La muerte como palabrería

¡Oh Muerte, vieja capitana, llegó la hora! ¡Levemos ancla!
Este país nos aburre, ¡Oh Muerte! ¡Preparémonos!
Si el cielo y el mar son negros como la tinta,
nuestro corazón, tú lo conoces, está lleno de luz!

Derrámanos tu veneno para que nos reconforte,
queremos ir, tanto nos quema ese fuego la cabeza,
al fondo del abismo, ¡Cielo o Infierno!, ¿qué importa?,
¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo!

Charles Baudelaire

Quisiera referirme a un texto escrito por Javier Ponce sobre el carnaval y las corridas de toros. Y quisiera referirme a él, texto en cierta medida ajeno a lo literario desde el punto de vista temático, porque encuentro en su composición uno de los recursos más usuales en las argumentaciones favorables a la tradición taurina: la retórica como verdad. Pues si es bien cierto que el texto ostenta una elegancia mayor a la usual en lo que tiene que ver con el uso del lenguaje, no es menos cierto que el uso astuto de la metáfora (tropo principal de la argumentación, aunque no el único) se presenta a sí mismo como fondo y superficie de un asunto que, por decirlo rápidamente, tiene más de un aspecto.

La argumentación de Ponce comienza por una afirmación de la que no duda y que es, curiosamente, más que dudosa: “Occidente solo conserva dos de sus grandes ceremonias paganas: el carnaval y las corridas de toros.” En una operación extraña, el escritor une cuestiones casi sin argumentación alguna. En Occidente hay solo dos ceremonias paganas. Esas ceremonias paganas, cuyo origen puede fácilmente relacionarse con la Grecia Antigua, serían el testimonio último, el aliento final de algo tan impreciso y volátil como “lo pagano”. Por un lado, el carnaval y su aliento dionisíaco primordial; por otro, la danza con toros que recuerda a la civilización minoica y sus festejos y a esa triste figura de la mitología llamada Minotauro.

En su argumentación, Ponce parece estar intentando rescatar algo de Occidente; y el “de” en este caso no quiere significar pertenencia, sino precisamente ajenidad y oposición. Ponce parece querer rescatar unos vestigios paganos de la demoledora potencia homogeneizadora occidental. Parece querer salvar de la cultura de la Coca- Cola, el ecologismo light y el moralismo católico reinante, unas últimas manifestaciones, testimonios vivos de un mundo antiguo ya perdido, más integrado con los conceptos fundamentales de vida y muerte. Para esto recurre a la metáfora como forma de concebir tanto estas actividades venidas del mundo pagano antiguo como sus manifestaciones transformadas de nuestra época.

