Hablas demasiado, no dices nada

Diría que en tiempo récord leí de cabo a rabo la primera novela de Juan Fernando Andrade, “Hablas demasiado”, publicada recientemente por Alfaguara. Alguna información tenía ya sobre el libro, ya que un querido amigo me envió por correo electrónico un “adelanto” del mismo: un trailer. Aunque no me detendré en consideraciones irrelevantes acerca de la composición del trailer (un producto vulgar y empalagoso), considero conveniente detenerme un momento en el hecho de que se haga un trailer para un libro. El gesto es sin duda de un mal gusto flagrante, pero este no es el problema de fondo. El punto es que, al lanzar al espacio público un material audiovisual cuya finalidad es atraer lectores para una novela que está por ser publicada, se está tomando una posición muy clara y que, aunque en Ecuador es aún incipiente, en el resto del continente domina: la literatura es un producto definido, moldeado y pensado de acuerdo a las necesidades o gustos o caprichos del mercado.

No digo nada nuevo: Andrade y algunos de sus colegas de generación estarán, quizás, encantados con ser identificados como autores-mercaderes, ya que escriben con los ojos puestos en el afuera más burdo: el del posible público lector, y eso les enorgullece. No se trata aquí, por supuesto, de despreciar a nadie: ni a los lectores (yo soy una) ni a las estadísticas de las editoriales; se trata de poner de manifiesto una cierta tendencia, un movimiento de la nueva generación de narradores ecuatorianos que entran con paso firme en editoriales, en revistas, en antologías y que, creo, deben su existencia a una realidad continental que, aunque toca a la literatura, no tiene nada de literaria.

La idea del trailer literario (no sé cómo más llamarlo) evidentemente no es nueva: está tomada del mercado norteamericano y constituye una de las últimas geniales ideas del marketing editorial. La idea es promocionar un libro como se promociona una comedia romántica, una película de acción tipo Rambo o cualquier otro tipo de película masiva. La idea, también, es generar un efecto de suspense que invite a la mayor cantidad de gente a interesarse por la historia y a comprar el producto ofrecido. No conozco (es posible que esté equivocada) otro caso de trailer literario en el Ecuador, al menos no para una novela que se vende como un producto literario tradicional (encuadernado, editado, diagramado y distribuido del modo tradicional). Y así fue como conocí, antes de que saliera, la primera novela de Juan Fernando Andrade.

Me detuve tanto en la cuestión del trailer porque, de hecho, considero que su existencia guarda absoluta coherencia con la existencia del producto que promociona. Pocas veces me he encontrado frente a un libro tan apegado a las leyes del mercado, tan vaciado de toda forma literaria, tan ajeno a cualquier reflexión. La historia es la de un joven que se considera a sí mismo un perdedor nato, un pobre niño rico que vive en la calle República del Salvador y que mira, entre borracho y melancólico, cómo su vida es un auténtico infierno: está por graduarse de finanzas en la Universidad San Francisco, vive solo en un departamento (con ascensor propio, por cierto) en una zona cara de Quito, tiene un carro y dinero suficiente para comprar todo el alcohol que necesite para soportar tan horrenda existencia. Digamos que es un tipo que de verdad sufre: toda la novela está construida a través de las quejas del narrador que se quiere construir a sí mismo como un ser amargado y misántropo pero que no es más que eso, un pobre niño rico.

Tal como lo mandan las leyes de escritura de guión de Syd Field (la Biblia de los guionistas perezosos y oportunistas), esta novela se desarrolla a partir de la premisa de que hay que interesar al lector de un modo establecido y rígido (pues a pesar de la aparente soltura y desparpajo de la novela, lo que la recorre por debajo es una rigidez que denuncia una total falta de confianza en la experimentación y en el movimiento continuo que debería acompañar a toda escriura literaria). La triste y aburrida vida de Miguel, el protagonista, se ve alterada sustancialmente al principio de la novela por la presencia inexplicable de la chica linda que ha estado deseando por tanto tiempo: primer punto de giro. Ella parece utilizar a Miguel sin demasiadas consideraciones y con bastante vergüenza (de que la vean sus amigos, claro) y vuelve a desaparecer. Miguel vuelve a sumirse en su aburrida vida de niño rico. Pero de pronto, aparece otra vez en escena Clara que sin más empieza a comportarse como si fuera la novia del pobre niño rico, haciéndole creer de pronto que la vida ha dado un giro: primer plot point. Luego, tal como lo indica Field, viene el segundo acto, momento en que por ley las dos fuerzas en conflicto (Miguel y su submundo de freaks glamurosos y pseudo-lúmpenes en el que Kerouac y Burroughs no aparecen ni de casualidad y Clara y su mundo de gente bella y correcta) se enfrentan y hacen las delicias de cualquier comedia romántica (encuentros incómodos con los padres, frustrados gags sexuales, etc.) hasta que, finalmente, llega el segundo y último plot point: Clara deja plantado a Miguel en el aeropuerto del que tenían que partir juntos hacia una vida de aventuras y rock and roll (en Nueva York, no faltaba más) para seguir con su insulsa vida de niña bien junto a su novio Lucas. El desenlace es de un romanticismo que aturde: Miguel, tocado profundamente, como se debe, por la acción transformadora de Clara (Field le llamaría fuerza B, pero no quiero exagerar) vuelve a su vida de amargado pero con un gesto de valentía: dejar su hipócrita vida de ingeniero en finanzas para servir tragos en el Cafecito y vivir en un cuarto compartido en el mismo local.

“Hablas demasiado” es la historia de un narrador pedante, que exhibe constantemente unos conocimientos híper ligeros de cine hollywoodense y cuya vida es, tal como reza la contratapa del libro, “una serie de TV que no lo convence” (lo mismo podría decirse de todo el libro, de hecho). Así es como está construido este personaje: es un tipo que se cree superior a la tontita guapa que le cayó de milagro porque ella no sabe quién es Obi-Wan Kenobi o porque la obliga a ver “High Fidelity” o “The apartment” (es decir, películas que se quieren interesantes y profundas y que en realidad son lo mismo que cualquier otra película de Hollywood con un par de giros temporales traídos de los pelos para impresionar a la tribu de los autoproclamados cinéfilos), un personaje que necesita decir varias veces que tiene camisetas de White Stripes o que se siente en la necesidad de narrar una versión breve y simple de la historia de los Ramones para cumplir su cuota de melomanía y megalomanía al mismo tiempo. La cultura general que este personaje insiste en demostrar (nadie le exige a los personajes el poseer cultura general ni mucho menos) consiste en conocer el nombre de la actriz de “Mi bella genio”, en saberse de memoria los parlamentos de cualquier película de cable o en contestar a las preguntas con frases de canciones legendarias. Es un personaje molesto, patético, orgulloso de su sapiencia ridícula y de su abyecto malestar con el mundo.

Los diálogos son difíciles de asimilar: los personajes de este libro hablan como hablarían los habitantes de un mundo mezcla de Hollywood y New York en su versión más superflua, confían ciegamente en el golpe de efecto de las frases contundentes y efectistas, y están llenos los parlamentos de una megalomanía que difícilmente se puede pasar por alto. Acá un ejemplo:

-Quería irme como Nicholas Cage en Leaving Las Vegas, ¿te acuerdas?

