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El oficio de vivir

(Texto publicado en La comunidad inconfesable: http://www.comunidadinconfesable.com/2010/06/el-oficio-de-vivir/)

En su diario, Pavese une dos preocupaciones constantes, tan cercanas que se confunden: escritura y muerte. Este es quizá el secreto último de toda literatura: se escribe para sobrevivir a expensas de la constante vuelta –inefable retorno- a la propia desaparición. Pavese vive este viaje de modo elusivo: la insistencia sobre asuntos de estilo o mecanismos de renovación sobrevuela un fondo espeso de quietud y muerte: las palabras enmascaran un silencio que se aproxima. Y sin embargo, en cada una de sus páginas, terca en su conciencia definitud, galopa, vigorosa, acuciante, la vida.

You shouldn’t keep souvenirs of a killing… you shouldn’t have been that sentimental

(Publicado en el número de abril del periódico Ochoymedio y disponible en http://ochoymedio.net/OPINION/10-04/mihitchfavorito.html)

Cuando toda relación entre amor y muerte parece agotada, Scottie entra en cuadro. Su amor por Madeleine es una necrofilia en albores y su obsesión por Judy casi un canto a la podredumbre. Secoyas, puentes, museos, cementerios: todos testigos de un amor celebrado por músicas mortuorias. Y sin embargo, contra toda buena norma, hay pocas historias de amor tan bellas. Como un relato orfeico, una segunda oportunidad existe pero es inútil. La torre final y las campanadas que acompañan el abrazo vacío de Scottie forman la imagen misma de la desgracia. ¿Puede un amor bello no ser desgraciado?

Hablas demasiado, no dices nada

Diría que en tiempo récord leí de cabo a rabo la primera novela de Juan Fernando Andrade, “Hablas demasiado”, publicada recientemente por Alfaguara. Alguna información tenía ya sobre el libro, ya que un querido amigo me envió por correo electrónico un “adelanto” del mismo: un trailer. Aunque no me detendré en consideraciones irrelevantes acerca de la composición del trailer (un producto vulgar y empalagoso), considero conveniente detenerme un momento en el hecho de que se haga un trailer para un libro. El gesto es sin duda de un mal gusto flagrante, pero este no es el problema de fondo. El punto es que, al lanzar al espacio público un material audiovisual cuya finalidad es atraer lectores para una novela que está por ser publicada, se está tomando una posición muy clara y que, aunque en Ecuador es aún incipiente, en el resto del continente domina: la literatura es un producto definido, moldeado y pensado de acuerdo a las necesidades o gustos o caprichos del mercado.

No digo nada nuevo: Andrade y algunos de sus colegas de generación estarán, quizás, encantados con ser identificados como autores-mercaderes, ya que escriben con los ojos puestos en el afuera más burdo: el del posible público lector, y eso les enorgullece. No se trata aquí, por supuesto, de despreciar a nadie: ni a los lectores (yo soy una) ni a las estadísticas de las editoriales; se trata de poner de manifiesto una cierta tendencia, un movimiento de la nueva generación de narradores ecuatorianos que entran con paso firme en editoriales, en revistas, en antologías y que, creo, deben su existencia a una realidad continental que, aunque toca a la literatura, no tiene nada de literaria. Seguir leyendo ‘Hablas demasiado, no dices nada’

Lo que llamamos nuevo

Hay algo en la palabra “actual” que me resulta siempre sospechoso, y no sin razón. La actualidad como categoría tiende a autorizar una serie de malentendidos y consagrarlos como innovación o como estado natural de las cosas. Ahí están las “Literaturas postautónomas” para probarlo. Entre muchísimas, esa es una primera objeción que podría formular contra la antología “Narrativa actual de Ecuador”, puesta en circulación por la revista “Cultura de Veracruz”: ¿Cómo está concebido el conjunto de autores que forman parte de la muestra? ¿Qué es lo que los agrupa? ¿Qué es, sobre todo, lo que les otorga la característica de narradores actuales? Seguir leyendo ‘Lo que llamamos nuevo’

Veranos demasiado cortos

Adieu, vive clarté de nos étés trop courts!
Charles Baudelaire

Vague

Buscar, a pesar de toda apariencia de imposibilidad, a pesar de toda angustia formal, la construcción de un objeto a partir de su pérdida, o a partir, mejor, de la pérdida de todo objeto, de la ostensible ausencia de cualquier mundo aprehensible o amable. Quizás por ese desierto, en el que lo único real es la inexistencia de cualquier asidero, habría que empezar a pensar una novela:

Alguien vuelve. No se sabe de dónde, pero se sabe que vuelve a Quito. Como una criatura ingenua, espera encontrar las cosas más o menos como las dejó al partir, previendo variaciones coherentes con el tiempo que ha pasado en su ausencia. No la sorprende un desorden generalizado ni un abatimiento demasiado evidente de la realidad a la que había querido volver; se trata de un ligero deslizamiento, un desencuadre o una fisura que la asustan, más que nada, por su invisibilidad.

