Cerrar los ojos

Una versión este ensayo, algo modificada por los editores, ha sido publicada como prólogo a Miss  O’ginia 2.0,  nueva versión del libro editado en formato e-book por Editorial Foc, Barcelona: http://www.editorialfoc.me/miss-o-ginia

Tal sería entonces la modalidad de lo visible cuando su instancia se hace ineluctable: un trabajo del síntoma en el que lo que vemos es sostenido por (y remitido a) una obra de pérdida.

Georges Didi-Huberman, Lo que vemos, lo que nos mira

Me tomó meses sentarme a escribir sobre Miss O’Ginia, el último libro de Fernando Escobar Páez publicado por Doble Rostro en Quito el año pasado. Había leído ya una versión bastante parecida al texto final en un manuscrito digital que el autor me enviara por correo electrónico meses antes de la publicación, y cuando recibí el ejemplar no tardé mucho en leerlo, otra vez. Sabía que tenía que enfrentarme al trance de escribir sobre algo que, en rigor, no me gusta, teniendo en cuenta que este no gustarme difiere en todo término de aquellos otros textos que he criticado en este blog y que representan un modo vulgar, aburrido, tonto del mal gusto.

El caso de Miss O’Ginia es distinto y, para mi experiencia de lectora, más complejo, lleno de conflictos. Debo confesar que mi predisposición un poco prejuiciada y hasta pacata (con esta lectura llegué a sospechar que mi amigo Juan José Rodríguez tenía razón cuando llamó puritana a mi mirada crítica en un artículo publicado en la revista La casa de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, que casualmente me regaló el autor del libro del que ahora me ocupo con tanta dificultad) hacia toda explicitez excremencial me irritó varias veces durante las lecturas que hice de los punzantes textos que componen el volumen. No sabía cómo abordar algo que, en principio, me brindaba imágenes demasiado repugnantes, acostumbrada como estoy a disfrutar de libros diametralmente opuestos.

Tampoco querría ponernos a resguardo a mí y al libro acudiendo a los lugares comunes de la transgresión, la provocación y la contestación, categorías morales que, por un lado, desactivan los valores de ambigüedad que, creo, la literatura no debe hacer más que potenciar y, por otro, ya no resultan efectivos: después de Sade, pensar que un libro pueda causar verdadero revuelo por su contenido sexual o escatológico, más aun en este siglo, es ingenuo. Miss O’Ginia no provoca ni transgrede, hace más -o infinitamente menos- que eso: su trabajo es subterráneo e invisible casi todo el tiempo; aparece, instantáneo, carcomiendo todos los costados de la pérdida y del dolor, bajo una capa chillona -y, para qué negarlo, muy divertida- de relatos que mezclan excrecencias, órganos sexuales y amor con un estilo más enigmático y elaborado de lo que una primera lectura, distraída quizás por las peripecias sexuales de los personajes y sus víctimas, permitiría apreciar.

La “saturación monstruosa” de la que habla el siempre inteligente Juan José Rodríguez en la contratapa del libro, esa proliferación que pareciera no admitir grietas, que exhibe un frente macizo, autosatisfecho, inclemente y a la vez en continua expansión que es la primera parte del libro, “Los mongolitos folladores”, bien mirada está llena de intersticios por los que se cuela una fulguración oscura, la que domina el libro con una presencia sutil y delicada, cuyo acecho sigiloso va incrementando su potencia a medida que avanza, para mostrarse más explícitamente hacia final, en la segunda parte, “Sísifo de algodón”.

Dice Didi-Huberman que la mirada está hecha de lo que vemos tanto como de lo que nos mira; que el circuito de la mirada no se clausura en la dirección que va del ojo al objeto, sino que ella escinde al objeto observado, abre una grieta en él que habilita las posibilidades de una mirada que regresa, de modo que el acto de mirar consista en trabajar ante alguien -o algo- la propia desaparición. Este “obrar la propia pérdida” pondría de relieve una modalidad de la imagen que remitiría a un retorno obstinado, a la propia muerte y al propio, furioso, impulso de vivir pese a todo.