I don’t know if my wife left me because of my drinking, or if I started drinking ‘cause my wife left me.

I came here to drink myself to death.

-Se suponía que era yo el que iba a morir así, tú ibas a vivir para contar la historia y hacerme famoso o tristemente célebre, ¿te acuerdas?

-Se suponía que íbamos a morir juntos, Miguel.

-Era un juego.

-No, Miguel, para mí nunca fue un juego. Para mí todo era verdad. ¿En serio no entendías?

-Era un juego, Juliana.

(…)

-Me quería morir tomando y escuchando los Strokes, para que nunca te olvidaras de mí.

-No hace falta que te mueras para eso.

(…)

-Miguel. -Volteo para mirarla-. Nunca entregues el corazón, así te ofrezcan otro a cambio.

Del costumbrismo atolondrado del narrador a esta elaboración cool de los parlamentos, la novela va y viene desde el principio hasta el final, sin ton ni son y obedeciendo únicamente a unas influencias que el autor ha explicitado en su “Comentario en off del escritor” y de las que el ejemplo más relevante (por la fuerza de la influencia lo digo) es la de Alberto Fuguet, quien además ha escrito en la contratapa del libro. Es evidente la fuerza que la literatura de Fuguet ha ejercido sobre Andrade: el costumbrismo exagerado, las referencias constantes a películas consideradas de culto y al rock and roll (a veces en contraposición al jazz que es interpretado, según el narrador, por músicos académicos que “leen partituras, cuentan con metrónomo y toda la huevada” y, además, con el dinero como única motivación, “habiendo tantas cosas que se pueden tocar”), las escenas urbanas (aunque en “Hablas demasiado” la ciudad no es más que un fondo, un espacio con el que se guarda una relación plana, falsamente conflictiva, demasiado simple a fin de cuentas), el orgullo de la cultura pop y de la vida posmoderna. Andrade reconoce sus influencias y hace bien: al menos en lo que respecta a Fuguet y su moda literaria es difícil no deducirlo de todos modos.

Es curioso que el conflicto del personaje de esta novela sea el sentir que día a día se está vendiendo a los dictámenes de la sociedad cuando de hecho el autor, por el modo en que construye su novela, por el modo en que escenifica (ahí sí, con maestría) todas las formas de complacer al mercado y al sentido común, ya se ha vendido, y está más que complacido. Lo que puede leerse en “Hablas demasiado” es un desinterés absoluto por cualquier tipo de elaboración; es una novela sin estilo, sin pensamiento, abiertamente ajena a toda reflexión, una novela sin literatura.

De todo lo que he dicho no hay nada que sirva como argumento si se piensa que la cosa es así, que ese es el camino que ha tomado la literatura y que, tal como lo creen los defensores del posmodernismo literario, nuestra única función es la de constatar conformes los avances del mercado sobre la literatura. Pero el gesto que hago al criticar una novela como “Hablas demasiado” quiere argumentar lo contrario: nada está bien simplemente porque exista. No me canso de citar a Beatriz Sarlo en uno de sus momentos más lúcidos como crítica literaria: “Podrá decirse que ésta es una opinión sobre literatura que todavía sostiene la idea de una composición que muestre una distancia, no importa si mínima, entre la narración y el discurso que la presenta. También podrá decirse que desde una perspectiva formalista se critica la novedad que está sostenida en los contenidos representados. A este argumento yo respondería: ciertamente.”

Y ciertamente una perspectiva como esta (que, contrariamente a lo que con facilismo se dice algunas veces, no atenta contra la libertad ni busca un solo modo de escribir ni rechaza las nuevas formas, sino todo lo contrario) lleva las de perder en un medio que, en gran parte, ha perdido su capacidad de subversión, de búsqueda, de cuestionamiento de lo establecido. Ya otro de los nuevos narradores ecuatorianos del grupo, Eduardo Varas, ha alabado como “irreverente” la novela de Andrade, en contra de unos “mamotretos” que, cobardemente para mi gusto, no llama por su nombre, como para armar un argumento, que nunca está de más. Un discurso como este, que quiere defender unos valores que no por su maleabilidad son menos contundentes, y no por su contundencia son menos abiertos, lleva las de perder en un medio que cae demasiadas veces en el conformismo estético, que defiende las modas como si se tratara de la propia madre, que iza la bandera de la “libertad” para ocultar la inoperancia y la pereza. Pero, sin embargo, a la sombra de otros discursos mucho más inteligentes y más sofisticados, desde un espacio casi marginal y poco apreciado, este texto busca hacer una mínima manifestación, anacrónica pero viva: escribir sobre un papel no es lo mismo que hacer literatura, yo lo hago todos los días cuando le dejo mensajes a mi compañera de cuarto y no me creo escritora, ¿por qué otros, que escriben líneas con el mismo nivel de elaboración que mis notas dejadas sobre la mesa se autoproclaman la nueva generación de narradores?

Hay un mundo literario más allá de Fuguet y demás estrellas pop de la literatura, es hora de que de una vez por todas los nuevos narradores ecuatorianos se enteren y empiecen a tomar esto un poco más en serio.

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33 Responses to “Hablas demasiado, no dices nada”


  1. 1 Titus Crow abril 19, 2010 en 2:42 pm

    ¿Conoces algún libro escrito recientemente por un ecuatoriano, y que valga la pena ser leído?

  2. 2 Daniela Alcívar Bellolio abril 22, 2010 en 12:52 pm

    Que esté publicado, no, no conozco.

  3. 3 estemayor mayo 19, 2010 en 12:35 am

    Me encanta (en serio) tu blog.

  4. 4 Daniela Alcívar Bellolio mayo 19, 2010 en 12:42 am

    Gracias!

  5. 5 perroruna septiembre 7, 2010 en 6:51 pm

    por fin alguien que traduce al papel electrónico lo que sentí al leer la novela en cuestión. Es una lástima que Ud se encuentre tan lejos (geográfica y criticamente hablando) hacen falta mas voces sensatas para bajar de los altares a los autoproclamados intocables de la nueva “literatura” ecuatoriana, y hacerlo además, como Ud, sin otro ánimo que no sea defender un mínimo de literatura en la novela 🙂

    Davicho
    perroruna@gmail.com
    perroruna.blogspot.com

  6. 7 Arturo Cervantes junio 27, 2011 en 1:27 am

    Hay que aplastar a esa raza ‘”intelectualoide” que le pide tanto a la literatura, como tú. Lo digo con respeto.