¿Qué destino puede tener esta retornante?

Muy pronto, me parece, han terminado para ella los mediodías soleados que dejó atrás cuando decidió partir. Y sin embargo sólo de ellos se alimenta. Parecían miles o millones los modos de irse, pero volver es una tarea inútil, estúpida, imposible; irrenunciable, también.

****

El día anterior había vuelto a buscar el mapa largamente olvidado. Luego lo había extendido sobre la mesa del comedor y lo había aplanado con la palma de una de las manos hasta que los bordes prominentes en los lugares en los que el mapa había sido doblado quedaron casi lisos. Cerraba los ojos mientras lo hacía, de pie en el centro justo de uno de los bordes –el más largo- de la mesa; movía la mano lentamente, intentando no hacer de su recorrido algo pulcro o dirigido, ensayando una forma de la involuntad. Quería, parece, poner a prueba la dimensión táctil del recuerdo: donde se detuviera la mano sería un lugar especial. El papel se resistía por momentos a ser recorrido por la mano: un pliegue inesperado, una miga, impedían a los dedos continuar el paso. Pensaba –aunque procuraba no pensar– en el orden en el que recorrería ya no el mapa con la mano, sino la ciudad de nuevo con los pies y con los ojos. Pensaba en la posibilidad de respetar cualquier orden anterior a la llegada. La mano seguía su recorrido que, para cualquiera que hubiera podido verlo, hubiera sido torpe, más o menos circular, menos amplio de lo que creía la mano.
No era posible, había pensado, recordar táctilmente. Al menos no con los ojos cerrados. Abrió los ojos. Su mano se había detenido –no podía precisar si unos segundos antes o unos segundos después de haber abierto los ojos– en uno de los márgenes del mapa, un lugar impreciso, neutro, en todo caso exterior. Era un sitio vacío.
Sintió como una necesidad: la de mirar alrededor. La célebre planicie estaba reservada para el afuera; adentro, en el departamento, parecía no haber más que pequeñez y abarrotamiento. Miró otra vez el mapa. La mano permanecía en el margen. No sin esfuerzo empezó a recorrer los lugares más poblados del mapa y poco a poco la mano supo acompañar –imitar– el recorrido de los ojos, y la punta de uno de los dedos, como confirmando el trayecto entre los ojos y el papel, rozaba con un suave temblor las líneas indiferentes y vacías de esa vaga mentira que era el mapa.
Nada había de común entre ese dibujo formado por una maraña absurda de líneas de colores y el recuerdo del lugar al que pronto iría.
Volvió a poner la mano donde la había encontrado cuando abrió los ojos: ahí, en ese espacio un poco rosa, un poco gris, vacío de referencias geográficas y de líneas, su mano encontró algo que se parecía a la hospitalidad.

El primero de varios

(“Todos mienten”, de Matías Piñeiro, Buenos Aires, 2009)

Quizá la realidad sea un enigma insoluble y un devenir descentrado: algo que no se presenta entero, estático o transparente; algo que, a la vez, carece de núcleo. “Todos mienten” evidencia la particularidad que debería hacer de toda relación entre el cine y lo real una pregunta sin respuesta conclusiva. Para quienes el mundo se agota en la coyuntura o el arte en el mero documento, “Todos mienten” es sólo una frivolidad. Y sin embargo, en su belleza ajena a las definiciones, en su incansable búsqueda formal, está escenificada la entrada obstinada, soberana, de la vida en el arte.

Una pequeña concesión

¿Qué ocurrirá? ¿Qué traerá el futuro? No lo sé ni intuyo nada. Cuando, desde un punto fijo, una araña se precipita hacia sus consecuencias, ve siempre ante sí un espacio vacío en el que no encuentra lugar donde apoyarse, por más que patalee. A mí me ocurre lo mismo; ante mí hay siempre un espacio vacío; lo que me impulsa hacia delante es una consecuencia que está detrás de mí. Esta vida es absurda y atroz, intolerable.
Soren Kierkegaard

¡Oh Muerte, vieja capitana, ya es la hora! ¡Elevemos el ancla!
Nos hastía esta tierra, ¡Oh Muerte! ¡Aparejemos!
Si los cielos y la mar son negros cual la tinta,
nuestros corazones que tú conoces están llenos de rayos.
¡Viértenos tu veneno para que él nos reconforte!
Queremos, tanto el fuego los cerebros nos quema,
hundirnos en el fondo del abismo, Cielo o Infierno, ¿qué importa?
¡Al fondo de lo desconocido para encontrar algo nuevo!
Charles Baudelaire

Andrés dejó una carta. Yo, que vivo en el desfase, acabo de leerla hace unos minutos. Reitera su convicción y la felicidad que encierra su decisión. Pide que nos abstengamos del egoísmo de llorarlo. No deja la menor duda alrededor de lo que intuíamos desde el primer minuto: que el matarse no fue un acto de tristeza o desesperación, que fue la puesta en práctica -la convicción hecha vida- de una idea largamente acariciada. Andrés argumenta, brillantemente, como corresponde a su peculiar inteligencia y a sus enigmáticos hábitos de lectura, sobre el sentido del suicidio y lo absurdo de la vida. Deja más que claro su razonamiento y hacia el final quise sentirme feliz, igual que él en el momento de llevar a cabo su deseo más grande. Andrés toma cianuro y deja todo en negro. Pide no llorar.

