Otra vuelta

(“C”, poemario de Javier Cevallos publicado en 2005)


Parece que la literatura consiste en intentar hablar en el instante en que hablar es más difícil, orientándose hacia los momentos en que la confusión excluye todo lenguaje y por lo tanto hace necesario recurrir al lenguaje más preciso, al más alejado de lo vago y de la confusión, el lenguaje literario.

Maurice Blanchot


Si fuera pertinente ahora arriesgar una generalización que intentara desafiar las vaguedades implícitas a toda generalización, o si se procurara al menos nombrar el estado predominante de la literatura en actual producción con el fin de apostar alguna resistencia, podría decirse que estamos en presencia del peor de los desprecios. No es gratuita la emergencia de textos teóricos como “Literaturas postautónomas” ni salen de la nada los intentos por volver al realismo en ciertos sectores de la crítica literaria. Algo de lo literario busca perderse. Cuando se habla de literatura, se cuidan bien los teóricos de poner entre comillas las palabras pertenecientes al campo semántico de la pureza y de la forma. Toda mención de formas o de pureza literaria es encerrada indefectiblemente entre comillas, por las dudas. Por el contrario, se multiplican las menciones a la verdad, a lo real y al referente a secas: así, directamente y sin comillas que estorben el sendero que une a la literatura con cualquier mundo exterior a ella.


No es la intención aquí explicar estas tendencias críticas o siquiera contradecirlas. El predominio actual de los llamados “estudios culturales” ha despojado de modo violento a la literatura de toda autonomía, convirtiéndola en todos los casos en medio de expresión o documento más o menos fidedigno hasta el punto de escenificar un panorama en el que hablar de formas en literatura es ridículo. Contra el nombre blanchotiano: “destrucción de sí mismo”, los “estudios culturales” oponen una lógica chata de verdad y transparencia que vendría a posibilitar un supuesto enriquecimiento del texto literario (con lo cual se comprueba la idea de que la literatura es pobre en sí misma, o en cualquier caso carente de interioridad suficiente).


Para Blanchot, “escribir es hacerse cargo de la imposibilidad de escribir, es, como el cielo, ser mudo, «ser eco sólo para lo mudo»; pero escribir es nombrar el silencio, es escribir impidiéndose escribir.” La literatura escenificaría entonces cierta imposibilidad, un movimiento contradictorio que destruye la noción de conocimiento; la literatura presenta una ausencia que se convierte en presencia, y no representa algo exterior a ella. Si la literatura realiza un viaje de descubrimiento de un objeto, no habita este objeto en el reino de “la realidad”: es un objeto creado, el lenguaje no lo expresa sino que lo hace existir. Es en la literatura donde la experiencia vivida traspasa los límites de la discontinuidad y se constituye objeto para el lector. Ahí donde algo es aprehensible en la literatura es ostensible su capacidad de creación y donde con más evidencia se elimina cualquier pretensión realista: no es un hecho común lo que permite a varios lectores acercarse a un libro, es la infinitud que imposibilita el anclaje en un solo hecho real, hecho real que, por otra parte, al desplazar toda contingencia, clausuraría cualquier posibilidad de sentido.


En este sentido llama la atención el poder de la escritura para destruir aquello que con tanto tezón construye y, más aun, su capacidad de erigir sobre estas ruinas, sobre ese conjunto de ausencias, un mundo.


Para mí, eso es C.


El primer poema del libro, El instante de Eróstrato, ensaya un momento inaudito en el que creación y destrucción se unen y crean algo nuevo. Es la búsqueda (imposible) de un instante lo que la incendiaria voz poética lleva a cabo. Ante este poema la impresión es la del testigo de un apocalipsis menor: aunque todo está por ponerse en marcha, todo ha sido ya destruido.


del fruto pende el árbol maduro.