  7. 9 momoymaga agosto 22, 2011 en 6:54 pm

    deberias escribir una novela ya que tienes tanto conocimiento literario, tal vez entrevistarte con el autor y decirle todo acerca de su literaria…como era?? ah si, de mercader.
    Te dire que de lo poco que se publica de autores Ecuatorianos me parecio algo chevere, te atrapa sea cual sea la formula, no crees que deberias ser un poco mas constructiva y menos destructiva???
    Bien dicen que en el infierno la paila de los ecuatorianos no tiene tapa porque solitos nos jaloneamos entre nosotros.
    Saludos

    • 10 Daniela Alcívar Bellolio agosto 22, 2011 en 7:03 pm

      momoymaga,

      tengo que decirte que de tu comentario se entiende bastante poco, deberías intentar ser más ordenado/a al escribir. En cualquier caso, si escribo o no una novela es una cuestión bien aparte de mi ejercicio de crítica, y sobre aquello de ser constructiva y no destructiva… pues me ahorro mis comentarios. Este tema ya es bastante cansón como para seguir dándole vueltas. Saludos.

  8. 11 Sebastián Miño (@smtorres490) enero 29, 2012 en 7:44 pm

    Bueno, hay algo de ridiculez en tu crítica, como en todas.

    ¿Qué es eso de “los defensores del posmodernismo literario”? ¿Qué entiendes por posmodernismo literario? Si tiene que ver con el fin de la lucha contra el mercado y todo lo que representa, como parece, me dan ganas de reír. Si un autor publica, y cobra un precio por ello, se inserta en el mercado, contribuye con su grano de arena al capital, aunque no haga un tráiler para su libro. (Y si no cobra por el libro, pero sí un sueldo… da igual)

    Si tiene que ver con la renuncia a seguir una deteminada estética (cualquier estética), con el desorden narrativo, con el hecho de que para algunos escritores sean equivalentes el “discurso estético” y un mensaje SMS (caso paradigmático: Tao Lin en norteamérica) también me dan ganas de reír. No sé, por ejemplo, que efecto crees que tienen las palabras “eso no es literatura”, “eso no tiene nada de literario”, etc. ¿Qué es literatura? Hay un libro de Sartre con este título, aburrido y ridículo, como todo el que pretende responder a esa pregunta. Además, puede que no sea literatura, que la literatura sea ya imposible y que los autores lo admitan.

    Supongo que podrías responderme: “es algo que va más alla del formato. si alguien quiere hacer una novela chat, que la haga, pero que la haga bien”. ¿Bien cómo? ¿Tienes una receta?

    No niego que existan libros malos. Los hay por montones. El de Andrade es sin duda uno de esos, pero la formulación de la crítica, los referentes teóricos que usas me parecen obsoletos, inútiles, frágiles. La crítica debería situarse más allá de la dialéctica, del “oponerse es proponer”. Tu propones una defensa de la “modernidad literaria”, por ejemplo.

    ¿O no?

  9. 12 Daniela Alcívar Bellolio enero 29, 2012 en 10:58 pm

    Hablando de descubrir el agua tibia…

    Por favor, mantengamos un cierto nivel. No necesito que me cuentes que todo escritor que publica está insertado en el mercado, eso es una obviedad casi grosera. Ahora, lo interesante sería ver cómo lo hace, ¿no?

    Digo: Britney Spears y Nick Cave o incluso John Cage también son parte de un mercado musical, pero creo que sería bastante tontito meter a todos en el mismo saco, porque algo nos estaríamos perdiendo, ¿no crees?

    Entonces, Sebald y Fuguet, ambos son parte del mercado literario y ambos cobran, no cabe duda, como digo, no hay que andar por ahí descubriendo el agua tibia; ambos, de algún modo, son parte de este sistema. Eso sí, entre el modo en que uno y otro se inserta, a mi humilde juicio hay un abismo que no tiene nada que ver con “escribir bien” (el concepto aburguesado y pacato de “calidad” ya fue bien cuestionado por Truffaut en los 50 y, a pesar de haberlo hecho en términos cinematográficos, funciona a la perfección para nuestra área también; en términos más locales hay un libro más o menos bueno de Damián Tabarovsky llamado “Literatura de izquierda” que ironiza también acerca de la idea de calidad en literatura, en fin).

    Si tú no ves diferencia (porque toda diferenciación te parece ridícula, tal vez), pues no sé qué decirte, quizás que no sé qué haces leyendo un blog de crítica literaria, deberías estar devorando libros de Nabokov y revistas Condorito al mismo tiempo, no sé. Porque si bien dices que te parece que sí hay libros malos (por cierto, yo no usé ese término tan poco ridículo, tan poco obsoleto, tan poco frágil y tan poco inútil, tan elaborado, tan bien sustentado, tan teóricamente vigente, en fin, me muero de la envidia), digo, si bien dices que existen libros malos, y que mi aparato teórico es obsoleto, inútil, etc., para aleccionarme no dices, en realidad, nada.

    O sea: “La crítica debería situarse más allá de la dialéctica, del “oponerse es proponer” no es una frase muy lograda que digamos. No sé siquiera si encierra en realidad una idea. Por otro lado, pensándolo, empiezas tu comentario diciendo que mi crítica es ridícula igual que todas, entonces elucubro que quizás tú no practicas ninguna, por eso no dices nada que no sea oponerte a lo que yo he escrito. En fin.

    Claro que no tengo una respuesta a la pregunta de qué es la literatura, pero, como ves, reconozco cuando algo no me gusta. Si lo que te molesta es que lo diga en términos demasiado universales, pues ni modo, obvio que es mi opinión de lectora que por lo demás está expresada en un blog común y corriente, tampoco es que he ejercido una horrible prepotencia desde algún núcleo de poder.

    El tema del valor literario es vasto, y no se agota en el conflicto modernismo/posmodernismo. Cuando hablo de los defensores del posmodernismo literario me refiero a… los defensores del posmodernismo literario. Cuestión de leer los suplementos culturales y ver lo que se publica y escuchar a los escritores cuando dan entrevistas. Es cierto que el concepto de posmodernismo es conflictivo, pero más o menos existe un consenso que nos permite entendernos unos a otros. Entonces, el discurso de esta gente tipo Fuguet, José Agustín en México, por ejemplo, y todos sus epígonos (que son mil millones) se basa en la desfachatez como valor literario. Con eso quiero decir que aceptan, entienden y están orgullosos de responder con sus libros a los mandatos del mercado, les parece que eso está bien, que esa es la literatura hoy y que por lo tanto no hay mucho más que pensar. A mí esos proyectos me aburren y me irritan, y por eso escribo en contra de ellos. Y no estoy loca: no estoy haciendo rituales egipcios para traer de vuelta a la vida a Baudelaire o a Joyce, estoy pensando en otros escritores que responden de modos distintos (mejores, sí, para mí) al mercado. Pienso en Sergio Chejfec en Argentina, Cynthia Rimsky en Chile o, para no ir más lejos y que me vayan a acusar de alienada, Ernesto Carrión en Ecuador.

    Esto no es defender la modernidad literaria, el tema no es dual. Esto es esperar de la literatura aún algún poder (el término es de Barthes, no me mates) que no se base en las estadísticas de las grandes editoriales. Y sí, el tema del valor está muy relacionado a la modernidad, pero no se agota ahí nada más, tiene muy productivas ramificaciones en la crítica actual.