El infame narrador de Miss O’Ginia, sus inauditos narradores que son uno, intuye muy bien este poder interrogativo de la mirada. Este poder no es el de la contestación, ese histerismo de las voluntades ególatras, tampoco el de la transgresión, ridícula y poco interesante ya a estas alturas. Claramente, aquello dicho por Javier Lara Santos en el Prólogo, con lo que yo concuerdo bastante, del “hard-core porno pop“, dista con mucho de los intentos marketineros de gran parte de nuestra novísima literatura por insertarse en las modas literarias más sinceramente tontas del horizonte latinoamericano, ya que entiendo que lo pop (en lo abyecto que este movimiento artístico llegó a ser cuando olvidó del todo esas consignas, siempre tan efímeras, de la parodia y la provocación y devino mera -y literal- reproducción del sistema capitalista y sus artículos enlatados); lo pop, decía, en Miss O’Ginia, si bien, según he escuchado, le ha dado un nivel de ventas muy satisfactorio al libro (¡y qué bueno que así sea!), no empaña, o no logra empañar, los flujos que esta literatura ha procurado ocultar, aquellos que con tanta dificultad estoy tratando de ocuparme.

No provoca ni transgrede, decía antes. Sus efectos contestatarios son sólo laterales y son lo que menos interesa. Es una negación testaruda, obstinada, lo que llama la atención y conmueve en este libro. Todas esas historias, todas esas ofensas, toda esa exposición de sangre, heces, semen, pelos, mutaciones y humillaciones tratan de ocultar lo que pugna por salir, aquello que la mirada del narrador de este libro (al que no le importa relacionarse con ese “Fernando” de la carta titulada “(Su versión)”), evade con todos los rostros de su bestiario: el retorno de lo que nos mira en lo que miramos.

Sé que Fernando no se molestará si reproduzco entero el pequeño cuento llamado “La bolsita”, el primer y potentísimo impacto que me procuró este libro:

La bolsita

Cuando follo con Rosa necesito tener una bolsita negra de plástico donde quepa mi cabeza. Puede parecer ofensivo que durante el sexo le preste más atención a una funda que a su rostro, por eso debo aclarar que no soy fetichista o pedante y que Rosa es casi guapa.
Si necesito una bolsa para follármela es porque mi excitación se basa en anular el pasado. El problema es que ella jamás accede a usar la bolsita, así que Yo Soy El Que Se Emplastica para salvarnos de sus pómulos surcados por nuestras vergüenzas.
He tratado de luchar contra la bolsita poniendo a Rosa en cuatro patas e ignorando su cara, pero cuando estoy a punto de lograrlo, ella gira esa cabeza viciosa hacia mí, dedicándome una sonrisa contaminada por miles de contubernios que me condenan a usar una bolsita barata en el rostro para poder quererla.
Con Rosa he aprendido que la abyección se lleva en las facciones de Los Otros y que la única redención posible es la invisibilidad compartida.
 

Especie de isla en un océano de obscenidades y ocurrencias escatológicas, este texto, con toda su potencia poética y su dolor ostentado, hace restallar toda la parafernalia hardcore del libro, abre una grieta en su frontis pornográfico. La primera persona del plural, ese “nosotros” tan infrecuente en Miss O’Ginia por lo solidario y doloroso, no remite tanto a la pareja de personajes como a una idea de lo humano: su imposibilidad de existencia a merced del pasado; su imposibilidad también, y sobre todo, de librarse de él. Una persistencia de los años y del pasado que aparece, intempestivo, en las desfachateces más insólitas, tiñe a este libro de una melancolía fina, que se niega a sí misma, que no osa nombrarse y por eso es inteligente y conmueve: quiere borrarse furiosamente, la venganza es su signo pero ésta se manifiesta siempre como un acto fallido. El deseo sexual está condicionado; si no encuentra satisfacción es porque, como dice el personaje de “La bolsita”, necesita una abolición del pasado para realizarse. Y el pasado, lo sabemos, vuelve siempre porque no ha terminado de ocurrir, porque no terminará de ocurrir.

Y entonces pienso que está bien que no me guste Miss O’Ginia: los surcos ignominiosos de nuestras mejillas también exigen, sin éxito, un velo negro que acabe por fin con los fantasmas que nos acosan, esos espectros ya sin rostro, ya informes, que no dejan de trazar un camino de retorno y que amenazan silenciosamente todas las máscaras del presente.