Sobre estas ruinas decide erigirse el libro, ruina de una voz que vagabundea y se destruye a sí misma. Después de este poema, que insistentemente se vuelve a preguntar: qu’es el morir, somos testigos de un testigo, una mirada que ondea por un mundo destruido, una casa que ya no es habitable.


El viaje de C postula una confluencia de lo temporal y lo espacial y retorna siempre sobre sí mismo: es siempre un viaje de retorno. Un caminante que vuelve sobre territorios desolados con la voz del que anuncia, aunque todo parece ya haber pasado.


C, eres el hilo que se rompe,

el último de tu especie.

Contigo morirá el mundo que conocí.


En C todo es pérdida. Y sin embargo el lenguaje recupera y crea un mundo a partir de la ausencia. Lo que queda del mundo de C es puro lenguaje, y esto lo hace aún existir. En este relato episódico anida una persistencia: la del recuerdo; pero la memoria en este libro no funciona como evocación de lo sucedido sino como recreación fabulatoria de lo por venir, y de este modo se anula en todos los casos la posibilidad de solución del enigma recuerdo/presencia. Al mismo tiempo, al postular lo por venir como escena de destrucción, este libro se erige como el monumento de una tragedia: la imposibilidad de la presencia.


Lejos queda la memoria:

agazapada, tiritante, la dejo.

Promesa de saciedad,

altar en que ofrezco

mi palabra, simulacro del silencio.


De hecho, todo silencio es un simulacro. “Y después, el silencio no basta para hacer del escritor algo más que un escritor y quien quiere abandonar el arte para convertirse en Rimbaud sigue siendo a pesar de todo en el silencio un incapaz.” (Blanchot)


Ahí estaría la paradoja de la literatura: todo silencio debe ser nombrado. Lejos de asumir la comodidad de un silencio que postularía la categoría de lo inefable, la literatura en tanto simulacro del silencio se obliga a sí misma a nombrar, a hacer presente el objeto que persigue. Y el objeto que persigue C es un lugar (casa, ciudad, paisaje interior) en ruinas.


Todo en esta casa va muriendo,

mientras el hedor ocupa los intersticios.


El silencio se escenifica en C a modo de venganza, y es Ofelia la portadora de ese silencio. Ofelia encuentra, en su viaje de retorno por las aguas, la cifra de todos los modos de hacerse presente: no es una acción afirmativa lo que la devuelve al mundo sino precisamente su partida. Es este poema el que con mayor precisión en este libro postula una cierta idea de la literatura, y de la vida como literatura; en Ofelia lo que creo conveniente llamar “experiencia vivida” en tanto categoría literaria y territorio siempre abierto encuentra su estadio de mayor perfección.

En mi ausencia cifro la venganza.


Ofelia es un personaje ausente que abre surcos profundos con cada paso que la aleja. Hay un rastro que el alejarse de este personaje deja: el rastro de una partida. Pero toda partida es retorno, aunque el territorio abandonado cambie de espacio y de aspecto. Todo aquel que parte entra en una lógica en la que el retorno es la única posibilidad, y esa vaga posibilidad constituye la venganza de Ofelia, personaje solitario del catálogo de C. Quien se hace presente (no imagino mayor acto de presencia que el de la venganza) por medio de la ausencia tiene garantizada su perdurabilidad.


En Ofelia se tematiza y se establece un lugar para la escritura: el lugar del eterno retorno. La escritura es la imposibilidad de partir del todo.

Rememoración y objeto: la condición del poema.


Cuando sea una con el silencio,

iré de regreso al hogar.


El libro es promesa y es afirmación de sí mismo. El vaciamiento al que ha sido sometido no ha hecho más que radicalizar su apuesta. A una literatura cruel, una crítica cruel: ablandar la lectura no hace más que denigrar al texto.


C ha sido poco leído y en absoluto estudiado. Y sin embargo en él persiste cierto orgullo de lo que permanece en el afuera a conciencia: el valor de una literatura terca, ajena a las postautonomías.



Dedicado a Matías Piñeiro.

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