    Finalmente, te diría que obsolescencia es un término tan moral que ya es de mal gusto. Decir que mi aparato teórico es obsoleto implica decir que llega un punto en que las cosas dejar de ser útiles y hay que desecharlas, y creo que ese universo semántico te serviría más si diseñaras computadoras o armaras carros de lujo. Sigo leyendo a Barthes, a Deleuze, a Blanchot y a Benjamin y veo en los mejores teóricos actuales (y escritores también) cómo sus legados teóricos siguen dando frutos y haciendo del ejercicio teórico una forma de la escritura. Pero, como toda escritura, esas elaboraciones necesitan de un lector sensible. Saludos.

  10. 13 Sebastián Miño (@smtorres490) enero 30, 2012 en 5:37 am

    ¿Carrión? Su “diarios sumergidos de calibán” es un remake sentimentalón y marxista de Alturas de Machu Pichu-Boletín y elegía de las mitas. Tiene, por supuesto, epígrafes de Bolívar Echeverría, cosa que debe provocarte un orgasmo teórico (pues era un autodenominado admirador de tu admirado Benjamin)

    Lo cierto es que la “obsolescencia” de lo teórico (en filosofía y literatura) es algo reconocible. Por ejemplo, después de Nietzsche (ya que empezamos a citar filósofos) hay conceptos irrecuperables, inútiles y obsoletos. Si te pones a hablar del carácter ontológico de la historia, provocarías risas y más risas. No tiene que ver con el mercado. Los conceptos mueren. Y, sin duda, tengo que nombrar aquí a Cioran y a un libro que a ti te provocaría náuseas: Adiós a la filosofía y otros textos.

    Los martillazos, claro está. Lo de que “sus legados teóricos siguen dando frutos” no es una prueba en contra de su obsolescencia. Vamos, todavía hay textos que elogian al nazismo, “frutos” de Mein Kampf, lo que no quiere decir que su visión del mundo sea propia de un cavernícola o un monarca del siglo V.

    Seamos sinceros. ¿Quién lee “la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” sin pensar que su autor es bastante ingenuo? Además de ti, claro…

    No tiene que ver con la “actualidad”, no pido que se usen teorías vigentes por la sencilla razón de que eso no existe. Me parece que tomas con ligereza a la frase “oponerse es proponer”. A mi no me molesta tu crítica, sino la defensa implícita/explícita de otras obras merecedoras, en su mayoría, de una crítica semejante. Por ejemplo, el autor que citas: Ernesto Carrión.

    Por otra parte, si no se trata de defender la modernidad literaria no debería tratarse de atacar la posmodernidad literaria, pues (como diría Derrida, a quien sin duda también idolatras) el tema NO es dual. Como bien señalas, no toda crítica (negativa) a estos libros implica una defensa de la modernidad, asi como no toda crítica (positiva) de los mismos implica una “defensa de la posmodernidad”.

    Saludos.

  11. 14 Daniela Alcívar Bellolio enero 30, 2012 en 2:02 pm

    Bueno, viendo la elaboración tan fina de tu “lectura” de Carrión pues insisto: te envidio. Ese es el tipo de crítica no dual a la que aspiro. Sigues demostrando que así, no como el ingenuo de Benjamin, es como hay que leer.

    Me aburren los prepotentes como tú: mucho ruido y pocas nueces. Para ti son todos unos idiotas: Benjamin, Echeverría, calculo que también Derrida y Dávila Andrade y sin dudas Carrión. Sin embargo, dos comentarios después, ¡sigues sin decir nada! Salvo obviedades, claro…

    No voy a discutir tu más que discutible opinión (no das más que una) sobre “La obra de arte…” (además, qué lugar tan común saltar con ese texto para hablar de Benjamin, ni trataste de disimular que, como cualquier estudiante de primer año de la carrera de letras en una universidad tipo San Francisco, lo único de lo que escuchaste hablar en tu vida sobre él fue ese texto, además de la boca de algún profe cool que se cree que todo eso ya está superado, ignorando tan toscamente, por ejemplo, la importancia que tiene el concepto de aura tal como lo elaboró Benjamin en ese texto para algunos de los proyectos teóricos más interesantes de hoy, como el Didi-Huberman, por ejemplo, a menos que él también te parezca otro imbécil, cosa que no me extrañaría. O pasando totalmente por alto que justamente estos posmodernos a los que tan mal disimuladamente defiendes ya llueven sobre mojado, por ese texto ponía ya de relieve, mucho más inteligentemente, el tema de las tecnologías y los modos en que afectan a la creación artísitica, no se trata de la impresión a gran escala de cuadros ni de la reproducción en masa de discos, eso es sólo anecdótico, en fin. Demostrando, además, una forma de leer tan burdamente contenidista, tan poco fina, vaya, ¡y tú lo llamas a él ingenuo!).

    Tampoco sobre Carrión ni las insinuaciones (es que no son más que eso, insinuaciones) en contra de Echeverría diré una palabra… no me das nada que sea rebatible, sólo juicios de valor que no dicen nada más que tu muy irónica opinología, muy frecuente por lo demás, nada que se no se vea todo el tiempo en estos medios.

    Ya tu parafernalia semántica me aburre: “orgasmos teóricos” e “idolatría”: he ahí dos concepciones para el olvido.

    Y más obviedades: Mein Kampf también da frutos. Sí, los limoneros también lo hacen, pero cuando uno habla queda implícito que se refiere a ciertas cosas y no a ciertas otras. Por ejemplo, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” ha dado todo tipo de frutos: opiniones prepotentes y francamente olvidables como la tuya, artículos impensantes como “Literaturas post-autónomas” de Josefina Ludmer, y libros ricos y teóricamente muy productivos como “Lo que vemos, lo que nos mira” o “Ante el tiempo” de Didi-Huberman. Como en el caso anterior, en que decías que todo escritor es parte del mercado, acá lo que te faltó fue hilar más fino: sí, todo da frutos, pero yo me refiero a aquellos de los que vale la pena hablar. Clarito.

    También me parece gracioso que hagas rabietas en nombre de la no dualidad y pienses que porque leo a Benjamin me daría náusea Cioran. Esa sí que es una visión dual, y muy muy básica. Al contrario, me fascina ese empecinamiento por destruir un objeto con las mismas acciones con las que, irremedianblemente, lo construye. Porque espero que no creas que el proyecto de Cioran es un proyecto exitoso en relación con sus intenciones: como el gran escritor que es, mal que le pese, tuvo que atenerse a construir un pensamiento sobre la destrucción del pensamiento.

    Ahí Nietzsche es el maestro: envidiaba a los animales por vivir en un eterno y renovado presente, pugnaba por elaborar una teoría de la historia orgánica con ese deseo, y fracasó. Las huellas de ese fracaso (filosófico aunque le duela, y lo sabía) son su hermosa obra, o gran parte de ella. Es muy poco interesante pensar que las dos cosas se oponen. La oposición es moral y la moral no hace más que daño a la literatura. Acá dejo un poema de Carrión, que merece una lectura lenta y silenciosa, ojalá ajena a tanto griterío prejuiciado.