En resumen, el carnaval constituiría una celebración de la vida y por tanto se nutriría de elementos modernos y posmodernos, siempre ligados a lo sexual y al exceso, llegando a convertirse, según el escritor, en una especie de collage sarcástico finisecular. La corrida de toros, por el contrario, estaría ligada a la muerte y “en la medida en que la muerte se acoge a la tradición” (son sus palabras), ella se renovaría siempre dentro de unos límites marcados por esa tradición en el marco de un ejercicio de nostalgia y austeridad. Ambas manifestaciones serían testimonio de “lo que es el hombre”: un ser sujeto siempre a la lucha entre la vida y la muerte. El hombre, dice Ponce, “en sí es una locura, es una manifestación de la naturaleza que no se explica, que se resuelve en un misterio y en una alucinación: la muerte.” Es, entonces, un ser ajeno al equilibrio, cuya historia está marcada por el exceso y la lucha con la naturaleza. Con gran solemnidad, Ponce sentencia: “Esa es la fatalidad del hombre, negarse para existir, violentarse para gozar, morir para explicarse, y resulta curioso que el propio hombre quiera cambiar este destino.” Inmediatamente, el escritor dice: “No tengo ganas de polemizar con los ecologistas pero soy pesimista, desencantado, con respecto a todo esfuerzo por reprimir o desviar el destino trágico de los hombres.”
Quisiera empezar por señalar las primeras inconsistencias de la argumentación de Ponce con el fin de desarrollar, a partir de eso, una respuesta necesaria que, aunque anacrónica en cierta medida, busca contestar los argumentos de un pensamiento que es representativo de un sector de la sociedad quiteña. En primer lugar quisiera oponerme firmemente a la afirmación mentirosa de que lo que nos queda de paganos se consume en el carnaval (que presentado al modo de Ponce, recuerda mucho más a Las Bacantes de Eurípides que a las costumbres de celebración carnavalesca visibles en el Ecuador) y en las corridas de toros. En Ecuador quizás más evidentemente que en ningún otro lugar, lo pagano entendido como espacio oscuro de adoraciones y cultos no cristianos, relacionados con deidades no antropomorfas, cuya inspiración nace en la naturaleza; lo pagano, decía, como forma ajena a los ritos católicos y cristianos, no solo que abunda sino que constituye uno de los pilares culturales de nuestro país. Es cierto que, al pasar, Ponce acepta que “cada pueblo, guarda sus pequeños rituales, algunos solemnes, otros cotidianos”, pero al mismo tiempo resalta que los que él señala, el carnaval y la corrida de toros, “son los únicos que tienen una gran dimensión”. ¿Qué quiere decir Ponce con aquello de la “gran dimensión”? ¿Qué necesita un ritual para ser considerado “grande”? El carnaval se celebra de distintos modos en las diferentes zonas del país, cuestión que para Ponce parece importar poco y que salda uniendo toda esa diversidad de prácticas en un erotismo fundamental, en un exceso de la carne que, por lo visto, supera cualquier especificidad cultural o deja sin efecto cualquier consideración más acá de ese presupuesto del paganismo helénico. Por otra parte, no puedo dejar de pensar que la grandiosidad de las dimensiones que el escritor atribuye a las corridas de toros por sobre cualquier otro ritual que se represente formal o metafóricamente la muerte en el país reside perezosamente en las fiestas de Quito, cuyas dimensiones, sin duda, son enormes: una semana de corridas, alcohol en exceso, grandes auspiciantes, toda una ciudad que se viste de blanco y botas y empieza a hablar con acento imitación del que se escucha en España. Es cierto: en un sentido la capacidad movilizadora de las corridas de toros es grande; lo que cabe preguntarse, sin embargo, es si por escandalosa una costumbre es más importante o más representativa que otras que, en la periferia de los grandes flujos de dinero, de las estrategias publicitarias y de las burdas representaciones identitarias, se plantean cotidianamente la cuestión de la muerte.

Ponce une tres cuestiones que, debo señalarlo, han sido vinculadas de modo arbitrario, por decir lo menos: las corridas de toros, la muerte y la tradición. Es cierto que existe literatura que da pie para eso: también es cierto que la literatura, en tanto objeto formal, no es su contenido. Es decir que “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” es un poema, no una corrida. Parece obvio pero para algunos no lo es. Es en el poema donde puede componerse una relación entre la figuración de la muerte y el toreo. Difícilmente, lo demuestran los pobres intentos que abundan de hacerlo, esa relación pueda mostrarse satisfactoriamente en el hecho crudo de la corrida. ¿Es porque siempre termina muerto el toro que se puede hablar de una representación de la muerte? ¿Es cuestión de matar a un animal para hablar de la lucha entre la vida y la muerte? ¿Son la literatura y la cultura tan pobres que para figurarse una cuestión que, en efecto, es motor vital en el ser humano, necesitan el espectáculo grotesco de tortura y muerte de un animal, un espectáculo en el que lucha es lo último que existe? Otra aseveración escandalosa es la que vincula a la muerte con tradición. Según la cita del principio, Ponce asevera que la muerte “se acoge a la tradición”, y es por eso que lo que marca al toreo es la contención y el respeto por los límites. ¿A qué responde esta afirmación? ¿A qué tradición se acoge la muerte? ¿Desde cuándo? El arte ha desarrollado cientos de representaciones de la muerte, su representación existe de formas diversas en las culturas imperialistas europeas, en las culturas orientales e indoeuropeas, en las culturas americanas pre y post coloniales, ¿a cuál de todas estas culturas Javier Ponce, caprichosamente, liga la muerte? En este texto, Iván Carvajal ha puesto en entredicho un mito casi romántico que busca en un ser “originario” una verdadera esencia de lo que “somos” en contraposición a una tradición Occidental que nos estaría envenenando, en palabras de Mario Campaña. En esa misma argumentación, Carvajal hace una afirmación de enorme lucidez: nuestro fundamento cultural es el mestizaje. Es imposible pensar al Ecuador o a América de modo unívoco, como herederos perdidos de una cultura indígena idealizada y, casi siempre, descomplejizada, o como sociedades puramente occidentales, sin fisuras, sin presencia más o menos notoria de las culturas indígenas que existían en este territorio antes de la conquista y que siguen existiendo con todas las mutaciones que son de rigor después de una conquista como la española del siglo XVI. Que Carvajal tiene razón lo demuestran, de entrada, las formas de arte colonial conservadas hasta hoy: en los rasgos de las imágenes de santos y vírgenes, en los artesonados de las iglesias quiteñas, hace falta apenas un poco de atención para encontrar, en los intersticios de una superficie aparentemente monoteísta, las huellas que dejaron unas manos paganas, adoradoras del sol y de la tierra, obstinadas, aún tras la derrota y el sometimiento, en dejar de su paso por el mundo algún testimonio.