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19 Responses to “Cerrar los ojos”


  1. 1 Fernando Escobar Páez enero 29, 2012 en 2:02 pm

    ME ENCANTÓ LO QUE ESCRIBISTE…es una mirada totalmente distinta a las que ha tenido el libro hasta hoy, muy sutíl y honesta…déjame reproducirlo en mi blog.

  2. 2 Daniela Alcívar Bellolio enero 29, 2012 en 3:29 pm

    Pues claro cuate, úselo a discreción!! Abrazos y qué bueno que te haya gustado!

  3. 3 Asdfasdf Asdfasdfa Sadfasd agosto 31, 2012 en 5:53 pm

    Durante un tiempo fui lector asiduo de este blog. Entre otras cosas, me gustaba su tono que sugería al lector el hecho de que quien lo escribía probablemente no se dejaba llevar por amiguismos y presiones. Que, por eso mismo, su contenido incómodo no lo era por mero afán de espectáculo, sino, al contrario, porque parecía que su autora había tomado consciencia de lo que, en el medio ecuatoriano, es necesario revelar lo que es farsa disfrazada de arte.

    Este último artículo, por el contrario, puede bien tomarse como ejemplo de algunos de los hábitos más penosos de nuestra literatura. Uno de ellos, acaso, tiene que ver con la facilidad con que el incorruptible renuncia a sus creencias, sencillamente por que no quiere “quedar mal” o porque hay intereses creados de por medio. No entiendo cómo en un blog que ha hablado con honestidad de ciertos libros y películas, buenos y malos, ahora de pronto elogie algo donde lo que menos hay es escritura, inteligencia, profundidad ética y estética. De hecho, se me ocurre que otros libros malos que han sido tema de este blog podrían merecer, bajo las luces de este nuevo texto, elogios más consistentes y justificables. Prefería mucho más a la crítica “puritana” de antes: de hecho, es para la decepción saber que alguien pueda haber pensado el contenido antiguo de este blog con ese adjetivo.

    Ray Bradbury decía que el diablo puede usar los argumentos de la biblia para demostrar la validez de sus fines. Lo que quiero decir es que, sin importar la calidad de aquello de lo que se habla, siempre un texto crítico puede servir para confundir, para señalar belleza donde no la hay, para hacernos notar cosas en él que en verdad no existen. Eso, creo, es lo que conocían los griegos como sofisma. Conozco gente acá que no se dejaría engañar (o no se ha dejado) por el aquí expuesto. Que saben que si es un escritor lo que se trata de buscar nunca lo van a encontrar bajo el exhibicionismo de libros como el aquí reseñado. Espero que El desprecio pueda volver sobre sus pasos y examinar con rigor lo que, después de todo, no es sino un tropiezo. Pero a veces, cuando no se sale de esos tropiezos, estos crecen hasta hacerse con toda una vida. Ojalá no sea el caso. PB.

  4. 4 Asdfasdf Asdfasdfa Sadfasd agosto 31, 2012 en 5:58 pm

    errata:

    de lo que, en el medio ecuatoriano, es necesario revelar lo que es farsa disfrazada de arte.

    por:

    de lo que, en el medio ecuatoriano, es necesario revelar como farsa disfrazada de arte.

    • 5 Daniela Alcívar Bellolio agosto 31, 2012 en 6:41 pm

      Asdfasdf,

      los desacuerdos se discuten con base en argumentos. Dado que en tu comentario encuentro un enorme vacío argumental, no me queda más que asumir que tu decepción viene simplemente de que hasta ahora estuviste de acuerdo con mis juicios, y ahora estás en desacuerdo. Que no te gusta el libro que reseño y entonces simplemente asumes que mi crítica nace del amiguismo.
      Te agradezco en principio que leas este blog, y lamento tu decepción, pero hasta tanto no presentes argumentos de verdad, no ligados con valores morales (¿desde cuándo el exhibicionismo es un valor negativo en literatura? ¿Desde cuándo la belleza es el único valor del arte? ¿Y Sade? ¿Y Burroughs? ¿Y Kertezs?).
      Creo que en el tiempo en que he escrito en este blog he demostrado que no me interesa quedar bien con nadie, no me interesa y mis amistades pasan por otro lado. Y en todo caso me gustaría que si vas a emitir semejantes juicios, al menos te tomes la molestia de argumentar al respecto, lejos de usar lugares comunes que no significan nada, como aquello de la “profundidad ética y estética” (Deleuze tiene un par de textos bastante elocuentes acerca de eso de la “profundidad” y sus falacias), de la “inteligencia” (valor acartonado si los hay cuando hablamos de literatura), etc.
      Si este post te hace pensar que quizás otros libros reseñados negativamente puedan ser buenos, pues bienvenido a leerlos y hacerse su propio juicio, a mí no me interesa que nadie piense igual que yo, me interesa ser parte de un diálogo analítico, informado, argumentado y teóricamente consistente, por eso no me molesta que pienses distinto a mí con respecto a este libro, me molesta que con absoluto prejuicio asumas que las razones de mi lectura tienen que ver con el amiguismo y la zalamería (que por otra parte no veo de dónde, para qué, por qué y con qué fin iban a aparecer con respecto a este libro). Saludos.