    BILLY THE KID SE HA
    EMPECINADO EN ENVEJECER

    ………………….
    WANTED
    ………………….

    Silver city: el cielo de Nuevo Méjico es una ballena sangrando sobre una playa de cactus mientras avanzo fardo tras colina árbol sobre frontera entre prados enteros con árboles y prados dentro • en chozas donde no vuelve ni la derrota ni el café hirviendo ni el hijo arrebatado llorando por su madre enferma • en ríos y pedregales y huertos blancos de peras brincando sobre la cresta de una iglesia donde vi una vez un gallo de madera una escalera deforme y a la muerte fumar largo en su caballo

    Lunas ha
    mi ropa se guindaba suavemente como una joya arrancada a esa nuca peligrosa de los cielos • Yo era un sueño muy joven como para verme acabar de rodillas estrangulado bajo un marco de madera… custodiado de aves peligrosas de bandidos empecinados en reír a tripa suelta de astros construidos por colillas • de botellas que aplaudían vacías alzadas en estantes

    Y a veces —por la tarde— tocar la pena en vitrinas llenas de humo ver los vagones de las casas que jamás partieron • buscar la infancia en mujeres de mandíbulas flexibles que aligeraban el ácido de mis copulaciones • cuidaban bien los burdeles adormeciendo caballos desmelenados y exhaustos sobre canchas de polvo • mesas ocres de teca donde jinetes vidriosos raspaban el whisky amargo atentos por la usura • estos son mis hermanos —me decía— animales agachados en montes de piedra • halcones encendidos en la hoguera de sus pillerías • homicidas hermosos que —acaso sin la ayuda de sus cuerpos— mantenían latiendo al niño en el adulto

    Entonces acabarse era importante • saber que Uno era Uno y no los otros saboreándose la pulpa en los excesos • errando desde cero como un animal destrozado que no logra justificar cómo ha vivido pero que ha vivido. (Billy reapareciendo en el ojo enemigo • William H. Bonney limpiando su puñal sobre la
    curvatura crespa de su lengua)

    Y desde Lincoln City / desde Tascosa, Texas/ desde Clifton, Arizona donde acampé montado al siseo de la serpiente hasta que oí una noche el siseo de la serpiente: afuera está el trabajo la casa por hacerse las deudas pendientes • y el Futuro triturándolo todo —que se paseaba también con un cuchillo en la mano— subió rápidamente desde las ramas en sombra que dejaban los coyotes sobre las colinas.

    Subió como visiones donde lograba por fin dormir comer hablar apropiadamente sin sentir como la carne se hinchaba en la raíz de su furia • masticar el tabaco • afeitarme rumiando el tiempo de los hombres sobre canteras fulminadas y campos de trigo

    Esperando el cuerpo que acabe con este cuerpo o el nombre que suplante mis nombres pendientes • que oculte al niño indigente —nacido en Nueva York— que aún me toma de las manos huyendo de las cloacas donde estrellas sepultaron sus huevecillos • donde las cucarachas lamieron el planeta cansadas de migajas y peldaños

    Pero tornarse la criatura era difícil: cargar las manos crispadas —de aquí para allá— abrazando las sombras del mundo las sogas del mundo • celebrando en alto la muerte en el cráneo del pescado y la púa del agua • colgado de este lenguaje que espolea en cualquier camino disfrazado de hombre • mientras mis muertos siguen centrados en sus rodeos esperando únicamente mi agotamiento • o que diga otra tarde —Adiós a todo esto— apoyado sobre un hombro que no siente • o vuelva otra vez el polvo a mi sombrero: las aguas arremetiendo contra los potros y los potros arremetiendo contra el horizonte • la manzana disputándole al sol su brillo las enaguas de las hembras y el idioma de mi revólver que sólo ha hablado en presente…

    Y aún así me preguntan si aboliré la tristeza
    Si buscaré entre dibujos la caída del árbol
    La emigración de las nubes
    perezosas en su terso
    contrabando
    El apetito del sueño
    que hormigueaba en la noche
    claveteado a la espina
    Yo he de decir aquí aparece el cielo
    Yo he de decir aquí araré el principio
    Yo he de fundar mi casa
    y no volver a partir
    sobre terreno extraño.

  12. 15 Sebastián Miño (@smtorres490) enero 30, 2012 en 3:39 pm

    Es mi último comentario.

    1. No me interesa “decir algo”. La manía capitalista por la producción, por crear cosas (teorías y otros productos) a fin de justificar la existencia me resulta aburrida y estúpida. Me interesa, más bien, el acto de des-crear (no deconstruir), renunciar, desarmar, abandonar. Dejar, por ejemplo, de escribir. Una de las obsesiones de Cioran, que no me parece sobre todo “un buen escritor”, la forma en él es irrelevante, sino una persona, simplemente un hombre (no un filósofo) lo suficientemente honesto para reconocer que los conceptos son completamente inútiles, y que prestarles atención es una forma de necrofilia. Inevitable, claro. Cioran pensaba que la crítica es un intento de emparentar el arte y el concepto. Que, de alguna manera, implica una reducción. Recomendaba leer un libro sin reparar en el uso del lenguaje, en cuestiones técnicas… Algunos análisis de Cioran se centran en aspectos que me parecen del todo contradictorios: cómo se inscribe en la historia del pensamiento, que posibilidades ofrece su propuesta, cómo “construye sobre la destrucción”, como si estas frases tuvieran algún sentido.

    2. Me parece que no terminas de entender lo que es para mí la obsolescencia. Para negar que Benjamin sea un teórico obsoleto mencionas nombres de otros teóricos. Ese es un juego endogámico, en donde el concepto se alimenta de sí mismo al margen de la realidad. Tienes que pensar que los teóricos no sólo piensan que la crítica es relevante, sino que necesitan pensar de esta forma para sobrevivir. La crítica es biológica. Tiene sobre todo el imperativo de continuar, de continuar de cualquier modo. Inventar, por ejemplo, que Cioran construye sobre la destrucción, para poder abordar el tema en una tesis doctoral… Tu forma de hablar, tu léxico, es idéntico al de estas personas: “libros ricos y teóricamente muy productivos”… De esta rama salen libros tan ridículos como “el pensamiento filosófico de Artaud”, que Derrida escribe con incontinencia, sin verguenza. Como diría Nietzsche, los hombres encuentran algo que ellos mismos esconden, la crítica se alimenta a sí misma.

    3. Tu idea de lo “bueno” en literatura es muy vaga, casi teológica. Hablas del “poder” de Barthes, que puede ser cualquier cosa. Crees que citar nombres equivale a “decir mucho”. No hace falta leer a Barthes, no es “necesario”, porque la relación entra la crítica y la literatura no ha sido nunca una simbiosis, sino mero parasitismo. La crítica parte del supuesto de que los lectores no pueden formarse ideas “correctas” sobre los textos.

    4. El poema de Carrión es muy bueno. Mucho mejor que esa queja indigenista (ya sé que es mucho más, la crítica necesariamente reduce) que son los diarios sumergidos…

    5. Mi intención no era pelear. El blog es bueno (no necesario)

    Saludos.