No se trata, como dice Carvajal, de satanizar todo lo occidental. Tampoco se trata, es importante saberlo, de anular como si no existieran todas las influencias premodernas y precoloniales que están presentes en las acciones del más alienado de los jóvenes quiteños aún hoy, para no remitirme simplemente a las poblaciones provinciales de Imbabura o del Napo. Pero si hay algo que sufre el desprecio de Ponce en su argumentación es el conjunto de capitales culturales no occidentales que los ecuatorianos tenemos, también, como sedimento identitario. Lo demuestra su convicción de que la única representación de la muerte digna de ser rescatada a cualquier costo es la corrida de toros. Una serie de axiomas le ha permitido a Ponce llegar a una conclusión no menos arbitraria que todas las afirmaciones de las que se ha servido para llegar a ella: el hombre es desequilibrio, el destino del hombre es trágico, el hombre es una locura. Y luego, de esta manera: el único paganismo relacionado con la muerte que nos queda en Occidente son las corridas de toros, las corridas son una lucha entre la vida y la muerte, “el toro es la metáfora de una energía que viene del fondo de la eternidad” (¿?), es “la furia de la propia naturaleza”, el toreo es una “metáfora de la soledad”. Etcétera. Todos estos axiomas, cuya verdad el escritor no sostiene por ningún medio (algunas de las frases, que rayan con el disparate, parecen exigir su espacio en el mundo por el simple hecho de existir) tienden a un fin simple y claro: defender las corridas de toros y denostar y banalizar a todos aquellos se opongan a ellas.

Si en toda la argumentación de Ponce la metáfora reina solitaria, como justificación única y última de todo lo que está detrás de una corrida de toros, no es por descuido o por olvido: es por conveniencia retórica. Hay cuestiones en las que la simple metaforización (por más exuberante o sonora que sea) no puede ser el único argumento. Ponce se ha empeñado en metaforizar, a veces hasta el ridículo, una cuestión que, en la práctica, tiene mucho de literal: en las corridas de toros se maltrata físicamente a un animal hasta que éste muere. Es una tortura presentada y recibida como espectáculo, que consiste en la continua e inmisericorde denigración física por medio de objetos cortopunzantes de distintos tipos que termina, casi siempre, en el desplomo patético de un ser vivo ahogado en su propia sangre. Esto puede importarle o puede no importarle a cualquiera: ese no es el punto. El punto es que cuando se habla de torturar y matar a un animal en público (cobrando entradas, enriqueciendo a ciertas empresas, cobrando impuestos a todos los ciudadanos, ejerciendo la violencia simbólica que implica el celebrar de semejante manera una fundación también violenta en una ciudad en la que hay mayoría en contra de las corridas, etc.), aunque a uno le parezca que esa tortura y esa ejecución están plenamente justificadas por cuestiones como la tradición o cualquier otra, la argumentación no puede ceñirse al ámbito de lo metafórico, porque aceptar un espectáculo así a pesar de las implicaciones físicas que tiene para un ser vivo (animal capaz de sentir dolor y miedo del mismo modo que un ser humano, en las circunstancias sociales por todos conocidas) es un acto político, y es en ese sentido, también, en que debe defenderse tal celebración. Las palabras sonoras de Javier Ponce, que muchísimas veces confían tanto en su sonoridad que olvidan agregarle un poco de rigor a lo dicho, han permanecido en esa superficie metafórica porque es claro que en el mundo de la vida, en las prácticas cotidianas, en los valores éticos que las filosofías han instalado con mayor o menor éxito en nuestro vivir diario, no hay argumento alguno que pueda sostener la vigencia de las corridas de toros tal como las vivimos en la actualidad. Existe un solo argumento que se escapa un poco de la metaforización histérica del texto de Ponce: “Una de las manifestaciones más tristes de este fin de siglo, es el intento por banalizar los mitos inmemoriales, los conflictos profundos, las ceremonias substanciales. Son los intentos por volverlo todo homogéneo, incoloro, todo con un solo sabor, a coca cola talvez, todo higiénico y purificado.”

