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Cerrar los ojos

Una versión este ensayo, algo modificada por los editores, ha sido publicada como prólogo a Miss  O’ginia 2.0,  nueva versión del libro editado en formato e-book por Editorial Foc, Barcelona: http://www.editorialfoc.me/miss-o-ginia

Tal sería entonces la modalidad de lo visible cuando su instancia se hace ineluctable: un trabajo del síntoma en el que lo que vemos es sostenido por (y remitido a) una obra de pérdida.

Georges Didi-Huberman, Lo que vemos, lo que nos mira

Me tomó meses sentarme a escribir sobre Miss O’Ginia, el último libro de Fernando Escobar Páez publicado por Doble Rostro en Quito el año pasado. Había leído ya una versión bastante parecida al texto final en un manuscrito digital que el autor me enviara por correo electrónico meses antes de la publicación, y cuando recibí el ejemplar no tardé mucho en leerlo, otra vez. Sabía que tenía que enfrentarme al trance de escribir sobre algo que, en rigor, no me gusta, teniendo en cuenta que este no gustarme difiere en todo término de aquellos otros textos que he criticado en este blog y que representan un modo vulgar, aburrido, tonto del mal gusto.

El caso de Miss O’Ginia es distinto y, para mi experiencia de lectora, más complejo, lleno de conflictos. Debo confesar que mi predisposición un poco prejuiciada y hasta pacata (con esta lectura llegué a sospechar que mi amigo Juan José Rodríguez tenía razón cuando llamó puritana a mi mirada crítica en un artículo publicado en la revista La casa de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, que casualmente me regaló el autor del libro del que ahora me ocupo con tanta dificultad) hacia toda explicitez excremencial me irritó varias veces durante las lecturas que hice de los punzantes textos que componen el volumen. No sabía cómo abordar algo que, en principio, me brindaba imágenes demasiado repugnantes, acostumbrada como estoy a disfrutar de libros diametralmente opuestos.

Tampoco querría ponernos a resguardo a mí y al libro acudiendo a los lugares comunes de la transgresión, la provocación y la contestación, categorías morales que, por un lado, desactivan los valores de ambigüedad que, creo, la literatura no debe hacer más que potenciar y, por otro, ya no resultan efectivos: después de Sade, pensar que un libro pueda causar verdadero revuelo por su contenido sexual o escatológico, más aun en este siglo, es ingenuo. Miss O’Ginia no provoca ni transgrede, hace más -o infinitamente menos- que eso: su trabajo es subterráneo e invisible casi todo el tiempo; aparece, instantáneo, carcomiendo todos los costados de la pérdida y del dolor, bajo una capa chillona -y, para qué negarlo, muy divertida- de relatos que mezclan excrecencias, órganos sexuales y amor con un estilo más enigmático y elaborado de lo que una primera lectura, distraída quizás por las peripecias sexuales de los personajes y sus víctimas, permitiría apreciar.

La “saturación monstruosa” de la que habla el siempre inteligente Juan José Rodríguez en la contratapa del libro, esa proliferación que pareciera no admitir grietas, que exhibe un frente macizo, autosatisfecho, inclemente y a la vez en continua expansión que es la primera parte del libro, “Los mongolitos folladores”, bien mirada está llena de intersticios por los que se cuela una fulguración oscura, la que domina el libro con una presencia sutil y delicada, cuyo acecho sigiloso va incrementando su potencia a medida que avanza, para mostrarse más explícitamente hacia final, en la segunda parte, “Sísifo de algodón”.

Dice Didi-Huberman que la mirada está hecha de lo que vemos tanto como de lo que nos mira; que el circuito de la mirada no se clausura en la dirección que va del ojo al objeto, sino que ella escinde al objeto observado, abre una grieta en él que habilita las posibilidades de una mirada que regresa, de modo que el acto de mirar consista en trabajar ante alguien -o algo- la propia desaparición. Este “obrar la propia pérdida” pondría de relieve una modalidad de la imagen que remitiría a un retorno obstinado, a la propia muerte y al propio, furioso, impulso de vivir pese a todo.