  13. 16 Daniela Alcívar Bellolio enero 30, 2012 en 4:55 pm

    Sí, esta también es la última cosa que (te) digo. Ya estuvo bueno. Y respondo así por números también para acortar las extensiones.

    1. Decir que “decir algo” es lo mismo que “producir” en términos capitalistas es una falacia. Decir que toda “producción” o “productividad” es capitalista es una falacia (Diré una sola palabra: Marx). Una vez más, estás haciendo un uso demasiado amplio de los conceptos, y creo que a propósito, para zafarte de la necesidad de decir algo cuando, de hecho, entras a un blog a pretender decir algo.
    Dejar de escribir es una idea hermosa… que nos ha llegado siempre mediada por la escritura. Blanchot lo dice varias veces (supongo que también lo encuentras estúpido): La literatura hace decible la imposibilidad de decir. No que diga “algo”, sino que dice de la imposibilidad. Tu archienemigo Derrida tiene un hermosísimo libro llamado “El acontecimiento, ¿puede decirse?” en el que problematiza el asunto. Deleuze, al hablar del acontecimiento, rescata de él sobre todo la “contraefectuación”, la parte de lo acontecido que queda siempre suspendido, más acá de las palabras. Sí, sé que cito mucho, pero me parece un gesto mucho más humilde que el tuyo, a saber: decir que todos son unos ineptos e imaginar que, en verdad, hay una forma de no decir que no esté mediada por las palabras, o sea, que escape a nuestra mirada, o sea, que tranquilamente pueda ser un mundo konitos prudentemente sublimado porque nadie puede hablar de él porque no se ha manifestado en el mundo y por lo tanto no existe. El concepto es siempre reducción, y la crítica también lo es, eso no lo he negado nunca, porque ningún lenguaje puede captar el flujo de la experiencia… ¡pero ese es el problema de la literatura! ¡De eso mismo se ocupa! Lo siento, vuelvo a citar: “No se consigue nunca hablar de lo que se ama”. Las conclusiones de Barthes en ese ensayo hacen claras muchas de estas cuestiones, y nos hace entender mejor que nadie por qué todo silencio debe ser dicho, a pesar de todo (dándole a ese “a pesar de todo” todo el peso que tiene, no como una mera partícula complementaria). Cioran entiende muy bien el problema, pero no puede más que escribir. Por dejar de lado cuestiones estilísticas no se deja de lado el lenguaje y mucho menos los conceptos. El silencio total no existe salvo en los claustros, y no creo que ni tú ni Cioran se estén refiriendo a ese tipo de silencio. Hay una contradicción entre la experiencia y el lenguaje, de acuerdo. El problema es pensar que esa contradicción puede (o debe) resolverse, ya sea del lado del silencio o del lado de la palabra. Ahí está tu error. Si fueras coherente con ese edicto no deberías leer libros, no deberías leer a Cioran tampoco.

    2. Sí, creo que los conceptos se extienden en otros conceptos. Y, a veces, se hacen vida. No sé si realidad, pero sí vida. Si piensas que las palabras están por fuera de la vida me parece que pecas de ingenuo, casi de platónico. Nuestro mundo está mediado por las palabras y los conceptos y sin ellos no existe. Que haya algo, un resquicio, que siempre se escapa, desde ya concuerdo y sin eso tampoco existiría la literatura (es como un círculo vicioso), pero creer que encontrar el valor de un teórico en otros teóricos es una estupidez pues me parece más digno de un adolescente rebelde que quiere quemar los libros en la hoguera para poder “vivir de verdad”. Pasa que muchas emociones vitales, al menos en mi caso, pasan por los libros, y muchas lecturas teóricas (bah, así las llaman para diferenciarlas de la “ficción”, tontería de tonterías) también me procuran esas emociones estéticas y vitales. Dices: “Tienes que pensar que los teóricos no sólo piensan que la crítica es relevante, sino que necesitan pensar de esta forma para sobrevivir”: Yo no sé qué piensen los teóricos sobre lo que dices, nunca los escuché hablar al respecto. Tampoco me importa. Me importan poco las pretensiones personales de las personas, creo que es imposible conocerlas, y tampoco son interesantes. Que le adjudiques un valor negativo a la crítica y a la teoría y las mezcles así nomás con el academicismo ya es otro asunto y tendrá que ver con los problemas que tú tengas con el mundo académico (todos quienes vivimos al interior de la academia tenemos problemas con ella, pero hay muchos modos de encarar esos problemas, no necesariamente mandando a todo lo que nos parezca de ese universo a la mierda).

    3. No sé cuándo hablé de “bueno”. El concepto de poder en Barthes no quiere decir cualquier cosa. Si lo lees, vas a darte cuenta de lo que quiere decir. Antes de leerlo, es prepotente decir que va de cualquier cosa, sencillamente porque no lo conoces. Quizás no es “necesario” leerlo para la vida, pero para hablar de él sí.
    Dices: “No hace falta leer a Barthes, no es “necesario”, porque la relación entra la crítica y la literatura no ha sido nunca una simbiosis, sino mero parasitismo. La crítica parte del supuesto de que los lectores no pueden formarse ideas “correctas” sobre los textos.”
    Esto es falso. Me parece que eres un lector de teoría muy insensible y en algunos casos poco informado. Tienes demasiados prejuicios que te llevan a ser falaz. Cualquiera que haya leído El susurro del lenguaje, El placer del texto o La preparación de la novela sabe que no hay nada más repugnante para Barthes que las lecturas correctas de la literatura, sabe que más bien “militó” en contra de la idea estúpida de que los textos piden una sola lectura y de que exista una lectura correcta. Al menos podrías ser lo suficientemente justo como para no poner palabras en bocas ajenas.

    4. Qué bueno que hayas notado que el poema de Carrión es excelente.

    5. Yo tampoco he querido pelear, simplemente respondo a tus avances (agresivos, sí, pero así es este medio).

    Necesario es comer, respirar, luchar por algo. Nunca pretendería que un blog (y menos el mío) sea necesario.

    Saludos.

  14. 17 Daniela Alcívar Bellolio enero 30, 2012 en 5:04 pm

    Ah! Me olvidaba: si hay alguien en quien fue la vida la que creó la teoría, fue Benjamin. Leer el ensayo “El narrador”, por ejemplo, y no notarlo, es realmente una infamia.

  15. 18 Jorge Baquerizo M. (@jorjobaquerizo) febrero 4, 2012 en 4:21 pm

    Me parece formidable tu crítica, me ha gustado mucho. Te felicito, ojalá escribieras más seguido en este blog. Saludos desde Gye.

  16. 19 Francisco Bustamante abril 7, 2012 en 8:00 pm

    Yo pienso que Sebastián y Daniela deberían conocerse personalmente, porque, aunque disienten, tienen algo en común: su pasión por la lectura. Hay química sin duda. Me parece que la lucha intelectual que acabo de leer nunca tuvo como causa iniciar una pelea, sino que llevó implícita una atracción que los motiva a seguir buscando saber quién es esa persona al otro lado del computador. No hace falta que estén de acuerdo en el tema. “Las coincidencias suelen matar el afán de indagar quien eres tu” dice una canción de Pablo Milanés. Hagan una cita para conocerse y descubran juntos otras “emociones vitales” que la lectura, el cine o la música no nos la darán.