  5. 6 Asdfasdf Asdfasdfa Sadfasd agosto 31, 2012 en 10:26 pm

    Sí, admito que en mi opinión no hay asomo alguno de argumentación acerca del libro del señor Escobar. ¿Es eso en verdad necesario? En mi opinión, incidentes así (un libro como éste es un incidente) sólo merecen el olvido. Si lo notas, mi argumentación no tiene que ver con el libro de Escobar (que no me interesa aclarar), sino con cómo la gente acá cambia de bando cuando le parece. Y ese libro, te lo pueden decir otros lectores de acá con dos dedos de frente, no vale nada, no merece siquiera la pérdida de tiempo que implica “argumentar”. Por lo demás, eso de que hay que dar argumentos es una superstición creada por los teóricos. Creo más en la crítca impresionista y en ella puedes tener la libertad de afirmar algo, sin argumentarlo. Paz, por ejemplo, puede construir un párrafo en base a encadenar afirmaciones sucesivas, que luego no intenta argumentar ni desarrollar en ninguna parte. Es una forma de escribir desde luego válida, que tiene más relación con la poesía que con la teoría. Y yo no tengo pretensiones científicas.

    Una cosa en la que estoy muy en desacuerdo es en eso de querer desligar la moral de la crítica estética. Eso quizá es lo que separa a la tradición crítica inglesa, que prefiero, de cierta crítica francesa post…, trans… o qué se yo. Lo moral es lo bello, según Keats, según los griegos, y yo soy de los que prefiere creer en eso. Si me dices que el regodeo exhibicionista es válido, supongo que también deben ser valiosas, bajo esa luz, las parrafadas que dicen sacó el asesino de Noruega un poco antes de asestar su golpe. La literatura, para mí, tiene una finalidad moral, no moralista. Si no me ofrece eso, prefiero leer Condorito.

    Por lo demás, no soy admirador de los teóricos franceses, me parece que frecuentarlos con tanta fe es camino seguro hacia el empobrecimiento del estilo. Como los escritores que admiro, trato de leer, no teoría, sino literatura. Y no, al menos para mi forma de ver las cosas, no creo que esos teóricos hagan una suerte de literatura. ¿Me quieren convencer de que leer a Deleuze puede ser tan divertido como leer a Kipling? Bueno, esas son cosas de los tiempos, pero yo prefiero por supuesto a Kipling.

    Adiós.

    • 7 Fernando Escobar Páez agosto 31, 2012 en 10:37 pm

      De mi parte, como autor del libro que se critica sin ningún argumento, solo puedo decir que esconderse tras un anónimo para no decir absolutamente nada, es propio de gente con menos de dos dedos de frente, ergo no me interesa entrar en polémica con Asdfasdf Asdfasdfa Sadfasd. Eso si, ¡es divertido tener detractores tan valientes! JAJAJAJAJA.

      Saludos Dani

  6. 8 Asdfasdf Asdfasdfa Sadfasd agosto 31, 2012 en 10:41 pm

    Mis iniciales andan por ahí. Deben buscarse con más atención. Este señor de acá arriba quiere escribir sin saber leer.

    • 9 Fernando Escobar Páez agosto 31, 2012 en 10:46 pm

      Que pereza ordenar las iniciales de alguien que no dice absolutamente nada sobre el libro que critica. Triste que este sea el nivel de la “crítica literaria” ecuatoriana: cero argumentos y sin dar la cara… no es la primera vez que me topo con personajes de este calibre. En fin, mejor me voy a tomar un cafecito, que tengo mejores que hacer.