El infame narrador de Miss O’Ginia, sus inauditos narradores que son uno, intuye muy bien este poder interrogativo de la mirada. Este poder no es el de la contestación, ese histerismo de las voluntades ególatras, tampoco el de la transgresión, ridícula y poco interesante ya a estas alturas. Claramente, aquello dicho por Javier Lara Santos en el Prólogo, con lo que yo concuerdo bastante, del “hard-core porno pop“, dista con mucho de los intentos marketineros de gran parte de nuestra novísima literatura por insertarse en las modas literarias más sinceramente tontas del horizonte latinoamericano, ya que entiendo que lo pop (en lo abyecto que este movimiento artístico llegó a ser cuando olvidó del todo esas consignas, siempre tan efímeras, de la parodia y la provocación y devino mera -y literal- reproducción del sistema capitalista y sus artículos enlatados); lo pop, decía, en Miss O’Ginia, si bien, según he escuchado, le ha dado un nivel de ventas muy satisfactorio al libro (¡y qué bueno que así sea!), no empaña, o no logra empañar, los flujos que esta literatura ha procurado ocultar, aquellos que con tanta dificultad estoy tratando de ocuparme.

No provoca ni transgrede, decía antes. Sus efectos contestatarios son sólo laterales y son lo que menos interesa. Es una negación testaruda, obstinada, lo que llama la atención y conmueve en este libro. Todas esas historias, todas esas ofensas, toda esa exposición de sangre, heces, semen, pelos, mutaciones y humillaciones tratan de ocultar lo que pugna por salir, aquello que la mirada del narrador de este libro (al que no le importa relacionarse con ese “Fernando” de la carta titulada “(Su versión)”), evade con todos los rostros de su bestiario: el retorno de lo que nos mira en lo que miramos.

Sé que Fernando no se molestará si reproduzco entero el pequeño cuento llamado “La bolsita”, el primer y potentísimo impacto que me procuró este libro:

La bolsita

Cuando follo con Rosa necesito tener una bolsita negra de plástico donde quepa mi cabeza. Puede parecer ofensivo que durante el sexo le preste más atención a una funda que a su rostro, por eso debo aclarar que no soy fetichista o pedante y que Rosa es casi guapa.
Si necesito una bolsa para follármela es porque mi excitación se basa en anular el pasado. El problema es que ella jamás accede a usar la bolsita, así que Yo Soy El Que Se Emplastica para salvarnos de sus pómulos surcados por nuestras vergüenzas.
He tratado de luchar contra la bolsita poniendo a Rosa en cuatro patas e ignorando su cara, pero cuando estoy a punto de lograrlo, ella gira esa cabeza viciosa hacia mí, dedicándome una sonrisa contaminada por miles de contubernios que me condenan a usar una bolsita barata en el rostro para poder quererla.
Con Rosa he aprendido que la abyección se lleva en las facciones de Los Otros y que la única redención posible es la invisibilidad compartida.
 

Especie de isla en un océano de obscenidades y ocurrencias escatológicas, este texto, con toda su potencia poética y su dolor ostentado, hace restallar toda la parafernalia hardcore del libro, abre una grieta en su frontis pornográfico. La primera persona del plural, ese “nosotros” tan infrecuente en Miss O’Ginia por lo solidario y doloroso, no remite tanto a la pareja de personajes como a una idea de lo humano: su imposibilidad de existencia a merced del pasado; su imposibilidad también, y sobre todo, de librarse de él. Una persistencia de los años y del pasado que aparece, intempestivo, en las desfachateces más insólitas, tiñe a este libro de una melancolía fina, que se niega a sí misma, que no osa nombrarse y por eso es inteligente y conmueve: quiere borrarse furiosamente, la venganza es su signo pero ésta se manifiesta siempre como un acto fallido. El deseo sexual está condicionado; si no encuentra satisfacción es porque, como dice el personaje de “La bolsita”, necesita una abolición del pasado para realizarse. Y el pasado, lo sabemos, vuelve siempre porque no ha terminado de ocurrir, porque no terminará de ocurrir.

Y entonces pienso que está bien que no me guste Miss O’Ginia: los surcos ignominiosos de nuestras mejillas también exigen, sin éxito, un velo negro que acabe por fin con los fantasmas que nos acosan, esos espectros ya sin rostro, ya informes, que no dejan de trazar un camino de retorno y que amenazan silenciosamente todas las máscaras del presente.


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