  17. 20 pitufimala junio 5, 2012 en 6:47 am

    Me encanta tu crítica. Aunque debo ser sincera no acabé de leer el libro porque se me perdió. Si en algo tienes razón es un libro de consumo masivo, como lo son las películas de Hollywood si esa era la intención del autor pues bien logrado. En lo que sí coincido totalmente es en la utilización de citas de canciones y películas bastante conocidas y por lo tanto, se refuerza la idea anterior, este libro fue constituido como un producto de consumo.

  18. 21 Alina Lepioshkin junio 9, 2012 en 8:21 pm

    Hola, había escrito un comentario, pero no sé qué sucedió.
    Bueno, en pocas, te decía que después de haber hojeado largamente el libro (no lo leí completo, me habría sido imposible), me quedaba la misma sensación que persiste en una, después de haber leído uno de sus artículos en una de las revistas de dinediciones que todos conocemos, en donde se reúne a lo mejor de la intelligentsia ecuatoriana.
    Hay, en general, en la “nueva literatura ecuatoriana”, una tendencia a juntar una serie de datos insulsos, como en un collage o pastiche, guardando apenas la sintaxis que nos permita leer las frases, sin que exista una semántica visible, mucho menos un objeto discursivo. Perdón si pedir un objeto discursivo es “arcaico”, pues me declaro, entonces, como una dinosaurio de la literatura. Te decía que quizá con una ausencia de lógica discursiva nos quieren hacer sentir el absurdo de todo… habría que preguntarles, pero el absurdo de un libro y de su autor no es una muestra del sin sentido de la vida, sólo del escritor.
    Por otro lado, te decía también, que de alguna forma, reproduces eso en tu discusión con el pedante Miño que escribe en este mismo blog. Pero bueno, se entiende cómo se puede llegar a una discusión bastante difusa y sin dirección, si hay un desafortunado primer comentario. No es fácil no dejarse llevar por los sin sentidos una vez que se cae en ellos. Pero su discusión fue bastante pedante y de mal gusto. Quizá sería bueno evitarlas.

    Por último, alguien te preguntaba si conocías nuevos escritores buenos, y tú respondías que publicados, al menos, no conocías. Por eso quería preguntarte, de acuerdo a esa opinión absoluta, sobre algunos escritores en particular: Eduardo Varas (que es algo muy parecido a JF Andrade, aunque más prudente y algo más logrado), Rafael Lugo, Óscar Vela, Yanko Molina, Juan Pablo Castro Rodas y Leonardo Valencia. El único criterio de selección en mi pregunta es su juventud (quizá el mayor sea Valencia) y que todos han publicado últimamente.

    Eso nada más, te felicito por tu blog y seguiré visitándolo y quizá comentado algo. Saludos

    • 22 Daniela Alcívar Bellolio junio 9, 2012 en 10:43 pm

      Muchas gracias a todos por sus comentarios.
      Hola Alina, y gracias por tus comentarios otra vez.
      Pues sí, acordamos en que la movida de los nuevos escritores ecuatorianos es bastante reconocible y bastante asqueante: entre la revista Diners, la Soho y sus novelas no están dejando espacio vacío. Es así en todo el mundo y, quizás, está bien que así sea, siempre y cuando algunos se animen a criticar ese imperio tan calculadamente erigido.
      No entendí bien la crítica que le haces a mi discusión con Sebastián Miño. En general no le tengo miedo ni a la pedantería ni al mal gusto. Lo peor es hacerse el sencillo porque uno termina creyéndose aquello de la tolerancia (concepto falaz si los hay) y no diciendo nada. Yo jamás evito una discusión (quizás sea un defecto) porque justamente para eso tengo el blog: para discutir, para crear disensos, para exponer mi punto de vista y que pueda ser refutado o replicado, sin eso no existe la crítica. Quisiera en verdad que nuestro país fuera un lugar más abierto a la discusión, que no se dieran por hecho tantos lugares comunes, o sea que se acepte más que las discusiones están buenas, que leer está bueno, que nutrirse teóricamente y defender una postura, es decir posicionarse, es algo muy bueno. Hay quien cree que eso está mal, que es soberbia, que es pedantería. No es mi caso.
      Te respondo sobre los escritores uno por uno.
      Varas: me parece un muy muy mal escritor, y de hecho está ahí hombro con hombro con Andrade armándose su podio de popstars.
      Lugo: nunca lo leí.
      Vela: tampoco lo leí.
      Yanko: es un excelente escritor. Al momento en que di esa respuesta él aún no había publicado su libro, aunque yo había leído (de hecho desde hace varios años), versiones anteriores de sus cuentos. El problema que veo en Yanko es que es demasiado programático. Está bien eso de que la literatura es artificio y demás, pero, como te decía en el otro comment, pienso que la literatura se despliega en ese espacio entre las intenciones del escritor y el resultado de la ficción. A veces Yanko, por cuidar tanto su escritura, elimina del todo ese espacio, ahoga todos los silencios y el artificio termina siendo sólo eso, artificio. Para mí la literatura es más, o infinitamente menos. Sin embargo, lo respeto muchísimo y pienso que su proyecto es infinitamente superior a los de las estrellas literarias del momento.
      Juan Pablo Castro: leí nada más “La noche japonesa” y no me gustó ni un poco.
      Leonardo Valencia es un escritor hecho y derecho. Hay cosas de él que me gustan más que otras, pero sin duda desde el punto de vista de proyecto estético y también en su pensamiento como intelectual de la literatura en Ecuador, me parece de lo mejor que tenemos. El síndrome de Falcón es un ensayo que me inspiró en su momento y que me sigue pareciendo de una lucidez fantástica.
      Luego en este tiempo se publicó un libro llamado Miss o’ ginia, sobre el que escribí un post en este blog, que encuentro más que interesante, mucho más en nuestro contexto.
      De poetas no hablo acá, porque pienso que tenemos varios excelentes.
      Gracias por la conversación, y vuelve cuando quieras así la seguimos. Un abrazo!