  7. 10 Asdfasdf Asdfasdfa Sadfasd agosto 31, 2012 en 10:54 pm

    ¿No se supone que el autor debería quedar lejos de estas discusiones? ¿No suena demasiado a narcisismo desmedido que el susodicho quiera entrar en un blog en el que se escribe de él para defenderse a sí mismo? ¿Escritores con estos hábitos son los los que defiende este blog?

    No soy crítico y no me interesa serlo, por lo demás.

    • 11 Fernando Escobar Páez agosto 31, 2012 en 11:22 pm

      Yo no estoy defendiéndome. Mi libro se defiende solo, sobre todo de las crítica anónima (tus iniciales no son un nombre, te aclaro) y con el único argumento de no me gusta y punto.
      Nuevamente te felicito por tu valentía y por la profundidad de tu lectura… en hora buena que no aspiras a ser crítico, que el rato que aprendas a argumentar, de seguro me arrastrar bonito jajajajajaja.

      Saludos, que mi cafecito esta demasiado rico como para permitirme la distracción que me ofreces.

      Abrazo, chico de las iniciales.

  8. 12 Asdfasdf Asdfasdfa Sadfasd agosto 31, 2012 en 11:40 pm

    Que yo sepa éste no es un asunto en el que estén comprometidas decisiones importantes o cosas así, como para que yo tenga que poner mi nombre completo. Otros como tú sienten que el internet es su gran oportunidad y compiten por ver quien escribe más veces al mes su nombre en la web. Si quieres notoriedad, te felicito, lo has logrado. La notoriedad, que acá se obtiene de forma demasiado fácil, no equivale a calidad.
    Querido, si yo argumentara en realidad sobre tu libro, que no lo voy a hacer, eso supondría que no podrías dormir bien por lo menos un mes. Digamos que te conozco y que he podido asistir al espectáculo que ofrecen tus dotes, especialmente en lo que se refiere a la dicción. Eso no es grave, lo sé, pero aparte de todo no eres persona que pueda sentarse a hablar treinta segundos de algo sin empezar a desvariar. ¿Y tú me quieres enseñar a argumentar?

    • 13 Fernando Escobar Páez agosto 31, 2012 en 11:50 pm

      Uyyyyyyyyy ¡QUE MIEDO!, ¡YA VINO EL ATAQUE PERSONAL! (típico de los que no tienen nada que decir, pero si mucha mierda para votar, producto de la envidia o de la incapacidad)

      Si tantos “argumentos” tienes, te reto a que los escribas con tu nombre completo como responsable del texto y si lo haces bien, los fundamentas desde la literatura y no desde la simple rabieta de un tipo que me tiene alguna bronca personal, te prometo que subo tu crítica en mi blog. Yo no tengo problema en darte un pequeño espacio para que votes tu veneno.

      Te dejo mi mail: efrapaez@gmail.com

      Espero tu “argumentación” JAJAJAJAJAJAJA

      Abrazo

  9. 14 Asdfasdf Asdfasdfa Sadfasd agosto 31, 2012 en 11:59 pm

    Mira individuo, si me tomo la molestia de escribir acá es porque todavía creo en el trabajo de la autora del blog. Me interesa, pues, el blog y no tu libro. Como ya dije, escribir sobre él es para mí una pérdida de tiempo.

    • 15 Fernando Escobar Páez septiembre 1, 2012 en 12:30 am

      ¡Qué valiente que eres!… a diferencia tuya, yo tengo nombre y siempre pongo mi firma, así que no me llames individuo.

      Esta claro que no tienes ningún argumento, caso contrario ya lo habrías expuesto para no quedar como un frustrado que solo critica por criticar. Pero ya me has hecho perder mucho tiempo, así que este es mi último mensaje hacia vos, pues detesto a la gente que no da la cara ni razones cuando se dedica a lanzar mierda (eso sí, me has alegrado la tarde con tus rabietas y envidia)

      Abrazo y perdóname Dani por haber ensuciado tu blog respondiendo a este individuo anónimo.

