Veranos demasiado cortos

Adieu, vive clarté de nos étés trop courts!
Charles Baudelaire

Vague

Buscar, a pesar de toda apariencia de imposibilidad, a pesar de toda angustia formal, la construcción de un objeto a partir de su pérdida, o a partir, mejor, de la pérdida de todo objeto, de la ostensible ausencia de cualquier mundo aprehensible o amable. Quizás por ese desierto, en el que lo único real es la inexistencia de cualquier asidero, habría que empezar a pensar una novela:

Alguien vuelve. No se sabe de dónde, pero se sabe que vuelve a Quito. Como una criatura ingenua, espera encontrar las cosas más o menos como las dejó al partir, previendo variaciones coherentes con el tiempo que ha pasado en su ausencia. No la sorprende un desorden generalizado ni un abatimiento demasiado evidente de la realidad a la que había querido volver; se trata de un ligero deslizamiento, un desencuadre o una fisura que la asustan, más que nada, por su invisibilidad.

¿Qué destino puede tener esta retornante?

Muy pronto, me parece, han terminado para ella los mediodías soleados que dejó atrás cuando decidió partir. Y sin embargo sólo de ellos se alimenta. Parecían miles o millones los modos de irse, pero volver es una tarea inútil, estúpida, imposible; irrenunciable, también.

****

El día anterior había vuelto a buscar el mapa largamente olvidado. Luego lo había extendido sobre la mesa del comedor y lo había aplanado con la palma de una de las manos hasta que los bordes prominentes en los lugares en los que el mapa había sido doblado quedaron casi lisos. Cerraba los ojos mientras lo hacía, de pie en el centro justo de uno de los bordes –el más largo- de la mesa; movía la mano lentamente, intentando no hacer de su recorrido algo pulcro o dirigido, ensayando una forma de la involuntad. Quería, parece, poner a prueba la dimensión táctil del recuerdo: donde se detuviera la mano sería un lugar especial. El papel se resistía por momentos a ser recorrido por la mano: un pliegue inesperado, una miga, impedían a los dedos continuar el paso. Pensaba –aunque procuraba no pensar– en el orden en el que recorrería ya no el mapa con la mano, sino la ciudad de nuevo con los pies y con los ojos. Pensaba en la posibilidad de respetar cualquier orden anterior a la llegada. La mano seguía su recorrido que, para cualquiera que hubiera podido verlo, hubiera sido torpe, más o menos circular, menos amplio de lo que creía la mano.
No era posible, había pensado, recordar táctilmente. Al menos no con los ojos cerrados. Abrió los ojos. Su mano se había detenido –no podía precisar si unos segundos antes o unos segundos después de haber abierto los ojos– en uno de los márgenes del mapa, un lugar impreciso, neutro, en todo caso exterior. Era un sitio vacío.
Sintió como una necesidad: la de mirar alrededor. La célebre planicie estaba reservada para el afuera; adentro, en el departamento, parecía no haber más que pequeñez y abarrotamiento. Miró otra vez el mapa. La mano permanecía en el margen. No sin esfuerzo empezó a recorrer los lugares más poblados del mapa y poco a poco la mano supo acompañar –imitar– el recorrido de los ojos, y la punta de uno de los dedos, como confirmando el trayecto entre los ojos y el papel, rozaba con un suave temblor las líneas indiferentes y vacías de esa vaga mentira que era el mapa.
Nada había de común entre ese dibujo formado por una maraña absurda de líneas de colores y el recuerdo del lugar al que pronto iría.
Volvió a poner la mano donde la había encontrado cuando abrió los ojos: ahí, en ese espacio un poco rosa, un poco gris, vacío de referencias geográficas y de líneas, su mano encontró algo que se parecía a la hospitalidad.

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4 Responses to “Veranos demasiado cortos”


  1. 1 carlosvallejo666 marzo 20, 2010 en 6:41 pm

    El escritor en busca de su narración fue un boom quiteño de hace 10 años, nacido de una fallida dirección de ciertos talleres literarios, digo fallida, porque todos creyeron que esa era la receta de ser escritor actual. Ya Erasmo de Rotterdam lo hacía en tatarabuelos tiempos, pero acá lo vendieron como novedad creativa. Por otro lado, Bolaño, defendiendo al Quijote, decía que no hay artificio más digno que evidenciarse como narrador que cuenta lo otro: el observante que se deja observar.
    “¿Osea?”, Tener cuidado.

    Y eso del que va y que viene, como sensación de exilio, incluso exiliado del mundo, o como que no se encaja en ningún lugar, ha sido explorado con creces por Pessoa, y acá por Pablo Palacio o por Angel F. Rojas, y Jardín Capelo, de Vásconez, por mencionar dos que tres.
    Ya se lo hizo!
    Qué ganas de decírtelo, pero, pienso: en tu contra, que ya esa estructura es usada y como la literatura trata del cómo, entonces nada nuevo bajo el sol (si tus líneas de Veranos demasiado cortos son por literatura). A tu favor: no hay escritor que no se valga de otro, de lo ya hecho, habría que ser marcianos para escribir lo absolutamente novedoso, y ni así, pues no lo reconoceríamos como literario.