  19. 23 Alina Lepioshkin junio 15, 2012 en 3:27 pm

    No quisiera ahondar en la discusión con Miño, pero me refería a pedantería en el sentido literal del diccionario. Los alegatos no necesariamente responden a lo expuesto por el otro, como si la discusión corriera en discursos paralelos y lejanos, pero bueno, no importa demasiado.
    Por otra parte, quería preguntarte si ya has visto la nueva película de Cordero, cuyo guión fue elaborado en coautoría con Andrade. Me parece que la película repite no sólo los temas constantes en los filmes de Cordero, sino que usa las mismas formas de abordaje reiteradas hasta la saciedad. Ratas me gustó mucho, me parece un buen cineasta, pero esta película, en verdad, no da mucho de sí, porque suena a fórmula, algo así como “objeto artístico” elevado a concepto. En general, me parece que el cine con cierto fondo social, tema permanente en nuestro expoliado continente, no se permite crear personajes, pues desaparecía la referencia del tipo que te remite a la “realidad”. Más allá del protagonista, Blanquito, los demás son sombras repetidas.
    Bueno, yo no sé mucho de cine, así que no me meto mejor.
    De literatura tampoco sé mucho, pero me meto. Sí, en total acuerdo, en Valencia no sólo se nota a un gran lector, a una persona muy inteligente, sino a un ESCRITOR. Parece que en nuestro provinciano mundo, si uno lee algo, ya tiene el “derecho” de escribir, aun cuando no sepa bien cómo.
    Yo también leí la misma novela de Castro Rodas y tampoco me gustó, aun cuando yo creo que es un escritor con oficio.
    En Yanko Molina, también se puede reconocer a un ESCRITOR, pero los cuentos no me gustaron, me parece que hay un excesivo manejo del lenguaje, con poco argumento (parecería que persiste un concepto de arte como contemplación), pero coincido en que es también un ESCRITOR.

    Me olvidaba de preguntarte por Gabriela Alemán.
    Ya seguiremos conversando.
    Muchos saludos

  20. 24 Yanko Molina junio 22, 2012 en 6:50 am

    Querida Dani:
    Vengo a los tiempos a tu blog y ¡me encuentro!
    Gracias por lo de «excelente escritor», es generoso. Sin embargo, lo que más me gusta de tu comentario (aunque tú lo veas como un gran defecto) es que no le encuentres fisuras a mi plan, jaja, yo le encuentro tantas que casi no me dejan dormir. El libraco, ciertamente, tiene un programa, pero incluye una burla acerca de la búsqueda de la perfección (que ya sabes cuanto me interesa…), al menos concédeme que lo intenté, que intenté encontrar la belleza, y que luego procuré hacer evidentes todos mis tristes fallos y ensañarme con ellos. (Aunque claro, eso también terminó formando parte del plan…)

    Alina, en cambio, me encuentras escritor, qué bueno. Muchas gracias. Yo traté de contar, de crear argumentos… ya vez, al contrario de lo que cree Daniela, no hago más que fallar en mi programa.

    Qué extraño, y qué delicioso, saber que tengo lectoras. «¡Qué deleite! ¡Qué zambullida!»

    Y, lo peor, lo que seguramente más me ensucia a los ojos de ambas: la novela de Andrade me gusta… Tal vez tenga los gustos literarios de señora aburrida y burguesa, o de habitual lector de SoHo, lo que sería aún peor. En cambio, los cuentos de Fernando no me parecen demasiado interesantes. Convencionalmente desafiantes, sí; intensos, definitivamente; pero, ¿interesantes? Tal vez, mi querida Dani, estés sobreinterpretando.

    Yanko

    • 25 Daniela Alcívar Bellolio junio 22, 2012 en 1:40 pm

      Yanko querido,
      espero que no sea recién ahora que te enteras de lo que considero de tu escritura (me refiero a lo de excelente, y a las otras cosas también), por que lo hemos hablado varias veces.
      Es cierto que muchos de tus personajes buscan, en vano, la perfección; su búsqueda es desesperada, muchas veces torpe (Los objetos…), casi siempre opaca y triste. Es de las cosas que más me gustan en tu libro.
      Que te guste la novela de Andrade es algo que en verdad sigo sin entender, pero bueno, al fin y al cabo me encanta tener disensos con gente inteligente: me aburriría mucho si no fuera así.
      Pronto nos veremos en Quito y podremos seguir charlando de estas cosas. Te mando un beso grande querido Yan.

  21. 27 María Rosa (@mariarosa_96) abril 17, 2013 en 6:00 am

    Conocí esta novela porque estaba en la lista de libros que íbamos a necesitar en el transcurso del año, nunca lo leímos en el colegio ya que al profesor de literatura le pareció “muy fuerte” para nuestra edad, pero, ya la había leído antes de iniciar clases.
    Desde el inicio, en donde cita a Julian Casablancas, me atrapó, claro, me gusta The Strokes y terminé devorando el libro. Me gustó la historia con toda esa demostración de conocimiento en “buena música y cine” y creo (ahora) que ese era el objetivo del escritor o editorial o quien sé yo.
    Muy buena crítica, es despiadada y me gusta.
    Saludos

  22. 29 Marcio Flavio Mafra (@MarcioFlavioMaf) agosto 4, 2013 en 2:31 am

    Em novembro de 2010, viajei de Brasília, Brasil, para em Quito, Equador.
    Demorei-me sete dias conhecendo cidades, pessoas, lugares, museos, livrarias, bares e restaurantes.
    Fiquei encantado com tudo o que vi.
    Em minha bagagem só trouxe boas recordações e alguns livros. Um deles é exatamente “Hablas Demasiado” do jovem escritor Juan Fernando Andrade.
    Minha opinião é completa e totalmente diferente da sua.
    Só pude ler “Hablas Demasiado” agora, em julho de 2013.
    Estou escrevendo em seu blog para dizer-lhe que este livro é sensacional. É um livro e um autor excelente. Sim, excelente sob qualquer ponto de vista…

    • 30 Daniela Alcívar Bellolio agosto 4, 2013 en 12:18 pm

      Obviamente no es un libro excelente bajo cualquier punto de vista, ya que desde mi punto de vista es un libro pésimo.

  23. 31 Alberto Tassara Muñoz septiembre 24, 2013 en 10:00 pm

    Muy interesante que exista debate sobre estos temas. Felicitaciones. Aunque me enteré tarde.

  24. 32 bayasjo julio 4, 2017 en 1:30 pm

    Hola, sé que llego tarde y que tal vez no me respondas. No tienes que hacerlo. Me gustó la crítica. No sé si porque soy un romántico empedernido que cree en la fuerza de la ficción para influir el mundo. El caso es que me gustaron los argumentos con los que criticas la levedad de la novela. No obstante, no sé cómo definirías lo de posmodernismo literario, tomando en cuenta que el pensamiento posmoderno ya ha penetrado al propio pensamiento de los narradores contemporáneos. Entiendo tu definición, entonces, como un olvido de los valores literarios, del ajuste entre idea y emoción que debería tener una literatura desafiante. Y no sé cómo definirías qué es literatura (muchos hay criticado esa idea de literaturidad) y qué no. Yo tengo una noción de literatura que implica un cierto desafío, aunque, repito, puede deberse a mi romanticismo como lector. Te escribo como un neófito que pide una respuesta (no concluyente, porque en materia de literatura las respuestas casi siempre son provisionales, pero sí más elaborada que la que yo haría). También quisiera saber qué diferencia habría entre un estilo ligero como éste y una escritura de grado 0.

    Saludos

    • 33 Daniela Alcívar Bellolio julio 4, 2017 en 7:36 pm

      Hola. Te pido me des unos días para responderte. No es falta de interés en lo absoluto sino una situación personal que me impide responderte ahora mismo. Saludos afectuosos y gracias por el interés.


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