiene algo de surreal y de simbólico, pero tampoco se asemeja a la lobotomía grotesca que fue Blak Mama, amén de ser mucho más regular y coherentemente estilizada que aquella (Blak Mama es simplemente fea y adolece de una desubicada ambición). O sea, en “Prometeo Deportado” se vuelve a apelar a ese recurso, pero a diferencia de la película de Hermida, creo que se lo piensa. Creo que se merece que la chequees.

  7. 9 Daniela Alcívar Bellolio octubre 22, 2010 en 7:58 pm

    Quark, ojalá pudiera responderte algo sobre esa película y sobre la otra, Blak mama, pero esto de vivir lejos… gracias por tus observaciones, prometo que cuando caigan en mis manos y las vea te contesto como se debe. Por ahora te agradezco por tus opiniones sobre ellas y por dejarlas en este blog. Beso.

  8. 10 estebanlaso abril 6, 2011 en 6:28 pm

    ¿Y qué me dices de esto?:

    http://www.atusespaldas.com/

    No la he visto (ni la veré, también vivo fuera) pero ya el trailer dice algo. ¿O no?
    abrazo,

  9. 11 sekas diciembre 5, 2011 en 8:09 pm

    Cuando una película se añade etiquetas nacionalistas o de conjunto, es una fuerte razón para no verla. Me he divertido bastante con tu post, cómo logras explayarte para decir que es una mala película. Si me hubiera visto en las mismas, no pasaba del párrafo. 🙂

    No he visto los filmes de Rhomer y Cassavetes, pero voy a buscarlos. Me gustan los filmes mudos, de preferencia en sepia con noches azules; son un montón, y de vez en cuando trato de ver algo un poco más reciente. No tanto como esta película, que nunca vi.


  1. 1 HISTORIA DEL CINE ECUATORIANO: PARTE 3 | El ojo en el fotograma Trackback en junio 8, 2015 en 12:36 am

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