Esta rápida consideración sociológica, llena también de prejuicios como el resto del texto, es quizás más peligrosa que lo que la precede: casi como un estratega de mercado, Ponce busca identificar las luchas por el fin de la crueldad hacia los animales (que torpemente el autor confunde con las luchas ecologistas) con el fenómeno, que algunos han llamado posmodernidad, que mediante ciertos mecanismos (la globalización es uno de ellos) hace que todo sepa a lo mismo, que lo específico que podía rastrearse antes ahora sea igual a las modas culturales y de consumo que son impuestas por las grandes economías del planeta. Ponce quiere confundir a sus lectores, quiere hacerles creer que es lo mismo la cultura de la Coca-Cola (que fácilmente podría ser uno de los auspiciantes de esas corridas que él tan ingenuamente relaciona con la muerte y la lucha del hombre contra la naturaleza) y la lucha legítimamente humana en contra de la crueldad y la tortura. Para Ponce, es lo mismo exigir el fin de un espectáculo cruel que ir al MacDonalds o que comprar un celular en Porta. Esas “ceremonias substanciales”, que Ponce opone a la banalidad de quienes quieren abolirlas, las conocemos todos los quiteños, y casi me produce risa que una persona inteligente como Ponce llame a un espectáculo destinado a los sectores más alienados y arribistas de la ciudad, que desata las escenas más patéticas de borrachera y violencia, una “metáfora de la soledad”. Como buen nostálgico, Ponce basa su visión de las corridas en una serie de consideraciones anacrónicas, llenas de una idealización bochornosa, que una simple mirada crítica puede desarmar sin mayor dificultad. Ponce olvida que muchos de esos “ecologistas” que según él buscan banalizar algo profundo y elemental para nuestra comprensión de nosotros mismos han muerto defendiendo su causa (me pregunto si el caso de Chico Mendes, muerto por defender la Amazonía a manos de los empresarios madereros brasileños, por poner un ejemplo rápido, a él le parecerá demasiado banal en comparación con el ambiente que se vive alrededor del ruedo en diciembre en Quito), olvida él que esas ceremonias atávicas que tanto hablan de la condición del ser humano significan el enriquecimiento desmedido de un par de dueños de monopolios en Ecuador, que ese fondo de identidad primaria que se esconde en esa “lucha” que tanto aprecia, se manifiesta en diciembre con una exacerbación repugnante de racismo y discriminación. Me pregunto, también, cómo es posible que una persona que ha leído tanto, como es evidente que es el caso de Javier Ponce, necesite de la tortura y de la muerte de un animal para poder figurarse la muerte como problemática humana, ¿no están Baudelaire, Rimbaud, Vallejo, no están Goya y Van Gogh, Stravisnky, para preguntar suficientemente sobre el sentido que tiene ese acontecimiento sin final que es la muerte? ¿No son el Corpus Christi y el arrastre de caudas riquísimas reflexiones performáticas, tan cristianas como paganas, sobre la muerte? Me pregunto también quién le dio a Ponce la autoridad para declarar lo que es humano y lo que no lo es. Si fue humano crear representaciones violentas de la muerte que involucran a otros seres vivos que, a pesar de la vulgar creencia de que los seres humanos son más importantes o superiores, o de que tienen algún derecho otorgado por no se sabe quién para infringir daño para figurarse cuestiones metafísicas, tienen derecho a no sufrir tortura, ¿no es legítimamente humano también destruir esas representaciones? Lo que el humano ha creado, ¿no lo puede también el humano destruir? Cuestiones como la muerte o la finitud, ¿no pueden figurarse también en el borramiento de tradiciones indignas? Ponce se llama a sí mismo un pesimista, dándole a esa palabra un brillo que oculta mal: el de la lucidez. Ponce se cree lúcido porque no quiere arrebatar al hombre su destino trágico. Pero hay una cosa que parece estar confundiendo: el pesimismo no es lo mismo que el conformismo. Con su argumento (“Soy pesimista, ya sé que el hombre está llamado a la destrucción, por eso no voy a intentar hacer de él otra cosa”, parece decir) Ponce no está poniendo sobre la mesa la cuestión de la muerte como asunto filosófico, literario o metafísico: está poniendo su conservadurismo y su conformismo como paradigma de comportamiento. Dado que él no tiene ganas de hacer nada por nadie (qué más da, si igual estamos perdidos), ha creado un armazón metafórico que cumple una triple función: glorificar su inacción, dignificar un espectáculo cruel que, hoy en día, no tiene nada que ver con la representación de la muerte ni con la lucha entre la vida y la muerte ni con el destino fatídico del hombre (y que de cualquier modo es injustificable) y banalizar a cualquiera que activamente se oponga a tales prácticas.