  10. 16 Daniela Alcívar Bellolio septiembre 1, 2012 en 5:09 pm

    Pato,
    lamenté mucho finalmente darme cuenta de quién era quien escribía los comentarios. Me parece penosísimo el tono de todas tus intervenciones, y sobre todo el nivel de vanidad, arbitrariedad, prepotencia e irreflexividad de todo cuanto has dicho.
    Entraste a este blog a aconsejarme como a una hija para que corrija mi camino, utilizando esa detestable jerga paternal del “espero no volver a decepcionarme” y afines, aduciendo que porque me he tomado la molestia de leer con atención algo que en principio, tal como lo digo en la crítica, me resulta chocante y no me gusta, con el fin de desafiar mis propios preconceptos sobre lo que es la literatura que disfruto, arriesgándome a fin de cuentas a que la pacatería reinante en este medio, de la que desgraciadamente has hecho gala en tus comentarios, concluya que si busco -y encuentro-, en libros como este algo que motive mi lectura, es porque me he “cambiado de bando” (dios, ¡cuánta vulgaridad! No sabía que hablábamos de equipos de fútbol aquí).
    Y además, qué gran falta de rigor la tuya. Claro, fácil es meterse a casi insultar a alguien (para mí que me vengas con que he escrito una crítica por amiguismo y por quedar bien es un insulto y no te lo disculpo), simplemente porque estás en desacuerdo con lo que se ha procurado sostener, y luego, ante cuestionamientos, decir que no te interesa argumentar y que los argumentos son para los críticos, y que no te interesa ser crítico, etc. Para empezar hasta me sonroja que agarres a Paz para respaldar tu falta de argumentación y la arbitrariedad de todos tus juicios: empecemos porque no eres Paz, ni tú ni yo lo somos, lejos de serlo, por eso no soy tan vanidosa de creer que por mi linda cara voy a decir lo que me venga en gana y asumir que no tengo que hacerme cargo de mis palabras como se debe, y terminemos porque te agarraste del ensayista más argumentativo que conozco, o uno de los más argumentatitvos. No sé si te suena La llama doble, El laberinto de la soledad, Sor Juana Inés de la Cruz, Un más allá erótico y un larguísimo etcétera.
    Luego, no me queda más que compadecer la torpísima afirmación de que leer a teóricos franceses empobrece el estilo… no sé cómo contradecir tal tontería, se nota que no disfrutas de la teoría (y en este punto dudo que alguna vez hayas tenido algún contacto con ella), se nota que eres como ese pobre Australismusic o algo así, que vino acá también a decirme que por no ser escritora no tenía derecho a la crítica, que las opiniones reales solo las pueden emitir los escritores, con esa división tan burda entre ficción y teoría que, a mi juicio, obedece a una enorme insensibilidad estética, que no ha permitido encontrar en las admirables páginas de Barthes, Deleuze o Blanchot el espacio que promulga una fulguración o un titubeo, un intervalo de silencio, por sobre las afirmaciones histéricas y burdas de la moral literaria, esa que afirma, como tú, que hay cosas buenas y malas en literatura según los patrones católicos más flagrantes: exhicionismo malo/profundidad buena; ebriedad mala/inteligencia buena; repito: ¡cuánta pacatería!
    En todo caso, la lectura de los teóricos ingleses (por cierto, no nombras ni a uno solo), no ha afinado tu estilo tampoco: atacar a un escritor por cómo según tú se comporta en su vida privada, tratar de sacarle en cara que hace “escándalos” o el término que hayas usado, habla más de los más viejos y acartonados métodos quiteños de ataque personal antes que el menor refinamiento inglés en cualquier sentido.
    Puede que lo moral sea lo bello según Keats, pasa que no sólo Keats escribió literatura, y es tonto, muy tonto, cuando uno lee literatura, creer que hay últimas palabras en estos asuntos.
    La moral en literatura da seguridad, nos agazapa de peligros y nos permite ser siempre los mismos, ser quienes somos sin riesgo de desvaríos, dispersiones e indecibilidades. Si eso te funciona, lo lamento por ti porque significa que ya no puedes sorprenderte de nada. Yo, por mi parte, prefiero cuestionarme mis prejuicios constantemente, corregirme a mí misma si me equivoco, poner el pie donde me parece que me puedo hundir, porque sólo así es que disfruto de la lectura y de la escritura. Si eso no te gusta, y si además consideras que quien arriesga tales operaciones es un vendido, cambiado de bando y demás, la verdad lo siento por ti, nada más, y me sirve para darme cuenta de lo que el acartonamiento intelectual puede hacernos a todos, incluso a gente a la que, como a ti, he considerado brillante. Saludos.