    Si es un proyecto de novela, habrá que competir en novedad con los cervantes y erasmos, y por acá con los éxodos de yangana y vidas de ahorcado, por lo menos. Si es cuento, miles de ejemplos hacen. En fin, solo leído sin mucho ahondar tu texto se deja leer, y créeme que eso es bastante en nuestro medio.
    Saludos, cv.

    • 2 Daniela Alcívar Bellolio marzo 20, 2010 en 7:17 pm

      Carlos, gracias por tu comentario y por tu lectura de este pequeño fragmento. No comprendo, de todos modos, aquello del “escritor en busca de su narración”, porque lo dices como si se tratara, en efecto, de una receta específica y no algo inherente a cualquier práctica de escritura literaria. Quizás buscar no es el término apropiado (y no es como quise plantearlo en el post, tampoco), pero la reflexión sobre lo que uno plantea o quiere plantear como un texto literario a escribirse es obligatoria, me parece. Digo, a menos que se trate de un ejercicio anacrónico de escritura autómatica o una reelaboración dadaísta, aquel que quiere escribir un cuento o una novela o un poema reflexiona previamente las posibilidades de su objeto, los caminos que tomará, el tono que desea darle, etc. Cuando hablo de buscar, no me refiero a la búsqueda de mi novela (algo estilo Pirandello), me refiero explícitamente a la búsqueda de la construcción de un objeto a partir de su pérdida, que es distinto. Ahora, no digo tampoco que esto tenga nada de novedoso (la lectura de Blanchot y de algunos viajeros del siglo XIX tienen todo que ver con este proyecto), precisamente porque la idea de novedoso tiene mucho de sospechoso. Me nombras a varios autores con respecto al viaje (o exilio como le dices tú), pero la verdad es que te has quedado corto: el viaje está presente en la literatura desde el comienzo del comienzo (podríamos empezar por Homero). No hay nada tan vasto como la literatura de viajes, y sería tonto de mi parte desconocer eso. Sería más tonto aún evitar el tema para no tratar de hacer literatura con materiales que otros han usado. El problema de tu argumentación es, me parece y lo digo humildemente, que se centra en una concepción algo ingenua de novedad: los temas no se agotan, creo, porque las formas les otorgan renovación continua.
      Por otro lado, el viaje no es una estructura ni podría serlo jamás: desde la Odisea hasta los retorcidos relatos de viajes de Chejfec serían la misma masa informe si fuera así. El viaje es un tema y es un tema que está muy lejos de agotarse.
      Finalmente, si es una novela, Carlos, o si es un cuento, no importa, no tendré que competir con nadie, porque no evalúo la literatura de ese modo. Ante Palacio, Cervantes y Erasmo, en todo caso, salgo perdiendo, y no lo dudaría jamás. Pero, como te digo, en términos de novedad saldrán ganando todas las horrorosas mezcolanzas pseudoliterarias que brotan por montones últimamente y que confían, precisamente, en criterios como la novedad. Para bien o para mal, esa es una competencia en la que no me interesa intervenir. Me quedo con un anacronismo voluntario que confíe más en la reelaboración que en la falacia del invento.
      Saludos para ti y gracias de nuevo. Daniela.

  2. 3 carlosvallejo666 marzo 20, 2010 en 7:46 pm

    Grato dialogar con una persona inteligente, digo inteligente, porque se resolvió con la zancadilla, y me dejó corto! Me defenderé diciendo que en mis creaciones literarias me cuido de los experimentalismos “novedosismos” y las frases “sorprendentes”.
    Pero aprender en un blog, esto sí que está de perlas!, “ándale, síguele”, yo contento.
    Ah, un dato divertido: por acá la moda ecuatoriana anda en el cultismo venecianismo mal agarrado reciclado de los setentas. Acá mejor escritor el que se emperifolla de epígrafes de preferencia en otra lengua y citar filósofos e incrustar con alegría nombres rebuscados del cine y otras artes. más parece curso de bibliotecología que arte. Es en lo que estamos y, dios no quiera, lo que se viene.
    Saludos, Carlos V.

    • 4 Daniela Alcívar Bellolio marzo 20, 2010 en 10:06 pm

      Carlos, disculpa por favor mi ignorancia, pero no he tenido aún oportunidad de leer tu obra. Es que entre las obligaciones académicas y la vida cotidiana queda poco tiempo para leer todo lo que uno quisiera. Trataré de remediarlo para continuar, si quieres, este diálogo. Desgraciadamente, como vivo fuera del país tengo un acceso muy restringido a los libros nacionales, pero ya veré cómo me las arreglo.
      Gracias de nuevo por tus comentarios y por todo tu interés. Daniela.


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