Esto es un engaño. Es reaccionario el vedar al ser humano de su capacidad de cambio y el negarle cualquier oportunidad de redención, así sea mínima. El pesimismo en estos casos está fuera de discusión: un verdadero pesimista llega a sus conclusiones después de mucho luchar y, en el mejor de los casos, lucha de todos modos a pesar de la evidencia del fracaso. Lo de Ponce no es pesimismo: es palabrería reaccionaria de un conservador conformista aficionado a los toros, uno más de esos que no hacen nada por nadie, pero si alguien quiere defender a un animal, le exige que mejor haga algo por las personas, lugar común con el que cierra su texto Ponce, en un alarde de prepotencia abominable.

Al final, los argumentos de Ponce son, adornados, los mismos vulgares y vacíos argumentos de cualquier aficionado: es arte, es tradición, es cultura y más vale hacer algo por las personas.

El escritor argentino Juan José Saer deambuló en cada uno de sus libros misteriosos y hermosos por los alrededores metafóricos de la muerte. El fin fue una de sus preocupaciones esenciales, y tratar de darle sentido a ese estado ajeno al sentido que es la muerte fue la tarea más importante de su literatura. Luchar contra los axiomas de lo “inmemorial”, lo “inefable”, lo que viene de “lo profundo de la eternidad” con el arma única del lenguaje, hizo de su obra una de las más importantes en nuestra lengua. Murió mientras escribía su última novela, que quedó inacabada.

Hay quien puede hacer eso. Quien no puede, escribe falacias a favor de las corridas de toros y cree estar diciendo palabras mayores sobre la muerte y el arte.

 

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2 Responses to “La muerte como palabrería”


  1. 1 novelaolvido julio 26, 2010 en 6:51 pm

    Estimada Daniela, me gusta tu blog, llegué a él por el blog de Solange Rodríguez, que te menciona en su intervención en Lima. Tus opiniones, que no siempre comparto, me gustan por su desenfado.
    De lo de los toros… te diré, cuando yo era muchacho hubo una canción tropical que decía: “el que pega a una mujer, no tiene perdón de Dios, el que pega a una mujer, no tiene perdón de Dios si no la pega otra vez”. En esa época, aún se podía hablar de violencia contra la mujer de manera humorística y los hombres la consideraban como algo tolerable. Ahora es impresentable, ahora nadie (ni el machista más idiota) hace gala de su machismo, puede se un golpeador de mujeres pero no lo publicita. Pasará los mismo con los toros, todos los idiotas que los defienden ahora, dentro de unas décadas, no se atreverán a hacerlo porque cada día las personas van aumentando su conciencia sobre el respeto a los derechos de los animales, al ecosistema, al planeta.
    Yo, por mi parte, ya no debato con ellos, lo siento tan inútil como debatir con los racistas, con los machistas, con los fanáticos religiosos.
    Seguiré leyendo tu blog.

    Santiago Páez

  2. 2 Daniela Alcívar Bellolio julio 27, 2010 en 1:46 am

    Santiago, muchas gracias por esas palabras. Es bueno conocer personas que no encuentran que el derecho de los animales a no sufrir tortura es una estupidez. Muchas gracias por tus comentarios y espero seguir recibiendo tus visitas. Un abrazo.


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