  11. 17 Asdfasdf Asdfasdfa Sadfasd septiembre 1, 2012 en 7:25 pm

    Espero no tener que volver a intervenir. No puedo evitar hacerlo ante lo que dices, Daniela.

    Creo que este intercambio podría haber sido más útil si hubiésemos evitado sobreinterpretar ciertas frases o actitudes. De verdad me asombra que veas paternalismo en mi intervención. Yo no podría asumirme así, por la sencilla razón de que pertenezco a tu misma generación. He hablado pues sólo como un contemporáneo tuyo. Sobreinterpretar también es decir que yo trato de ponerme al nivel de un escritor al que sólo menciono porque admiro, como cualquiera puede mencionar a cualquier otro, según su necesidad.

    No sé si mi tono es lo que confunde. Si pienso que en el medio suceden cosas que a mí al menos me parecen bastante decepcionantes, a veces creo que la argumentación ha dejado de ser un recurso válido. No, no hablo de que por eso habría que pasar, digamos, a la imposición del gusto, pero si creo que una vehemencia más visceral es lo único que queda cuando la argumentación no es posible.

    Argumento entonces por qué creo que la argumentación en nuestro medio tiene poco sentido. Yo no creo en el relativismo. No creo que todo valga. En eso, estoy más de acuerdo con críticos como el odiado por muchos Harold Bloom. Pero resulta que acá el medio se ha organizado para que, precisamente, todo valga. Y yo me digo: ¿de qué sirve argumentar entonces, al menos en lo que se refiere a la argumentación como persuasión, como camino incluso para informar? La argumentación quizá tenga más sentido cuando hay algo que se juega de por medio: por ejemplo, la argumentación es útil si lo que se trata es de saber si un libro debe publicarse o no. Pero, ya lo sabemos, acá todo se publica. Y siempre hay quienes alrededor de los que publican asumen la labor de “críticos”. Pongo la palabra entre comillas, porque esos supuestos críticos en realidad lo que hacen es hablar para defender, justamente, a su amigo. La argumentación sirve para decantar una tradición. Pero eso no es posible si vives en una sociedad organizada para crearte la ilusión de que todo, en arte, está al mismo nivel.

    Por eso mismo, he sabido de antemano que es tarea perdida tratar de argumentar sobre algo como lo que acá se discute. Yo sé que mis argumentos sobre este libro, que no creo traídos de los pelos, no van a convencer a nadie, por la sencilla razón de que acá nadie quiere cambiar de opinión, y si tratas de hacer eso vas a hacer que se sientan ofendidos, como si no pudieran diferenciar sus ideas, que pueden ser erróneas, de su propio yo. Una cosa que siempre me asombrará es la poca capacidad que tenemos los ecuatorianos para conceder la razón al otro, la poca capacidad para decir: “me equivoqué y tú tienes razón”. Además, creo que siempre es buen signo, en un escritor, que sepa hablar de sus propias limitaciones. No me gusta la gente que se siente satisfecha, que cree que alcanzado algo grande porque ha escrito algo, y que no pueda decir una sola vez: “en ese cuento, en ese poema, no lo hice del todo bien, podría haberlo hecho mejor, sé que esto no está al nivel de esto otro que he leído”.

    Aclaro que lo de Keats es una cosa en la que creo. Tú dices que está mal no aceptar que existen otras formas de ver las cosas. Yo creo que está mal no tener ciertas posiciones y pensar que todo es válido. Hay que aceptar que incluso la mejor inteligencia no es siempre móvil, es decir, no siempre está cambiando de opinión. Y el mismo Paz decía que una creencia es algo más que una opinión.

    La amistad en la literatura existe. Pero no creo que pueda basarse en el silencio. Es decir, si dos escritores llegan a ser amigos, es quizá porque han aprendido a lidiar con sus profundos desacuerdos. Yo podría optar por callarme y ser complaciente contigo, por ejemplo, pero eso no haría sino repetir el hábito que tenemos de no decir con claridad aquello con lo que no estamos de acuerdo. Si hay silencio y falsa camaradería, entonces hay amiguismo.