Andrés y yo fuimos amigos por un largo período; tuve la suerte de escuchar de él sus ideas sobre la literatura y la muerte, sobre la magia, sobre la filosofía y sobre el sexo. Pasó una tarde entera tratando de hacerme entender cómo funciona la inyaculación, y nunca lo logró. Terminamos la tarde comiendo papas fritas en un bar de la calle Tamayo, riéndonos de mi incapacidad estúpida para comprender operación tan extraña. Pero para Andrés lo extraño no lo era tanto, y lo normal carecía enteramente de interés. Fue infinitamente bondadoso cada vez que criticó mis textos, que eran muy malos (yo tenía apenas diecinueve o veinte años), y esto, teniendo en cuenta la poca paciencia que tenía él para la mala literatura, quiere decir mucho ahora que lo recuerdo. Él decidió ser mi amigo una mañana en el jardín de la universidad católica, decidió bautizarme como su hija y ponerme un nombre gracioso, “Lamérrica”, decidió compartir conmigo una parte de su extraña sabiduría y cuando hubo agravios involuntarios, fue tan generoso de ofrecerme una disculpa.

Sé que para todos los que no lo conocieron bien Andrés era el excéntrico, el mago, a veces un loco a secas. Pero Andrés era un buen amigo, era un maestro muy generoso y ajeno a la vanidad, era un gran conversador, un excelente actor… era excéntrico y mago y loco, pero llamaba por teléfono cuando uno no aparecía mucho por la universidad para saber si había enfermedad que él pudiera ayudar a curar de por medio, me abrazó largamente cuando mi gata se murió y ese mismo día me hizo un masaje en la cabeza para quitarme la terrible jaqueca que me había causado el llanto, que funcionó a las mil maravillas para mí, pero no para él, que inmediatamente empezó a sufrir de los dolores que acababa de quitarme; disfrutaba de los helados, amaba a Beethoven con toda su alma y lo llamaba familiarmente “Ludwig van”; era detallista y ácido para burlarse de sus odiados burgueses, tenía una postura política y no era ajeno a las discusiones sobre el color y el precio del papel de nuestra amada revista que ahora al menos es huella de una época en la que fuimos furiosamente felices.

Andrés se explica, deja claro que no debemos llorar. Y tiene razón: vamos a la muerte y vivimos para ella. Nadie tiene que respetarlo ni compartir su postura, porque él no pidió respeto ni condescendencia y quiso que quede en evidencia la soberanía de su acto final. Pidió que no lo lloremos. Y, de manera para mí atroz por su sinceridad, en su última carta dice: “En un futuro, debería permitirse que los suicidas no impulsivos, es decir, aquellos que mueren por voluntad y no por depresión, problemas o tristezas, puedan armar el ritual y el teatro y que se pueda ir a ver cómo se suicida esa persona. Sería una forma de arte harto curiosa.” Lo dice al pasar, en medio de dos párrafos terribles y minuciosos en los que describe los elementos de su suicidio… casi al final, a punto de beber su copa, imagina un escenario mejor, que arranque el secreto del acto de muerte voluntaria, fantasea con esa posibilidad, arroja la idea a modo de propuesta. Y luego firma y luego bebe.

Andrés no quiere que lo lloremos. Pasaron años sin que lo viera. Apenas hubo un par de mails en los últimos tiempos. Él nunca dejó de llamarme su hija, Lamérrica. Y de pronto desapareció. Él tiene razón y no debemos llorarlo: no porque nos consuele la posibilidad de encontrarnos con él en el más allá, no porque fantaseemos con la idea de un Andrés flotante y omnipresente que venga a saludarnos eventualmente con algún gesto gracioso, no por ninguna de esas razones. Su razonamiento está exento de empalagamiento y esperanza. Andrés es muy claro.

Y sin embargo, en la vida corta que tengo y que me queda, en el pedazo de mundo que habito y que permito que me soporte, en la maraña estúpida de recuerdos que conforman esta absurda vida mía, Andrés es extrañado y hace falta. Lo lloro porque a pesar de vivir una vida ínfima y terca y ciega, el pequeño hogar que uno va haciéndose en una parte del mundo requiere de habitantes. Hacía mucho que no lo veía (es la violencia estúpida de las cosas), pero Andrés era un habitante de mi hogar: quizás su muerte me ayudó a entender esto. Y ahora tengo que intentar entender, de algún modo, qué significado tiene el desaparecer completamente.

Que viva el perder, mi querido amigo.


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