    Me doy cuenta, por ejemplo, que es un error mío pensar que tú haces esto por amiguismo. Pero sí creo que alguien debe decir que quizá no es cierto eso de que, por ejemplo, Escobar escriba bien. Me he sentido casi en la obligación de cumplir el molesto papel. Me asombra de tu parte el ver que partes de la intransigencia. Lo que mueve tus oraciones es el afán de impugnar. Sólo digo que, más allá de la impugnación de lo que dice el otro, hay otros recursos para iniciar una conversación. Impugnas demasiado (todo lo que digo, lo que resulta inverosímil) y eso me recuerda mucho a algo que habría que desterrar de nuestras sagradas letras: la incapacidad para reconocer desaciertos. No digo que yo ande bien, no me quiero poner como modelo de nada. Por favor, entiéndelo, si escribo acá es sólo movido por la necesidad de decir algo que creo, se tome como se tome.

    No niego que todo esto me haya indignado y puede que eso se haya visto demasiado en mi tono. Me disculpo por eso, Daniela, e incluso con Escobar, si fui demasiado ácido. Pero creo que al defender este libro, y de eso no me moveré, estás muy equivocada. No te voy a decir por qué lo creo, porque una parte de mí me dice que sesiones enteras de argumentación no servirían para moverte de la necesidad de estar en tu propia razón. Lo lamento, pero no creo que me quieras ver argumentar para ver si eso de alguna manera te hace cambiar o matizar tu opinión. Después de todo, el ego puede vencer y siempre vas a querer creer que no te equivocas al defender lo indefendible. Yo, acá arriba, al menos te he concedido la razón en algo.

    No me gusta lo farragoso, y me parece que la influencia de las teorías, especialmente venidas de Francia, país al que admiro por otras cosas muchísimo, ha contribuido, en efecto, a crear una fila de personas que creen que escribir bien es usar muy seguido palabras como hipertexto o transgeneracional, para recordar una que menciona Marías para burlarse justamente de lo mismo. Más allá del respeto que te tengo, esto es lo que pienso y sé que para ti no resulta nada cómodo. Sólo justifico mi gusto. Tú tienes otro, está bien que se lea a los teóricos, y quizá no está mal que alguien hable diciendo que éstos le aburren.

    A mí me molestó cierta cosa que dijo primero Escobar (eso de que está divertido tener detractores tan valientes) y, sí, desvié las cosas por un momento hacia lo que para mí no es sino puro deleite bárbaro. Si me quieren molestar, pues a veces no es la peor opción contestar de la misma forma. No creo que poner cierta reserva en la identidad sea un acto cobarde. Acá te dan la opción por algo. Si no quieres aparecer con tu nombre, no lo haces y punto. Los ingleses son muy mordaces también, Daniela, creo que cualquier película puede aclarar eso. Son mordaces y, sobre todo, no se ofenden, son fríos ante la ironía que pueda venir del propio amigo: ellos…, yo no niego que a mí falte también gracia a veces, pero para eso trato de aprender. De nuevo, tengo que aclarar, a pesar de que eso es obvio, que al decir estas cosas no me quiero pasar de listo ni dar lecciones.

    Escritores morales son para mí todos los que me interesan: Borges, Onetti, Cernuda, Coetzee (él muy especialmente). Para mí la mejor literatura no se basa en la dispersión moral. Sade era un escritor moral y Paz escribe un ensayo largo sobre ese punto. Ahora, sobre lo de Paz, dejé ya claro en lo que dije ayer que Paz, en efecto, a veces (subrayo el a veces) deja las afirmaciones en suspenso, sin argumentación, como si se tratara de encadenar aforismos.

    Ojalá entiendas mis puntos, aunque no espero que los compartas. Gracias por dejarme hablar en tu blog.


  1. 1 Cerrar los ojos, texto sobre MISS O’GINIA por DANIELA ALCÍVAR BELLOLIO « Miss 0'ginia Trackback en enero 29, 2012 en 4:38 pm
  2. 2 El deshielo de los palmípedos | Miss 0'ginia Trackback en junio 29, 2015 en 10:58 pm

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